Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (Mt 13, 44-52).

Por monseñor Hugo Santiago
Obispo de la Diócesis de San Nicolás
«Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas y, al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró”». Palabra del Señor.
El mérito de los que buscan
El negociante de perlas finas que presenta Jesús en esta parábola tiene tres virtudes clave para la vida y para la realización de las personas: es alguien que “busca”, no es una persona chata, que vive “porque el aire es gratis” –como dice un viejo dicho popular–; por el contrario, es una persona inquieta, pensante, con deseos vivos, con proyectos. La segunda virtud es que busca cosas “de gran valor”, no busca chatarra ni realidades insignificantes, busca perlas finas. Finalmente, la tercera virtud que tiene es que, cuando la encuentra, “vende todo” para adquirirla; en otras palabras, no es alguien que titubea; por el contrario, es un hombre decidido que “se las juega” para adquirir lo que estaba buscando y encontró.
Por eso, este negociante de perlas finas nos enseña cosas importantes y puede generarnos sanos interrogantes acerca de nuestras búsquedas. El primero es si en nuestra vida “buscamos”, si tenemos grandes deseos, esperanzas e ilusiones, o si la vida con sus desafíos nos desgastó y nos mató la esperanza. El segundo interrogante es si hasta el día de hoy hemos buscado cosas valiosas o nos hemos dejado embaucar por la sociedad de consumo, que nos muestra “espejitos” que parecen valiosos porque brillan, pero solo son un pedazo de vidrio, o nos muestra espejismos que parecen realidad, pero no tienen una consistencia tal que puedan darnos profundas satisfacciones de acuerdo con nuestra dignidad de personas. ¿Cuáles son las cosas valiosas en las cuales tenemos comprometida nuestra vida, detrás de las cuales caminamos? Finalmente, nos podemos preguntar: ¿qué tan decididos estamos para adquirir esas cosas valiosas?, ¿cuál es nuestro compromiso para adquirirlas?
Buscar a Cristo
Desde que Cristo, el Hijo de Dios, se hizo hombre, toda persona está llamada a “tener los pies en la tierra” –no en el barro– y “los ojos en el cielo” –no en las nubes–. En otras palabras, Dios nos dio inteligencia, un corazón capaz de amar y manos para trabajar; por eso, estamos llamados a hacer algo manual, intelectual y espiritualmente. También Dios nos creó de tal manera que nuestra inteligencia tiene deseos de verdad, nuestro corazón está atraído por la belleza y tiene deseos de amar y ser amado; nuestra voluntad tiene deseos de bien, aunque se puede corromper y podemos hacer el mal. Por otra parte, esta vida está marcada por lo que los antiguos filósofos llamaban el tedium vitae; es decir, está marcada por el tedio, la rutina, el aburrimiento y el abordaje de lo ya conocido, y con eso nos está indicando que no puede llenar nuestros deseos de felicidad de manera plena.
Es verdad que tenemos momentos felices, pero también somos heridos por el sufrimiento; todo eso nos indica que, mientras comprometemos nuestras manos con la vida que nos toca vivir, tenemos que elevar la mirada en una búsqueda de lo trascendente, de un más allá. San Agustín tiene una frase que define la actitud de todo corazón humano: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”. Cristo es la “piedra preciosa oculta”; es tal porque es el Hijo de Dios, y está oculta porque en esta vida solo se lo encuentra desde el regalo de la fe, que hay que pedir humildemente porque Dios no se la niega a nadie. Nuestros deseos, descubiertos en lo más profundo de sus raíces, son deseos de Dios, aunque no nos demos cuenta.
El mensaje
El mensaje de Jesús en el Evangelio de este domingo nos sugiere que es una buena idea revisar nuestras búsquedas; mirar detrás de qué andábamos hasta aquí; si la vida mató nuestros deseos o seguimos siendo buscadores esperanzados, inteligentes y creativos; si estamos gastando la vida en proyectos humanamente valiosos o nos estamos desgastando detrás de cosas que brillan pero no son valiosas; finalmente, si nuestro compromiso para realizar esos proyectos buenos y valiosos es claro y decidido; incluso si nuestra decisión es audaz porque tenemos conciencia de que estamos buscando cosas de gran valor detrás de las cuales, intuimos, está Dios, aunque todavía no lo hayamos descubierto del todo. Dice San Agustín que si buscamos a Dios es porque, en cierto modo, ya lo hemos encontrado; hay que seguir por la buena senda hasta descubrirlo cara a cara. Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

