River rompe el mercado y reabre el debate por sus compras

La llegada récord de Ángel Correa agita las cuentas en Núñez

River Plate volvió a sacudir el mercado de pases con la contratación de Ángel Correa, en una operación que ya quedó registrada como la más cara de la historia del club. La institución de Núñez se comprometió a pagar 15 millones de dólares fijos a Tigres de México por el delantero de 31 años, cifra que podría trepar hasta los 17 millones con el cumplimiento de ciertas variables, y un contrato que se extenderá hasta diciembre de 2029.

El ex San Lorenzo y Atlético de Madrid llega con pergaminos: campeón del mundo con la Selección argentina, 23 goles y 14 asistencias en su etapa reciente en México, y experiencia en la elite europea. Sin embargo, su arribo reabre una discusión que viene rodeando a Núñez en los últimos mercados: más allá de los nombres, ¿quién decide las compras en River y bajo qué criterios se administran los millones?

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El contraste con el pasado es llamativo. En 2014, el Atlético pagó alrededor de ocho millones de euros por un Correa de 19 años, una operación que San Lorenzo valuó en unos diez millones de dólares por el 60% del pase. Doce años después, River desembolsa una suma superior por el mismo futbolista, ya en la etapa madura de su carrera y con un margen de reventa notoriamente menor. Mientras el club español invirtió en proyección, el Millonario apuesta hoy a respuestas inmediatas.

Un “showroom” de errores: 40 millones entrenando aparte

La situación institucional más difícil de explicar no se vive solamente adentro del Monumental. A apenas un kilómetro del estadio, en el predio de Cantilo, se entrena un grupo de jugadores que la dirigencia decidió marginar hasta que encuentren nuevo club. Allí figuran Kevin Castaño, Maximiliano Salas, Fabricio Bustos, Germán Pezzella, Giuliano Galoppo, Matías Galarza Fonda y Matías Viña.

La inversión conservadora por ese grupo ronda los 41 millones de dólares: 13 millones por Castaño, 10 por Salas, cinco por Bustos, 4,5 por Pezzella, cuatro por Galoppo, cuatro por Galarza Fonda y unos 500 mil por el préstamo de Viña. Algunas estimaciones elevan el costo de Castaño hasta los 16 millones, lo que llevaría el total cercano a los 44 millones, sin incluir salarios, primas ni otros gastos contractuales.

No se trata de herencias antiguas ni de compras de hace una década: la mayoría de estos futbolistas llegó entre agosto de 2024 y comienzos de 2026. Algunos arribaron a pedido de Marcelo Gallardo, otros con el visto bueno de la dirigencia anterior, y todos terminaron afuera del plantel profesional durante la gestión de Stefano Di Carlo. Cantilo se convirtió así en una vidriera involuntaria de decisiones fallidas.

Fichajes que duraron poco y dejaron más dudas que certezas

A la lista de marginados se suma otro grupo de incorporaciones que tuvo un paso fugaz o decepcionante. Rodrigo Villagra costó cerca de diez millones de dólares y nunca logró consolidarse como el mediocampista que se proyectaba. Fue transferido al CSKA Moscú por cinco millones por la mitad del pase: una recuperación parcial en los números, pero lejos de lo esperado en lo deportivo.

Adam Bareiro, adquirido por unos 4,5 millones, jugó 16 partidos sin convertir goles. Entre préstamos y posteriores ventas, River logró recuperar alrededor de cuatro millones, aunque el balance futbolístico fue claramente negativo. Casos similares se repiten con Nicolás Fonseca, Agustín Sant’Anna, Maximiliano Meza, Franco Carboni, Gonzalo Tapia y hasta Juan Fernando Quintero en su tercera etapa, operación que implicó un desembolso de 2,2 millones para rescindir un vínculo apenas un año después.

Según los cálculos que surgen de estas operaciones, desde 2024 River invirtió entre 66,5 y 69,5 millones de dólares brutos en refuerzos que no rindieron como se esperaba o que ya no forman parte del proyecto. Si bien parte de ese dinero se recuperó por ventas y préstamos, la contabilidad no alcanza para transformar una mala compra en una buena decisión deportiva.

Un organigrama cargado, pero sin dueño de los errores

La estructura de poder en el fútbol de River es amplia: Stefano Di Carlo preside el club, Enzo Francescoli sigue ligado a la secretaría técnica, el director deportivo europeo Pablo Longoria fue convocado para profesionalizar el área, y Eduardo Coudet tiene injerencia directa en el armado del plantel. A eso se suman los departamentos de scouting y rendimiento.

En los papeles, la foto es la de una gestión moderna y compartida. Pero la trama se complica cuando hay que asignar responsabilidades por los refuerzos que hoy entrenan en Cantilo o por las apuestas que duraron apenas un puñado de partidos. La sensación interna y externa es que todos intervienen en las compras, pero los errores no parecen tener un dueño claro.

Di Carlo había prometido un mercado “agresivo” y cumplió: entre Correa, Mauro Arambarri, Giovanni González, Rafael Santos Borré y el préstamo de Lucas Beltrán con opción de compra obligatoria, River ya comprometió más de 25 millones de dólares en esta ventana. Sin embargo, el arranque del semestre fue adverso: eliminación 3-1 ante Aldosivi en Copa Argentina y derrota 1-0 ante Barracas Central en el debut del Clausura.

El verdadero balance no se mide sólo en nombres rutilantes, sino en cuántos futbolistas caros dejan de ser opción a los pocos meses de llegar.

Correa puede rendir, marcar diferencias y hasta justificar cada dólar invertido. Tiene la jerarquía para hacerlo. Pero el interrogante de fondo sigue abierto: ¿qué modelo de gestión sostiene River para comprar, evaluar y, sobre todo, hacerse cargo de los desaciertos? Mientras esa respuesta no quede clara, el club podrá seguir mostrando refuerzos de peso, pero también seguirá bajo la lupa por las cuentas que, puertas adentro, todavía no terminan de cerrar.

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