Con el respaldo del aparato peronista, la central obrera reunió a una multitud frente al Congreso. Sin embargo, su huelga general pasó casi inadvertida

La jornada de protesta transcurrió con normalidad y se llevó adelante de manera pacífica, lo cual no es poco. La CGT logró reunir a una multitud frente al Congreso, donde el próximo martes comenzará a debatirse el proyecto de ley ómnibus. Contó con el acompañamiento del peronismo, de movimientos sociales y piqueteros, agrupaciones de izquierda y militantes opositores en general.
En los últimos días los propios organizadores de la marcha deliberaban internamente sobre cuál sería “la foto final del día”: si la Plaza del Congreso colmada de manifestantes opositores al Gobierno o escenas de represión por parte de fuerzas de seguridad, en un intento por forzar el cumplimiento a rajatabla del llamado protocolo anti-piquetes.
En definitiva, salvo por unos ligeros momentos de tensión al caer la tarde frente al Parlamento, la protesta se desarrolló en calma de principio a fin en la ciudad de Buenos Aires, incluso a pesar de que el tránsito decididamente se vio interrumpido después del mediodía en las inmediaciones del Congreso.
Las autoridades de Seguridad, en ese contexto, debieron de hecho flexibilizar sus pretensiones de orden público y libre tráfico en la zona. Con excepción de la Avenida de Mayo, artería por la que avanzaron las columnas hacia la plaza, para evitar probables refriegas con la muchedumbre.
Según la cartera nacional que encabeza Patricia Bullrich, apenas 40.000 personas participaron de la movilización aquí en la Capital Federal, un número que seguramente no se condice con la cantidad de gente que en efecto tomó parte en la marcha. De todos modos, más allá de las cifras, el “capítulo seguridad” se completó con éxito, a juzgar por los acontecimientos.
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En tanto, la manifestación en sí misma también podrá ser motivo de orgullo para la CGT, en especial por el nivel de participación. La central obrera salió repentinamente del ostracismo tras largos cuatro años en estado de somnolencia y recuperó la voz para rechazar las políticas de ajuste que impulsa el gobierno de Javier Milei.
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Más allá de los posibles intereses sectoriales o motivaciones políticas que hayan impulsado a la CGT y compañía a llevar adelante esta jornada de protesta, no deja de ser importante que en tiempos de crisis sean organizaciones vinculadas con el sistema democrático las que reclamen eventualmente en las calles.
La central obrera y el aparato peronista demostraron su capacidad para movilizar y copar en cierta medida el centro porteño en horas de la tarde. Esto probablemente envalentone a sindicalistas y opositores del justicialismo a impulsar una medida similar en un plazo no tan distante, si Milei se mantiene firme en su intención de avanzar con paso redoblado con sus medidas reformistas, su ajuste y sus políticas de shock.
Independientemente de que esto ocurra, es un aspecto para subrayar que sean la CGT y/o el peronismo, la izquierda o bien los movimientos sociales o piqueteros los que tomen las calles enarbolando un reclamo genuino de la población.
También quedó en evidencia este miércoles que, si bien la marcha fue voluminosa en la Capital Federal, con réplicas igualmente interesantes en el interior del país, el paro nacional por 12 horas convocado desde el mediodía pasó casi inadvertido. Al menos hasta las 19, cuando el transporte público dejó de funcionar en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), adhiriéndose a la medida de fuerza.
Claramente no fue esta una jornada de persianas bajas en la Argentina ni mucho menos. Como es obvio, quienes asistieron a la marcha no concurrieron a sus lugares de trabajo, pero lejos estuvo la huelga de sentirse con fuerza. La protesta sirvió para que el movimiento obrero ofrezca al Gobierno una muestra de poder y deje en claro que está dispuesto a resistir en las calles las políticas que impulsa Milei.

