Un estudio internacional analizó 33.604 especies de vertebrados terrestres e identificó que el 13% de la superficie continental reúne animales amenazados, ecosistemas bajo presión y actividades humanas que comprometen su supervivencia. En Argentina, la selva paranaense, en Misiones, y las yungas, en el noroeste del país, reúnen formaciones de este tipo.

Un reciente análisis internacional de 33.604 especies de vertebrados terrestres permitió localizar las áreas donde coinciden animales amenazados, ecosistemas bajo presión y actividades humanas que comprometen su supervivencia. El estudio identificó el 13% de la superficie terrestre como zona crítica para la conservación de la biodiversidad. En esos territorios habitan especies de distribución limitada y poblaciones expuestas a múltiples riesgos.
La investigación, publicada en la revista One Earth, fue elaborada por un equipo internacional que analizó información de 33.604 especies de vertebrados terrestres incluidas en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. El objetivo fue construir una herramienta que permita identificar con mayor precisión dónde hacen falta medidas de protección.
Los investigadores detectaron que una parte considerable de estas áreas se ubica en regiones tropicales y en bosques de hoja ancha. En esos territorios coinciden una alta variedad de especies, poblaciones animales expuestas al riesgo de extinción y amenazas vinculadas a la actividad humana.
En Argentina, ecosistemas como la selva paranaense, en Misiones, y las yungas, en el noroeste del país, reúnen formaciones de este tipo y concentran una elevada diversidad biológica.
El relevamiento también señala que más de un tercio de la población mundial vive en estas zonas prioritarias. Por ese motivo, plantea que las políticas de conservación deben contemplar las necesidades de las comunidades locales y no limitarse a la protección de ecosistemas aislados.
“Identificar áreas que albergan niveles excepcionalmente altos de biodiversidad única, al tiempo que se enfrentan a amenazas derivadas de las actividades humanas, proporciona la información que los responsables de la toma de decisiones necesitan para ayudar a revertir la crisis mundial de la biodiversidad”, afirmó Piero Visconti, director del Grupo de Biodiversidad, Ecología y Conservación del Instituto Internacional de Análisis de Sistemas Aplicados (IIASA).
Más allá de la deforestación
El método considera siete grandes presiones sobre la vida silvestre. Entre ellas figuran la expansión agrícola, la tala, la urbanización, la caza, la contaminación, las especies exóticas invasoras y el cambio climático.
La tala aparece como la amenaza más extendida: incide en el 66% de las zonas críticas identificadas. La expansión agrícola ocupa el segundo lugar, con presencia en el 44% de esas áreas. El peso de cada presión, de todos modos, varía según el grupo de animales y el territorio.
El análisis también mostró que el 61% de las zonas críticas fue identificado por la vulnerabilidad de un único grupo de vertebrados. Los anfibios y reptiles, por ejemplo, enfrentan una mayor incidencia de especies invasoras, mientras que para los mamíferos tienen más peso la agricultura, la urbanización y la caza.
Esta mirada amplía los criterios de los mapas tradicionales de puntos críticos de biodiversidad, que se apoyaban principalmente en el endemismo, la presencia de especies exclusivas de una región, y en la pérdida de hábitat. El nuevo modelo utiliza una cuadrícula para evaluar cada área y asigna mayor peso a las especies que viven en pocos sitios o que presentan un mayor riesgo de desaparecer. Las cuadrículas tienen una extensión aproximada de 50 por 50 kilómetros. Por eso, el mapa permite establecer prioridades a escala global, aunque no reemplaza los relevamientos locales necesarios para definir medidas específicas en cada territorio.
Según los autores, casi una de cada cinco zonas críticas no habría sido detectada si el análisis solo hubiera tenido en cuenta la destrucción de hábitat. El dato refleja que las amenazas ambientales pueden variar de un territorio a otro y que una única estrategia no alcanza para responder a todos los escenarios. “Distintas partes del mundo se enfrentan a combinaciones de amenazas muy diferentes, y no existe una solución única para proteger la biodiversidad”, explicó Jonas Geldmann, profesor asociado del Centro de Macroecología, Evolución y Clima de la Universidad de Copenhague y autor principal del estudio.
Conservación hacia 2030
El mapa busca servir como referencia para orientar inversiones, planes de manejo territorial y políticas públicas. En la COP17, los participantes revisarán los avances del Marco Mundial de Biodiversidad Kunming-Montreal, que incluye 23 metas que deberían cumplirse antes de 2030. Entre los desafíos se encuentran la protección y restauración de ecosistemas, la reducción de las presiones que afectan a las especies y una distribución más equitativa de los beneficios asociados a los recursos naturales.
El estudio se concentró por ahora en vertebrados terrestres, ya que son los grupos para los que existe información suficiente a escala global. Sin embargo, los investigadores plantean que el sistema podría ampliarse en el futuro para incluir plantas, hongos, insectos y otros invertebrados.

