Homilía del Obispo: “El Médico del alma”

he venido para que tengan vida

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan (1,29-34).

Por monseñor Hugo Norberto Santiago
Obispo de la Diócesis de San Nicolás

«Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería cuando dije ‘Después de mí viene un hombre que me precede’, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel”. Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’. Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios’”». Palabra del Señor.

La raíz de los males

Juan vio acercarse a Jesús y dijo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Los problemas y dramas mundiales, como las guerras, el terrorismo, la trata de personas, el tráfico de órganos, las movilizaciones sociales violentas y también los conflictos domésticos, como la violencia y disolución familiar, la pelea entre esposos, hermanos o vecinos, la falta de entendimiento entre las personas, pueden tener una raíz y una explicación sociológica, psicológica o cultural, pero para los cristianos, sin dejar de lado las otras causas, los grandes conflictos y dramas, tanto mundiales como domésticos tienen una raíz profunda: el pecado. Desde una concepción cristiana del hombre, varón o mujer, el pecado no es una “mancha en el alma” que se quita con un poco de detergente, sino una inclinación al mal con la que ha nacido todo hombre, por la cual puede provocar pequeños y grandes daños, tanto a sí mismo como a los demás.

El alma también se enferma

Los pecados son como enfermedades del alma que solo Jesucristo puede curar devolviéndonos la integridad y la capacidad de bien. Veamos un ejemplo de enfermedad del alma con sus síntomas y daños. La envidia significa etimológicamente ‘ojo malo’, y consiste en mirar el bien del otro con malos ojos, como quitado a uno mismo. No es verdad que las cualidades que tiene el que tengo al lado me las quitó a mí, pero yo lo veo así, y eso me entristece. La salida que toma el envidioso es “bajar al otro de su sitio, para que esté a la propia altura; y si es posible, hundirlo para que se vea debajo del propio yo. Eso se hace mediante la crítica o la calumnia, o en un caso extremo, sacando del medio o eliminando a la otra persona; por eso la envidia, en el fondo, es homicida. Suele ocurrir en los ambientes políticos, de trabajo y otros tantos ambientes públicos; una persona envidia el puesto del otro porque es mejor al propio y quisiera estar en ese lugar; entonces lo descalifica por la crítica, por la acusación ante el dueño de la empresa, con el objetivo de que pierda ese puesto y, si es posible, lo ocupe él. El envidioso es una persona triste porque vive comparándose con el otro y sintiéndose inferior, menos agraciado. Seguramente no es así, pero el envidioso ve las cosas así. Tiene enferma el alma.

Jesucristo médico

Para los que creemos, solo Jesucristo, que es como un médico del alma, puede curar la envidia y otras enfermedades espirituales. Dios tiene un remedio específico para cada enfermedad del alma; hay un remedio para la ira, otro para la pereza, otro para la lujuria, otro para la avaricia, otro para la envidia y otro para la soberbia, que es como el cáncer de las enfermedades del alma, de la cual se derivan, como ramificaciones, otras tantas, que suelen necesitar “tratamiento prolongado”. El remedio para la envidia es ver las cualidades del otro como un regalo para mí. Si el otro es inteligente, me ayuda a pensar; si es alegre, su alegría me levanta el ánimo; si tiene capacidad de socialización, me ayuda a comunicarme. Para los que creemos, este cambio de mirada es el signo de una sanación que solo puede dar la gracia de Jesucristo, el médico del alma. En efecto, la gracia de Dios es “luz” que nos hace vernos a nosotros mismos para saber dónde está la enfermedad y luego nos da la “fuerza” para hacer el tratamiento de sanación. De hecho, el Catecismo de la Iglesia católica presenta el sacramento de la Reconciliación o Confesión dentro de los “sacramentos de curación”. Esto indica que, respecto de nuestros defectos, pecados y limitaciones, Jesucristo no es un juez, sino un médico, una eminencia que puede sanar todas las enfermedades del alma y hacernos vivir con más calidad de vida, con más alegría e integridad. A la vez, nuestra salud tiene un efecto benéfico en nuestro entorno y en nuestra sociedad. Por eso, parafraseando lo que decía el papa Pablo VI: las estructuras sociales pueden cambiar en la medida en que cambien las personas; en otras palabras: personas sanas, sociedad sana.

Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Buen domingo con salud y paz.

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