El alineamiento internacional de Milei, su cercanía con sectores evangélicos y el quiebre con el Episcopado profundizan una distancia doctrinaria que complica una eventual visita del Papa a la Argentina.

Sectores del Gobierno Nacional manifiestan un marcado interés en que el papa León XIV visite la Argentina este año. En ese marco, hace dos semanas el canciller Pablo Quirno entregó en mano al pontífice la carta de invitación del presidente de la Nación, un requisito formal para las visitas papales. Durante su estadía en Roma, además, rindió homenaje al papa Francisco ante su tumba y visitó el denominado Templo de la Iglesia Argentina.
Sin embargo, esos gestos diplomáticos contrastan con la actitud del presidente Javier Milei, quien en los últimos dos años no recibió a la cúpula del Episcopado argentino pese a reiterados pedidos de audiencia. En ámbitos eclesiásticos reconocen que esa distancia, suscitada por el enojo del presidente por las críticas recibidas por este sector de la Iglesia, podría trabar la concreción de una eventual visita del pontífice al país.
La interna oficialista y el quiebre con Villarruel
Este distanciamiento se inscribe, además, en una fractura política cada vez más explícita dentro del propio oficialismo. La ruptura entre Milei y la vicepresidenta Victoria Villarruel se profundizó en los últimos meses y hoy aparece como uno de los conflictos internos más notorios del Gobierno. Villarruel sostiene una cosmovisión política e ideológica vinculada al catolicismo, de impronta fuertemente nacionalista, con una relación histórica de cercanía con sectores de la Iglesia Católica argentina.
Ese perfil contrasta de manera marcada con el posicionamiento del Presidente, identificado con un ideario liberal anarco-capitalista, con cada vez mayor afinidad hacia sectores evangélicos de orientación conservadora y una lectura estricta del libre mercado como ordenador central de la vida social. En el oficialismo admiten que la tensión con Villarruel no es solo personal o de poder, sino también doctrinaria, atravesada por diferencias profundas sobre el rol del Estado, la religión y el vínculo con la Iglesia Católica.

Sin ir más lejos, el propio Javier Milei explicitó esa distancia ideológica en mayo de 2025, cuando afirmó públicamente que la vicepresidenta Victoria Villarruel “es católica y nacionalista” y que “no se siente cómoda con las ideas de la libertad”, al remarcar que su cosmovisión no coincide con el ideario libertario que impulsa el Gobierno. Aquella declaración, realizada en una entrevista periodística, fue leída en el plano político y eclesial como una confirmación abierta del quiebre entre ambos y como un reconocimiento explícito de que Villarruel representa una matriz cultural y doctrinaria más cercana a la tradición católica, en contraste con el liberal del Presidente.
Esa dinámica interna es observada con atención por el Episcopado, que identifica en Villarruel una dirigente ideológicamente cercana a la tradición católica, hoy desplazada del centro del poder en gran medida por este motivo.
Israel, Gaza y el distanciamiento con la mirada vaticana
A esas tensiones se suma un plano de alcance internacional. La postura explícita e incondicional de Milei a favor de Israel contrasta con los pronunciamientos recientes de la Santa Sede frente a la situación en Gaza. Desde el Vaticano, distintas expresiones oficiales denunciaron el sufrimiento de inocentes, los graves crímenes contra la población civil por parte del ejército israelí y reclamaron un alto el fuego, en línea con una tradición diplomática centrada en la defensa de la vida y los derechos humanos.


