El ACV, una urgencia en la que cada minuto cuenta

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Volver a caminar, compartir una comida en familia, retomar el trabajo o animarse a aprender a bailar. Detrás de cada accidente cerebrovascular (ACV) hay una vida que puede cambiar para siempre, y buena parte de ese futuro se define en las primeras horas desde la aparición de los síntomas. En la Argentina, se estima que se producen unos 60.000 ACV por año, lo que convierte a esta patología en la principal causa de discapacidad adquirida en adultos.
En los últimos años, el sistema de salud argentino avanzó con la creación de redes asistenciales, la capacitación de equipos y la incorporación de tratamientos específicos, como la trombólisis intravenosa dentro de una ventana terapéutica que, en determinados casos, puede alcanzar las 4,5 horas. Sin embargo, persiste una barrera clave: muchas personas no llegan a tiempo a los centros preparados para atender esta emergencia neurológica, lo que condiciona su recuperación y su calidad de vida futura.
“Cuando hablamos de actuar rápido frente a un ACV, no se trata solo de salvar una vida, sino de darle a esa persona la posibilidad de volver a caminar, a comunicarse y a disfrutar de su entorno”, explicó el neurólogo Federico Giner, del Hospital Luis Carlos Lagomaggiore y coordinador de la Red de TeleACV y Teleneurología de Urgencia de Mendoza. El especialista remarca que cada minuto que pasa sin tratamiento implica tejido cerebral que se pierde y funciones que podrían no recuperarse.
Historias de vida: Antonio y una jubilación que volvió a ponerse en marcha
La experiencia de Antonio Quiroga, jubilado jujeño, refleja lo que está en juego cuando se habla de tiempo y atención adecuada. Mientras supervisaba unas refacciones en su casa, sufrió una caída en una escalera y creyó que se trataba de un tropiezo más. En realidad, estaba padeciendo un ACV. La asistencia médica llegó cerca de 40 minutos después y el traslado rápido al hospital permitió iniciar de inmediato su tratamiento.
Con el acompañamiento de su familia y del equipo de salud, Antonio atravesó un proceso de rehabilitación que incluyó cambios de hábitos y nuevos proyectos. Incorporó una alimentación más saludable, controles periódicos de presión arterial y mejor descanso. También se volcó a actividades que le devolvieron disfrute y confianza: empezó a bailar folclore y se animó a aprender tango. Su caso muestra que, con atención oportuna y rehabilitación sostenida, es posible recuperar autonomía e incluso descubrir nuevas formas de vivir plenamente.
“Luchemos por la vida”: el largo camino de Agustín
La historia de Agustín, cordobés de 44 años, ilustra otra cara del ACV: la de quienes deben reaprender casi todo. En 2019, a los 37 años, comenzó con hormigueo en el brazo derecho mientras estaba solo en su departamento. Decidió acostarse y al día siguiente sus familiares debieron trasladarlo de urgencia al hospital, donde pasó varios días internado. El ACV le afectó el lado derecho del cuerpo y le provocó afasia, un trastorno que altera la capacidad de comunicarse.
Tras salir de terapia intensiva, empezó una rehabilitación extensa: tuvo que reaprender a caminar, dejar la silla de ruedas y los pañales, volver a leer y escribir y acostumbrarse a usar la mano izquierda para las tareas cotidianas. Hoy vive con sus padres, pero recuperó buena parte de su independencia: realiza cursos de computación y uso del celular, va al gimnasio, participa de actividades acuáticas y mantiene controles de salud, sin fumar ni beber alcohol. Aunque aún enfrenta dificultades en el lenguaje y cierta lentitud mental, sigue avanzando. Su mensaje, a casi siete años del episodio, es claro: “Luchemos por la vida”.
Redes, programas y el desafío de reducir las secuelas
Las distancias geográficas, las diferencias en infraestructura y la falta de coordinación entre efectores siguen siendo un obstáculo. En algunas provincias, como Córdoba, la organización de redes específicas de ACV con hospitales de referencia y protocolos de derivación demostró que la articulación puede mejorar los tiempos de atención y el acceso a tratamientos complejos.
“Detrás de cada paciente hay una historia, una familia, proyectos y una vida que merece continuar de la mejor manera posible. El lugar donde una persona sufre un ACV no debería determinar sus oportunidades de recuperación”, sostuvo la neuróloga Pamela Dorrego, jefa del Servicio de Neurología del Hospital Italiano de Córdoba y coordinadora de la red provincial de ACV. Para la especialista, contar con registros que midan cuántos pacientes reciben tratamientos específicos y en qué tiempos es clave para orientar políticas sanitarias.
En 2024, el Ministerio de Salud de la Nación creó el Programa Nacional para el Diagnóstico y Tratamiento del Accidente Cerebrovascular (PRONAC-ACV), que prevé un Código ACV Nacional, centros coordinadores regionales y mecanismos de articulación entre hospitales y servicios de emergencia. Además, el ACV fue incorporado como evento de notificación obligatoria al Sistema Nacional de Vigilancia de la Salud, lo que permitirá disponer de datos más precisos.
Rehabilitación y señales de alarma que nadie debe ignorar
La atención del ACV no concluye en la guardia. Para muchos pacientes, la verdadera batalla comienza después de superar la fase aguda, con meses de rehabilitación para recuperar funciones motoras, cognitivas y del habla. “Cada avance, como volver a vestirse solo, caminar sin ayuda o recuperar el habla, tiene un enorme valor. El objetivo no es solo sobrevivir, sino lograr la mayor autonomía posible”, subrayó Giner.
Los especialistas insisten en la importancia de reconocer las señales de alarma y actuar sin demoras. La aparición brusca de debilidad en un lado del cuerpo, asimetría facial, dificultad para hablar o comprender, alteraciones visuales repentinas o pérdida del equilibrio pueden indicar un ACV. Aunque los síntomas desaparezcan, es fundamental llamar de inmediato al servicio de emergencias y no esperar a que “se pase solo”.
“Cuando decimos que el tiempo es vida, también hablamos de la vida que esa persona podrá seguir teniendo después del ACV”, remarcó la Dra. Dorrego, al insistir en la necesidad de que la comunidad reconozca los síntomas y pida ayuda de forma urgente.
La combinación de redes organizadas, programas nacionales, equipos capacitados y una ciudadanía informada puede marcar la diferencia entre un futuro de dependencia y uno de autonomía. En el ACV, el tiempo no solo salva vidas: también preserva historias, proyectos y vínculos.

