Después de seis meses en un santuario de Brasil, la elefanta “porteña” falleció dejando un mensaje profundo sobre el cautiverio y el respeto hacia los animales

Pupy, la elefanta africana que vivió más de tres décadas en el exzoológico de Buenos Aires, murió en el Santuario de Elefantes de Chapada dos Guimarães, en Mato Grosso, Brasil. Había llegado allí hace casi seis meses para comenzar una nueva vida en libertad. El santuario confirmó la noticia, difundida luego por La Nación, que generó conmoción entre ambientalistas, cuidadores y ciudadanos que seguían su historia.
Los especialistas realizan la necropsia para determinar las causas del deceso y esperan los resultados finales en las próximas semanas. Según el director del santuario, Scott Blais, hasta el momento no detectaron anomalías relevantes. Diversos expertos coinciden en que los más de treinta años de encierro en un espacio reducido dejaron secuelas físicas y emocionales que podrían haber comprometido su salud.
Las huellas del cautiverio
Durante su vida en el Ecoparque, Pupy sufrió cólicos frecuentes como consecuencia del estrés y la falta de movimiento. Veterinarios y cuidadores atendieron sus dolencias, pero las marcas del confinamiento resultaron imposibles de borrar. “Todos sabemos de las cicatrices del cautiverio”, dijo Tom Sciolla, director de la Fundación Franz Weber, organización que impulsó el traslado de la elefanta a Brasil.
Sciolla destacó que Pupy, al menos por un tiempo, pudo reencontrarse con la libertad. “Nos quedamos con esos seis meses en que ella estuvo recomponiendo su relación consigo misma, adquiriendo confianza y decidiendo por primera vez qué hacer y qué comer. Pupy se fue de este plano en el mejor lugar posible”, expresó. Para él, su historia deja un mensaje de reflexión sobre el trato que los humanos dan a los animales en cautiverio.
El representante de la fundación remarcó que su muerte no debe cuestionar el proceso de traslado ni el trabajo del santuario. “Sabemos que habrá quienes digan que no debió ser trasladada, pero lo cierto es que en ese pequeño recinto de cemento tampoco hubiera sobrevivido mucho más. El cautiverio los destroza”, afirmó conmovido. “Lloré toda la mañana, como todos los que estuvimos involucrados, pero Pupy nos deja un mensaje mucho más grande”, agregó.
El adiós desde Brasil
Desde Brasil, el director del santuario, Scott Blais, expresó su pesar y agradecimiento. “Estoy devastado y al mismo tiempo agradecido por el tiempo que estuvo aquí. Pupy pudo explorar la naturaleza y reconectarse con otra elefanta, Kenya, quien la acompañó hasta el último momento”, contó. En pocos meses, la elefanta recuperó comportamientos naturales que el encierro le había arrebatado durante décadas.
Blais subrayó que su fallecimiento no debería opacar el valor de su paso por el santuario. “El tiempo fue demasiado corto, pero les aseguro que ella cobró vida aquí”, sostuvo. Para los cuidadores, su historia refleja el destino de muchos elefantes que, tras años de confinamiento, arrastran cuerpos y mentes marcados por el estrés, incluso cuando logran alcanzar un entorno natural.
Una historia que conmovió al país
Durante Semana Santa, millones de argentinos siguieron con emoción la salida de Pupy del Ecoparque porteño. Su traslado a Brasil duró cinco días y contó con la participación de veterinarios, técnicos y voluntarios. Cada imagen del viaje simbolizó una victoria colectiva a favor del respeto y el amor por los animales.
La liberación de Pupy fue el resultado de más de ocho años de gestiones y demoras burocráticas. En ese tiempo, otras dos elefantas argentinas —Kuky en Buenos Aires y Tamy en Mendoza— murieron sin poder experimentar la libertad. Pupy alcanzó ese sueño, aunque solo por un breve período.
Su llegada al santuario quedó grabada en la memoria de quienes participaron del operativo. Bajo las estrellas, el equipo cantó mientras Pupy daba sus primeros pasos fuera de la caja de transporte. Ese instante marcó su renacer y reforzó la importancia de los santuarios como alternativa ética a los zoológicos tradicionales.
Pupy se convirtió en un símbolo de conciencia social sobre el encierro animal. Su historia cambió la mirada de los argentinos hacia los zoológicos y abrió un debate profundo sobre su futuro. “Queremos espacios de conservación y no vitrinas de animales pasándola mal”, concluyó Sciolla, llamando a transformar la relación del ser humano con la fauna silvestre.

