Homilía del Obispo: “Palabra que da vida”

HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan (1,1-18).

Por monseñor Hugo Norberto Santiago
Obispo de la Diócesis de San Nicolás

«Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. La palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad». Palabra del Señor.

La Palabra es Jesús

La Iglesia en la Liturgia, después que en Navidad nos mostró a Jesús naciendo en un pesebre, ahora nos muestra que ese Niño es la “Palabra”, es decir, es Dios. Jesús es la Palabra creadora por la cual el mundo fue hecho y es la Palabra de Dios de la cual nuestra alma puede vivir. “Alma” es lo que anima, hoy diríamos, lo más profundo de nuestra persona; en sentido bíblico, nuestro corazón, como el lugar donde residen nuestros proyectos, esperanzas, angustias y alegrías; ese lugar está llamado a vivir de la Palabra que es Jesús.

No es como la palabra de cualquier persona, es la persona de Jesús mismo que, a través de ella, se transforma en luz de nuestros ojos, fuerza de nuestros pasos, remedio de nuestros males, auxilio en toda necesidad. Es una palabra que nos puede dar paz en las tormentas de la vida, consuelo en medio de nuestras luchas, incluso para consolar a los demás, alegría para compartir y alegrar a nuestro entorno. En efecto, san Pablo dice en sus cartas que el Espíritu de Jesús nos consuela con el consuelo con el cual consolamos a los demás, les damos esperanza, ánimo en los momentos difíciles. Por eso la palabra de Jesús es una Palabra que da vida, calidad de vida, vida en abundancia, es decir, vida con fe, esperanza y amor; porque una vida sin un poco de fe, sin un poco de esperanza y sin un poco de amor, no es vida, es subsistir agobiados, sin norte, sin sentido, sin rumbo en la vida, que muchas veces no es un mar tranquilo.

Una fuente que puede calmar nuestra sed

La Palabra de Jesús es, entonces, como una fuente de agua que puede calmar nuestra sed en el desierto de la vida. Ahora, para poder tomar esa agua, hay que tener un recipiente, y ese recipiente es la meditación cotidiana de la Palabra de Dios, sobre todo en el Nuevo Testamento. Tomarnos diez o quince minutos por la mañana, después que nos levantamos, y reflexionar el Evangelio del día, es el recipiente que nos permite beber de esta “agua que da vida”. Es sencillo; al leer el texto le hago tres preguntas: ¿qué dice el texto? Miro lo que dice y hace Jesús; como cuando veo a alguien actuar y, casi sin darme cuenta, me hago un concepto de él: es servicial, es humilde, es solidario, es sensible a las necesidades de los demás, etc. En otras palabras, extraigo los valores perennes, los valores de Jesús. Luego lo aplico a mi persona mediante una segunda pregunta: ¿qué me dice a mí el texto? Es como espejarme en el modo de actuar de Jesús, comparar mi vida y la suya. En un tercer momento, dialogo con él, alabándolo: “Estoy asombrado y te alabo porque sos Dios y nos servís humildemente”; o dándole gracias: “Te agradezco porque me servís dándome la vida y las personas que me acompañan”; o pidiéndole: “Te pido ser un poco más servicial”; o pidiéndole perdón: “Te pido perdón porque vi un necesitado y fingí no ver ni sentir para no quedar comprometido”; o intercediendo, que es pedir para los demás: “Te pido, Señor, que aumentes la solidaridad en mi lugar de trabajo, en mi casa”. Luego puedo terminar haciendo un propósito sencillo de servicio, de ayuda, que intentaré hacer durante el día.

Mediante este encuentro cotidiano veremos que de a poco nos vamos llenando de vida, sentiremos que tenemos más fe, más esperanza, más amor, y que Dios, en Jesús, se hace nuestro amigo, nuestro compañero de camino que nos saca de la soledad y nos da vida en abundancia para compartir.

Buen domingo. Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Feliz Año Nuevo!

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