Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (Lc 10, 38-42)

Por Norberto Hugo Santiago
Obispo de la diócesis de San Nicolás
“Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: ‘Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude’. Pero el Señor le respondió: ‘Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, una sola cosa es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada’”. Palabra del Señor.
El sentido de la actividad
En la cultura de hoy, en la que tantos vivimos con estrés, es decir, en un tiempo donde llegamos a sufrir dolencias psicosomáticas –gastritis, úlceras, tensión arterial alta, psoriasis, etc.– por el intenso ritmo de vida que llevamos y por la diversidad y complejidad de desafíos que enfrentamos, es sensato e inteligente “levantar un cambio” y preguntarnos: ¿Por qué o por quién trabajo? ¿Por qué hago lo que hago? ¿Quién me obliga a tener el ritmo de vida que tengo y a estar siempre insatisfecho con el nivel alcanzado? ¿Por qué tengo tanta ansiedad? ¿Qué la genera? Mi actividad, ¿tiene dirección y sentido? Seguramente constataremos que la calidad de vida no está tanto en la “cantidad” de cosas que hagamos, sino en la “calidad” de relación que tengamos con los demás. Tal vez descubriremos que, haciéndole lugar a la lectura en la que incluimos la reflexión cotidiana de un trozo del Evangelio, descubriremos que Dios está y nos regala la vida y muchas personas que nos quieren y nos acompañan, que hay un bien común que construir y, sobre todo, pondremos más el corazón en lo que hacemos. En fin, le daremos más dirección y sentido a la actividad y celebraremos más el hecho de estar vivos. Para los católicos, la misa dominical se llama Eucaristía y significa ‘acción de gracias’; allí le damos gracias a Dios, celebramos la vida vivida y le pedimos que nos acompañe en la semana que comienza.
Amor a la sabiduría
Los griegos, que después del tiempo de Jesús fueron el pueblo más culto de todo el mundo y dieron origen a la filosofía (‘amor a la sabiduría’), conformaron un pueblo con muchos pensadores que nos dejaron como legado la importancia de pensar, de buscar el sentido de todo, el origen de las cosas, el porqué de la vida, del sufrimiento. Por eso le daban importancia al “ocio” como tiempo dedicado solo a pensar y ponían en un nivel más bajo a la gente que se dedicaba únicamente al trabajo manual. El cristianismo, sin dejar de ver la importancia de pensar, concibió la relación pensamiento-acción de otro modo. Desde la fe en Dios, y partiendo del ejemplo de Jesucristo, desarrolló la relación entre contemplación y acción. La contemplación que brota de la oración no es tanto algo de la inteligencia, sino del corazón, del amor que da origen a la acción. El amor, que es creativo y concreto, usa la inteligencia para generar el gesto adecuado al servicio del que está cerca o lejos, en beneficio del bien común. Así, contemplación y acción están en un mismo nivel de dignidad, solamente que la primera da origen a la segunda. Los cristianos, fundamentados en una historia de más de dos mil años, constatamos que la reflexión de la Palabra de Dios y la contemplación que de allí brota dan origen al amor, que se concreta en gestos de servicio y es lo que fundamentalmente construye el bien común de una familia, un hospital, una cooperadora escolar, un club, una nación.
Escuchar para obrar
Por eso Jesús dice que María, que lo está escuchando, ha elegido una parte mejor que la de Marta, que está trabajando. No porque el trabajo sea de menor nivel que la oración o el pensamiento, sino porque la escucha de Jesús y de su Palabra le dan sentido y creatividad a la acción. En efecto, la acción sin el pensamiento y la oración corre el riesgo de quedarse sin significado y degradarse; es decir, uno puede tener una vida activa sin sentido y entonces estamos activos porque no queremos detenernos para pensar en un problema que no sabemos cómo solucionar, por neurosis, por personalismo o para hacer ver a los demás que valemos. En este último caso, la acción se degrada, pierde dirección y deja de ennoblecernos porque no está al servicio de Dios y del bien de quienes nos rodean. Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡Buen domingo!

