Las facturas son un producto típico de las panaderías argentinas, y de allí surgieron también los nombres de algunas de ellas.

A fines del siglo XIX, Buenos Aires recibía en su puerto a miles de hombres y mujeres que llegaban de Europa con el objetivo de obtener en estas tierras un pasar más próspero que el que dejaban atrás.
Entre los nuevos pobladores que bajaban de los barcos llegaron activistas anarquistas. Perseguidos en sus tierras, la mayoría de ellos siguieron predicando sus ideas en su nuevo destino, donde se involucraron de lleno en la lucha por mejorar las condiciones laborales de los obreros.
En las distintas fábricas o comercios, los trabajadores vivían jornadas extenuantes, los salarios eran bajos y no contaban ni de lejos con los derechos que se conseguirían más adelante.
El asunto es que muchos de esos anarquistas comenzaron a trabajar como panaderos. Dos de ellos, provenientes de Italia, serían los abanderados de la lucha por mejorar las precarias condiciones en que se ejercía este oficio.
El sindicato y la huelga
Se trataba de Ettore Mattei y Errico Malatesta. Ellos, que llegaron al país en 1880 y 1885 respectivamente, unieron sus fuerzas para crear la Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos –léase, el primer sindicato de panaderos de la historia de nuestro país–.
Esto ocurrió el 4 de agosto de 1887. Meses más tarde, a comienzos de 1888, la nueva agrupación inició una huelga que duró varios días en reclamo de mejores condiciones de trabajo.
Está claro que siempre existieron conflictos entre los anarquistas, que no creen en el Estado, y las autoridades. Pero esta vez, ese viejo enfrentamiento daría un resultado inesperado y delicioso.
El vigilante
Alguna bibliografía dice que esto ocurrió durante la mencionada huelga. Otros esgrimen que fue tiempo después. Lo cierto es que aquellos anarcopanaderos decidieron crear facturas con el fin de burlarse de los símbolos de poder.
Fue así como nació el vigilante. Según la definición del diccionario del habla de los argentinos, se trata de una ‘factura de forma ahusada que suele recubrirse de azúcar o de dulce’.
Pues bien, la forma alargada de este clásico de las panaderías argentinas, que suele llevar encima crema pastelera y membrillo, remite al bastón policial que, con frecuencia, los reprimía.
Para burlarse del clero
Otra institución que recibió la ofensiva sarcástica de los panaderos fue la Iglesia católica. “Ni Dios ni amo” es una consigna típica de los anarquistas que explicita su alejamiento total de los dogmas religiosos.
Así surgieron los nombres de facturas que buscan reírse del clero. En principio, pueden mencionarse los sacramentos, pero la mayor de las irreverencias se da en el nombre de esa factura esférica, rellena de dulce de leche o pastelera, rebozada de azúcar, a la que bautizaron como bola de fraile.
El ejército también
Para finalizar el desfile de facturas insolentes, falta mencionar otras con las que los panaderos apuntaron al ejército. Aquí aparecen las bombas y los cañoncitos. Las primeras, esféricas, y las segundas, con forma de tubo.
Ambas están rellenas de dulce de leche o crema pastelera y espolvoreadas con azúcar impalpable. Además, las dos son, pese a sus nombres, completamente inofensivas, excepto para los que están a dieta.
Fuera del universo de lo dulce, pero sin abandonar la panadería, se atribuye un origen anarquista a esas masitas conocidas como «libritos», que aluden a la importancia que tenía la lectura para aquellos rebeldes.
También se considera que las cremonas –esas roscas de masa a las que se les pueden ir arrancando pedazos– están compuestas de una serie de letras A unidas, en representación del anarquismo. Aunque, por otro lado, se señala que el nombre se le puso en homenaje a la ciudad italiana de Cremona.
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