Las cifras caen, las ganas también. En tiempos donde todo se habla, pero poco se siente, por qué algo tan humano como el sexo está dejando de ser prioridad.

En un escenario donde las redes sociales, el trabajo y las pantallas acaparan la vida cotidiana, cada vez más personas en Argentina parecen relegar el sexo a un segundo plano.
La psicóloga Jacqueline Orellana Rosenberg, especialista en vínculos y terapia de pareja, advierte sobre una “crisis vincular” que atraviesa todas las edades y que está afectando directamente la sexualidad.
“Estamos en un momento de crisis en la forma de vincularnos. Las aplicaciones, las redes, los reels… todo eso influye, y lo vincular repercute en la sexualidad. Hay problemas de comunicación, de conexión real”, explicó Orellana Rosenberg.
Según la especialista, las estadísticas muestran una baja significativa en la frecuencia sexual, especialmente entre los jóvenes, un grupo en el que, en teoría, la pulsión hormonal debería ser más activa. “En el consultorio vemos que a los jóvenes les cuesta mucho mantener relaciones sexuales. Y eso preocupa, porque es un momento de la vida en el que se esperaría lo contrario”, señaló.
El fenómeno también se presenta entre personas mayores de 40 años, en su mayoría parejas consolidadas desde hace tiempo. “Aproximadamente un 30% consulta para resolver juntos un problema que los dos tienen ganas de trabajar. Pero el desgaste, el estrés y el uso excesivo de dispositivos los aleja del contacto físico real”.
Una de las principales causas de esta recesión sexual, según Orellana Rosenberg, es que “nos vamos a la cama con el celular en la mano”. Ese gesto aparentemente inofensivo genera dopaminas similares a las que se liberan en una relación sexual, pero sin el contacto ni la intimidad que nutre el vínculo.
“La intimidad no es solo sexual. Es agarrarse la mano, mirarse. Eso fortalece la autoestima, reduce el estrés, y puede generar deseo al final del día. Pero si esperamos a la noche para tener sexo, justo cuando no damos más, estamos errando el enfoque”.
La presión por el rendimiento también juega en contra. La especialista describe un entorno “pornográfico” no en el sentido explícito tradicional, sino como una saturación simbólica: “Hoy todo es porno. Hay una exhibición permanente del sexo: en las canciones, en redes, en los profesionales que te explican cómo tener orgasmos”.
“Se habla mucho, pero se hace poco. Y en lugar de despertar deseo, tanto bombardeo lo apaga. Porque para que haya deseo tiene que haber algo que falte, algo por descubrir. Y acá está todo dicho, todo relleno”, destacó la entrevistada.
Además, Orellana apunta a los efectos de la “generación de cristal” y la baja tolerancia a la frustración como parte del problema: “Muchos jóvenes fueron criados al margen de los conflictos, sobreprotegidos. No toleran la angustia ni la incertidumbre, dos componentes inevitables en una relación sexual auténtica. Sumado a las citas por apps, que son una frustración cada cinco segundos, muchos prefieren evitar el encuentro real”.
En ese contexto, tener hijos aparece como un “cuco”, asociado a pérdida de libertad, sacrificio y malestar. “Estamos frente a una gran crisis en torno al deseo, la intimidad y los proyectos compartidos. La inmediatez digital y la sobrecarga de información nos alejan cada vez más de los otros y también de nosotros mismos”.