En paralelo al distanciamiento con la Iglesia Católica, el Presidente profundizó a lo largo de su gestión una relación de cercanía con sectores evangélicos y protestantes, con gestos públicos y simbólicos que marcaron un giro en el vínculo entre el Estado y esos credos. Durante el último año, Milei recibió en la Casa Rosada a pastores y referentes de organizaciones evangélicas, participó de encuentros de oración y destacó en reiteradas oportunidades el respaldo político y cultural de esos espacios, a los que identifica con una agenda de valores conservadores y una fuerte impronta bíblica. Desde el oficialismo, esas señales fueron presentadas como una apertura religiosa inédita, mientras que en ámbitos católicos se interpretaron como un contraste evidente con la ausencia de diálogo institucional con el Episcopado.
Esa sintonía se articula, además, con la cercanía que Milei mantiene con sectores del judaísmo no ortodoxo y con organizaciones y referentes alineados con el sionismo político. El Presidente expresó en múltiples ocasiones su admiración por la tradición judía y su apoyo irrestricto al Estado de Israel, en consonancia con una visión compartida por amplios sectores evangélicos que, a partir de una interpretación literal del Antiguo Testamento, consideran que el estado de Israel ha sido “designado” por Dios para ocupar extensivamente amplios territorios de medio oriente hoy en disputa.
Esta convergencia político-religiosa, de fuerte peso simbólico e internacional, se tradujo en un alineamiento sin matices del Gobierno argentino con Israel y sus acciones, una postura que contrasta de manera directa con la mirada del Vaticano, centrada en la defensa humanitaria de la población civil y en una lectura crítica de los conflictos armados contemporáneos.

En ámbitos eclesiásticos señalan que esa mirada humanitaria y crítica se distancia del alineamiento político y discursivo del Gobierno argentino, que respaldó sin matices la estrategia israelí. En esa misma clave se interpretó la decisión del Vaticano de no integrar el denominado “Board of Peace”, un espacio internacional que la administración de Milei aceptó integrar y que la Santa Sede optó por rechazar.
Una ruptura doctrinaria
Más allá de los gestos políticos y diplomáticos, en la Iglesia subrayan que existe un divorcio de fondo entre el pensamiento del Presidente y la doctrina social católica. A lo largo de su trayectoria pública, Milei calificó a la justicia social como “perversa” y “una aberración”, conceptos que chocan de manera frontal con uno de los pilares centrales del magisterio social de la Iglesia.
También generaron fuerte malestar en ámbitos eclesiásticos sus expresiones en defensa irrestricta del libre mercado, incluso al referirse de manera teórica a prácticas que la Iglesia condena sin matices, como el tráfico de personas o la mercantilización extrema de la vida. En ese marco se recuerdan declaraciones del Presidente en las que sostuvo que el usurero “es un héroe, un benefactor social”, una definición incompatible con la condena histórica de la usura sostenida por la doctrina católica y reiterada en documentos papales contemporáneos.
En esa misma línea, también se recuerdan expresiones previas del propio Javier Milei que profundizan el distanciamiento con la doctrina social católica. Cuando aún era diputado nacional, en el año 2022, el entonces economista sostuvo en una entrevista que, dentro de una concepción anarcocapitalista, la venta de niños podría ser objeto de debate en determinados contextos, al plantear que se trataría de “un mercado más” si se eliminara la intervención del Estado. Esas declaraciones generaron un fuerte rechazo en amplios sectores católicos, que las consideraron incompatibles con la defensa irrestricta de la dignidad humana que la Iglesia sostiene como principio innegociable.
Para el Episcopado, estas posiciones no constituyen meras provocaciones retóricas, sino una cosmovisión que se ubica en las antípodas del pensamiento social de la Iglesia, centrado en la dignidad humana, la solidaridad y la primacía del bien común por sobre la lógica del mercado irrestricto.
Intentos de recomposición y señales simbólicas
En un intento por recomponer el vínculo, el canciller convocó la semana pasada a la conducción de la Conferencia Episcopal Argentina. Del encuentro participaron su presidente, el arzobispo de Mendoza Marcelo Colombo, y el secretario general, el obispo auxiliar de San Isidro Raúl Pizarro. Allí se destacó “la importancia de establecer espacios de diálogo al servicio del bien común” y “la honda significación espiritual y pastoral” de una eventual visita papal.
El propio Milei había invitado a León XIV durante la audiencia que mantuvieron en junio pasado. Sin embargo, en la Iglesia advierten que, sin un gesto político claro hacia el Episcopado y sin una recomposición de fondo del vínculo, la visita del pontífice seguirá condicionada por una distancia que ya no es solo institucional, sino también ideológica y doctrinaria.

