¡Que no me las crea!

HE VENIDO PARA QUE TENGAN VIDA

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (Mt 11,25-30)

Por monseñor Hugo Norberto Santiago

Obispo de la Diócesis de San Nicolás

   “Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”.

Palabra del Señor.

¡Que no me la crea!

      Parece que Dios discriminara, ya que Jesús alaba al Padre porque éste no se da a conocer a los sabios y en cambio se muestra a los pequeños. Es como si dijese: a este sí me voy a dar a conocer y a este no. Sin embargo, no es así. ¿Quiénes son los sabios a quienes Dios no se da a conocer? Aquí también tenemos que precisar: ¿son los científicos que, cerrados en un laboratorio sin que la multitud lo sepa, por años trabajan para encontrar una medicina?; ¿son los que se destacan por su inteligencia y se gradúan con la mejor nota?; ¿es el gerente de una empresa, que necesita ser inteligente y creativo para llevar su empresa adelante aun en tiempos de crisis económica como los que vivimos? Ciertamente, no. Utilizando el lenguaje coloquial del papa Francisco, podríamos decir que los “sabios” a los cuales Dios no se da a conocer son “los que se las creen”. El mismo papa Francisco cuando asumió nos pidió a los católicos: “Recen para que no me las crea”. “Sabio”, al que Dios no se puede dar a conocer, es el autosuficiente que cree sabérselas todas, el que cree que ya no necesita aprender ni pide consejo a nadie, ni siquiera a Dios; es el soberbio, que no escucha, que no es considerado con los demás, el que se cree “superior”. Entonces podemos decir con certeza que Dios no discrimina a nadie, quiere mostrarse a todos, quiere que todos lo conozcan y se alegren por haberlo encontrado.

Necesitados de muchos

       Pero el mismo Jesús nos advierte de que hay un obstáculo que impide la comunicación y la concreción de ese deseo suyo de darse a conocer y salvar a todos: la autosuficiencia que hace que nos inflemos y nos engañemos creyendo que no necesitamos de nadie, ni siquiera de Dios, lo cual es mentira: necesitamos de los médicos y los enfermeros para que nos curen; necesitamos de las fuerzas de seguridad para que nos cuiden; necesitamos del transportista para que podamos tener los alimentos; necesitamos de los que juntan la basura para no contaminarnos con nuestros residuos; necesitamos de los docentes para que nos enseñen; necesitamos de políticos honestos que nos gobiernen; hemos necesitado de nuestros próceres que nos dieron la independencia como nación; necesitamos de Dios, de sus consejos de vida, porque sin Él somos poca cosa y no sabemos convivir. En síntesis, la autosuficiencia es el obstáculo que impide la comunicación y la apertura de una persona, no solo a Dios, sino también a los demás, en una convivencia humilde y cordial donde cada uno sabe que conoce “parte” de la verdad y su conocimiento es habitualmente completado con la sabiduría del otro, del esposo, del compañero de trabajo, del “equipo”, de un libro escrito por quien es experto en una materia.

La humildad es la verdad

      Luego de esto es fácil descubrir quiénes son los “pequeños” a quienes Dios se da a conocer: son los humildes. Santa Teresa de Ávila decía: “La humildad es la verdad”. No son humildes los “pusilánimes”, es decir, los que tienen un alma pequeña, temerosa y no se animan a enfrentar los desafíos de la vida; humildes son los que perciben la verdad de las cosas. “Humilde” procede etimológicamente de humus (‘tierra’) y nos hace recordar aquella sentencia terrible de Dios al hombre después del pecado original: “Eres polvo y al polvo volverás”. Sin Dios, somos un poco de polvo que irá a parar a un “cinerario” después que muramos; en cambio, para Dios Padre somos sus hijos, por eso tenemos que estar abiertos a Él, y como cualquier padre, no quiere que muramos para siempre, Él nos creó para esta vida y nos puede “re crear” para otra. Por otra parte, sin los demás somos unas pobres personas incompletas; nos necesitamos los unos a los otros, necesitamos del afecto y la consideración de los demás; necesitamos ser significativos para alguien, una esposa, un hijo, un amigo, de lo contrario sentimos que nuestra vida vale poco. En síntesis: aquellos a los cuales Dios se muestra son los que perciben la realidad de las cosas; son los que tienen conciencia de necesitar de Dios y de los demás y por eso están abiertos para recibir, para escuchar, para aprender. “Pequeños”, a los que hace referencia Jesús, son los que tienen una certeza: cerrarse es incomunicarse y morir en la propia indigencia; abrirse, recibir, por el contrario, nos da acceso a la alegría de encontrarnos, completarnos y vivir mejor, más plenamente. Buen domingo.

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