Suicidio adolescente: alarma en salud mental en Argentina

Suicidio juvenil: una crisis silenciosa que exige respuestas

Prevención del suicidio en adolescentes y jóvenes en Argentina

NewsITe

En la Argentina, el suicidio entre adolescentes y jóvenes se consolida como una de las principales causas de muerte, equiparándose e incluso superando en algunos grupos a los accidentes de tránsito. Las estadísticas muestran, además, que las muertes por autoagresión triplican a las vinculadas con hechos violentos como los homicidios, configurando una verdadera emergencia de salud pública que, sin embargo, suele permanecer invisibilizada.

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Especialistas en salud mental advierten que este fenómeno no puede analizarse de manera aislada. Se entrecruzan factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales. La depresión, uno de los trastornos más asociados al riesgo suicida, combina predisposición genética con contextos de alta exigencia, precariedad económica, vínculos frágiles y soledad. Tener familiares con antecedentes depresivos es un indicador frecuente en los consultorios.

Angustia, pospandemia y marcadores de riesgo

Las fechas festivas y el verano suelen registrar un aumento de las conductas autoagresivas, algo que se profundizó en la pospandemia de COVID-19. La llamada “angustia de finitud”, descripta por el filósofo Martin Heidegger, se actualiza en sociedades atravesadas por la incertidumbre, la violencia y la desigualdad.

A nivel global, se calcula que unas 900.000 personas se quitan la vida cada año. El suicidio es la segunda causa de muerte en la adolescencia y se ubica entre las tres primeras entre los 18 y los 45 años. La edad, la presencia de trastornos mentales como depresión o esquizofrenia, las adicciones —en particular el alcoholismo— y el aislamiento social son marcadores reconocidos de riesgo.

En los y las adolescentes, la vulnerabilidad se potencia: el sistema emocional madura antes que la corteza prefrontal, encargada del control de impulsos y la toma de decisiones. Esa asincronía, sumada a presiones escolares, económicas y familiares, incrementa los intentos de autoagresión. A esto se agrega la influencia de las redes sociales y de algunos tratamientos mediáticos del suicidio, que pueden favorecer conductas imitativas si no se comunican con responsabilidad.

Prevención, redes de apoyo y Ley de Prevención del Suicidio

Por cada muerte por suicidio hay entre 10 y 20 intentos previos, lo que muestra un amplio margen de intervención. Los antecedentes de intentos, los mensajes verbales o escritos que expresan desesperanza, el abandono de actividades, el aislamiento, el consumo de sustancias y la suspensión de tratamientos son señales de alerta que el entorno cercano debe tomar muy en serio.

Las recomendaciones de profesionales apuntan a no enfrentar el malestar en soledad: reconstruir rutinas, sostener la escolaridad o el trabajo, retomar actividades placenteras, pedir ayuda a familiares, amistades, equipos de salud o referentes comunitarios, y apoyarse en sistemas de creencias o espiritualidad cuando estos resulten contenedores.

“El suicidio es una pandemia crónica y debe ser abordado como una prioridad de salud pública y política de Estado”, coinciden especialistas en salud mental.

En ese sentido, la reglamentación de la Ley Nacional de Prevención del Suicidio en la Argentina representa un avance clave. La norma promueve campañas de concientización, capacitación de equipos de salud, acompañamiento a personas en riesgo y a sus familias, y la articulación entre escuelas, hospitales y organismos estatales.

Adolescencia, mundo en crisis e impacto de la tecnología

La adolescencia se desarrolla hoy en un contexto de fuerte inestabilidad global: crisis económicas, violencia, inseguridad, cambios acelerados y perspectivas de futuro poco claras. La resiliencia —la capacidad de atravesar situaciones adversas y reconstruirse— se vuelve central y se fortalece con el apoyo afectivo, la actividad física, el arte, los proyectos colectivos y una buena alimentación.

La expansión de la tecnología y de la inteligencia artificial suma nuevos desafíos. Aunque hay pocos estudios concluyentes, algunos casos internacionales encendieron alarmas sobre el posible impacto de ciertos usos de chatbots y plataformas en personas con vulnerabilidad psíquica. Más allá de los debates, existe consenso en que el uso intensivo de pantallas, la exposición permanente a redes sociales y los discursos de odio pueden amplificar sentimientos de soledad, fracaso o desconexión.

La clave, señalan especialistas, es acompañar de cerca a niñas, niños y adolescentes en su vínculo con la tecnología, promover el pensamiento crítico y construir entornos seguros tanto en la vida offline como online. Hablar de salud mental juvenil implica también discutir las condiciones estructurales que generan sufrimiento: pobreza, desigualdad, violencia y falta de oportunidades. Poner el tema sobre la mesa, sin tabúes y con responsabilidad, es un paso imprescindible para frenar esta pandemia silenciosa.

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