Inflación en calma, heladeras vacías: la grieta de las dos Argentinas

NewsITe
Argentina transita un momento económico atravesado por una fuerte paradoja. Por un lado, los indicadores oficiales muestran una baja contundente de la inflación: en agosto, el Índice de Precios al Consumidor avanzó 1,7% mensual, muy lejos del 25,5% registrado en diciembre de 2023. Ese año había cerrado con un 211,4% de inflación acumulada. La desaceleración es innegable y marca un cambio de régimen luego de años de subas constantes de precios.
Sin embargo, del otro lado del mostrador, la vida cotidiana de millones de argentinos cuenta otra historia. Las ventas en supermercados, medidas a precios constantes, cayeron en julio 2,1% interanual. La industria manufacturera retrocedió 5% en el mismo período y la mora de las familias con los bancos trepó al 12,9%. Son también datos duros que reflejan salarios ajustados, consumo en baja y hogares que llegan con dificultad a fin de mes.
En este escenario conviven dos verdades que la política, muchas veces, presenta como irreconciliables. Quien resalta la baja de la inflación enseguida es etiquetado como defensor a ultranza del gobierno de Javier Milei. Quien subraya el deterioro social y el consumo golpeado corre el riesgo de ser asociado automáticamente con la oposición kirchnerista. La discusión pública parece haber quedado atrapada en la lógica del “o esto o lo otro”.
El debate que falta: transición, costos y responsabilidades
La administración nacional exhibe como logro central la fuerte desaceleración de los precios y la considera la base para recomponer el funcionamiento de la economía. La estabilización, destacan, modifica contratos, expectativas y decisiones de inversión, y desarma la inercia inflacionaria que obligaba a correr detrás de las remarcaciones permanentes. Pero estabilizar los precios no equivale, de manera automática, a estabilizar la vida de las personas.
Una familia no vive dentro de un índice estadístico sino de su ingreso real: salario, changas, jubilación o trabajo independiente. A ello se suman alquiler, cuotas, servicios, educación, supermercado y tarjeta de crédito. Es posible entender racionalmente que la macroeconomía muestre señales de orden y, al mismo tiempo, constatar que la cuenta bancaria luce cada vez más ajustada. La supuesta “contradicción” entre ambos planos muchas veces es construida por el discurso político.
Desde el oficialismo suele aparecer la tentación de leer cualquier tensión social como una consecuencia inevitable de la herencia recibida o como una etapa dolorosa pero necesaria del tratamiento. Desde la oposición, en cambio, cada comercio que vende menos o cada empleo perdido se presenta como una prueba de que todo el programa económico es un fracaso. En ambos casos se recorta la realidad para que encaje mejor con el propio relato.
El debate de fondo, todavía postergado, debería centrarse en cuánto del costo actual es propio de una transición desde una economía crónicamente inflacionaria, y cuánto responde a la velocidad, la secuencia y las decisiones concretas del Gobierno. Al peronismo, por su parte, le queda pendiente explicar cómo pretende corregir los problemas presentes sin volver a los niveles de inflación, desequilibrios y pérdida de valor de la moneda que marcaron diciembre de 2023. La nostalgia económica rara vez soporta un repaso detallado de los datos.
Medios, polarización y el desafío de aceptar dos verdades
En este tablero hay un tercer jugador clave: el periodismo. Argentina arrastra años de medios crecientemente alineados con uno u otro polo político. La llegada de Milei profundizó esa relación tensa, con cruces públicos, descalificaciones y respuestas cruzadas que se amplifican en redes sociales. Pero también acá coexisten dos verdades: hay periodismo militante o de baja calidad, y hay, al mismo tiempo, ataques injustificados desde el poder que buscan desacreditar cualquier crítica.
- Que existan medios sesgados no vuelve razonable cada embestida presidencial contra la prensa.
- Que un presidente insulte a un periodista no convierte en cierta, por ese solo hecho, toda la información que ese periodista publique.
“El éxito de una estabilización no puede medirse sólo porque cierre el Excel; en algún momento tiene que lograr que se llene la heladera”, sintetiza el debate pendiente sobre el rumbo económico y sus efectos reales.
El desafío de los próximos meses no será decidir cuál de las dos Argentinas existe, sino admitir que existen ambas: la que intenta corregir años de distorsiones e inflación, y la que todavía no percibe en su bolsillo los beneficios de ese cambio. Salir de la trampa de la polarización extrema implica algo más exigente que elegir bando: animarse a pensar por fuera de los libretos y aceptar que, algunas veces, dos verdades opuestas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

