Un trabajo científico que evaluó a más de 30.000 adultos mayores detectó que el aislamiento incrementa el riesgo de deterioro cognitivo, mientras que la vida social activa se asocia con mejor memoria y mayor independencia.

Mantener vínculos sociales frecuentes podría convertirse en una herramienta decisiva para cuidar el cerebro y preservar la independencia en la vejez. Así lo indica una investigación publicada en The Journals of Gerontology (Serie B), y retomada por Infobae, que analizó la evolución cognitiva de miles de adultos mayores y observó que el aislamiento sostenido se vincula con un declive más acelerado en las funciones mentales.
Los autores señalaron que pasar largos períodos sin interacción incrementa la vulnerabilidad al deterioro, aun cuando las personas no manifiesten sentirse solas. En ese sentido, remarcaron que fomentar la vida social en edades avanzadas debería considerarse parte de las estrategias de salud pública orientadas a prolongar la autonomía.
Jo Hale, investigadora de la Universidad de St. Andrews, explicó que la importancia del contacto humano excede el plano emocional. “Esta investigación demuestra que también es importante para nuestra salud cognitiva”, sostuvo, al subrayar que el Alzheimer continúa entre las principales causas de muerte en adultos mayores del Reino Unido y Estados Unidos.
El trabajo distingue entre aislamiento y soledad: el primero se mide por el nivel de participación social —como pertenecer a organizaciones o participar en actividades comunitarias—, mientras que la soledad refiere a la percepción subjetiva de sentirse acompañado o no. Ambos factores pueden actuar por separado sobre la función cognitiva.
La Organización Mundial de la Salud advierte que, hacia 2050, el mundo podría registrar 153 millones de personas con demencia. Hoy conviven con esta condición más de 55 millones de pacientes, y cada año se suman alrededor de diez millones de diagnósticos. Entre los 14 factores de riesgo potencialmente modificables figura, precisamente, el aislamiento social.
Cómo se hizo el estudio
El equipo liderado por Hale reunió información de una base que incluyó 137.653 pruebas cognitivas realizadas entre 2004 y 2018 a más de 30.000 personas mayores de 50 años en el Reino Unido. Se trató de uno de los relevamientos longitudinales más amplios sobre envejecimiento, con datos de salud, biomarcadores y condiciones sociales.
De acuerdo con los registros, el 31% de los participantes vivía aislado. En promedio, ese grupo tenía 72 años, mientras que quienes mantenían mayor interacción social promediaban los 65. El análisis mostró un patrón consistente: el aislamiento tendría un efecto directo y perjudicial sobre la función cognitiva, sin diferencias por sexo, nivel educativo o procedencia.
Las evaluaciones realizadas con la escala TICS-m (0 a 27 puntos) reflejaron que, cada dos años, los adultos mayores pierden en promedio nueve puntos de capacidad cognitiva. Sin embargo, quienes conservaban rutinas de socialización lograban una amortiguación aproximada de 0,2 puntos por medición. Aunque el impacto parezca modesto, los expertos remarcan que es acumulativo y puede traducirse, en el tiempo, en mejor memoria, mayor atención y más años de independencia.
La doctora Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología del Fleni, sostuvo en declaraciones a Infobae que participar en actividades grupales “proporciona sentido de pertenencia y disminuye la depresión y la soledad”, factores que pueden acelerar el deterioro cognitivo.
Los resultados, difundidos internacionalmente, refuerzan una idea simple pero decisiva: promover espacios de encuentro, redes comunitarias y oportunidades de participación social no solo mejora el ánimo, sino que puede contribuir a retrasar la pérdida de funciones cerebrales y sostener la vida autónoma durante más tiempo.

