Rastreo satelital revela una ruta clave de ballenas jorobadas

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Un estudio reciente del Proyecto Patagonia Azul en la provincia de Chubut está modificando lo que se conocía sobre el comportamiento migratorio de las ballenas jorobadas en el Atlántico Sur. Gracias al uso de dispositivos de rastreo satelital, investigadores argentinos y de la Universidad de California identificaron una ruta inédita que conecta las costas patagónicas con zonas de alimentación en la Antártida, reforzando la importancia estratégica de las áreas marinas protegidas.
Hasta hace pocos años, la presencia de esta especie en el litoral chubutense era considerada excepcional. Los registros históricos indicaban que los ejemplares que se reproducen en Brasil se desplazaban hacia el sur por aguas oceánicas profundas, alejadas de la costa. Sin embargo, la creciente cantidad de avistajes en la región de Camarones comenzó a sugerir otro escenario.
Según explicó el biólogo Lucas Beltramino, el equipo científico empezó a comparar su banco de imágenes con la plataforma internacional Happywhale, una base colaborativa que identifica individuos a partir de las marcas únicas de sus colas y aletas. Así comprobaron que varias ballenas vistas en Chubut ya habían sido registradas en Brasil, en la Antártida e incluso en el Canal Beagle, lo que encendió la necesidad de seguir de cerca sus desplazamientos.
Marcaje satelital y una escala prolongada en Patagonia Azul
Con ese objetivo, durante enero de este año los investigadores colocaron transmisores satelitales en tres ballenas jorobadas. Los datos recogidos mostraron que los animales permanecieron alimentándose casi exclusivamente dentro de los límites del Parque Provincial Patagonia Azul y en la zona de Puerto Visser, un sector contiguo que aún no cuenta con protección legal.
Tras varias semanas de residencia alimentaria, dos dispositivos se desprendieron de forma natural. El tercero, en cambio, continuó enviando información y permitió reconstruir un tramo clave del viaje. La ballena comenzó a alejarse de la costa, avanzando hacia el sur mar adentro a un ritmo notable: en algunos días llegó a recorrer unos 200 kilómetros, de acuerdo con el seguimiento realizado por el equipo.
Descubrimiento de una nueva área de alimentación en la Antártida
Luego de unos quince días de desplazamiento rápido, el patrón de nado registrado por el transmisor cambió de manera abrupta. Los puntos de ubicación se volvieron más irregulares y concentrados, un comportamiento compatible con actividades de búsqueda y captura de alimento. Los científicos interpretaron que el animal había alcanzado una nueva zona de alimentación en aguas antárticas.
En paralelo, integrantes de la Universidad de California que realizaban trabajo de campo en las islas Orcadas del Sur reportaron el avistaje de dos ejemplares identificados previamente en la costa de Chubut, lo que refuerza la hipótesis de un corredor migratorio que vincula de forma directa la Patagonia argentina con el extremo sur del océano.
Estacionalidad y desafíos para la conservación
El análisis de más de cuatro años de monitoreo indica que las ballenas jorobadas ya no son visitantes ocasionales en la región, sino que exhiben una presencia marcada y previsible. De acuerdo con Beltramino, la temporada de mayor actividad se extiende desde fines de octubre o comienzos de noviembre hasta marzo, con un leve repunte de avistajes en mayo que podría señalar el inicio del viaje de regreso hacia las áreas reproductivas del norte.
Para los especialistas, la prolongada permanencia de estos cetáceos en el Parque Provincial Patagonia Azul durante su migración resulta determinante para la salud de la especie. Contar con una zona de alimentación segura y abundante en recursos en medio de un trayecto tan extenso incrementa sus reservas energéticas y contribuye de manera directa al éxito reproductivo.
En este contexto, el hallazgo reaviva el debate sobre la necesidad de ampliar las figuras de protección en el litoral patagónico, en particular en sectores como Puerto Visser, que hoy quedan fuera de los límites formales del área protegida. Para la comunidad científica, garantizar la conservación de estos espacios marinos es clave no solo para las ballenas jorobadas, sino también para todo el ecosistema del Atlántico Sur.

