El mito de Rosario: el hombre que Maradona dijo que era mejor que él

La historia del fútbol mundial se narra en trofeos levantados en estadios repletos y grabaciones en alta definición de hazañas. Pero en Argentina hay una leyenda que desafía toda evidencia documental y que vive solo en el boca a boca. Tomás Felipe Carlovich, el Trinche, el secreto mejor guardado de Rosario, fue un hombre que prefirió la segunda división a la gloria mundial y creó un legado tan grande que los campeones del mundo se rindieron a sus pies.

Sin lugar a dudas, es una anomalía en el deporte profesional, ya que mientras que la mayoría de los deportistas se pelean por alcanzar la cima y firmar contratos millonarios, Carlovich fue en contra de esta corriente. Claramente, tenía el talento para jugar en cualquier equipo de Europa, pero a pesar de ello, prefería quedarse en su barrio, jugando con sus amigos y disfrutando de la vida sin el estrés que viene arraigado a la fama. 

En el mundo actual, donde cada jugada se mide de forma milimétrica, donde las cuotas de apuestas deportivas se calculan con algoritmos y donde los detalles son juzgados por millones de personas en el mundo, Carlovich no quiso seguir esa vida. Su magia no quedó en números y decenas de trofeos; fue algo más memorable, incluso, pues quedó en la memoria de quienes lo vieron jugar en una cancha de tierra un sábado por la tarde.

La noche en que la Selección Argentina suplicó piedad

La cima de su leyenda se alcanzó el 17 de abril de 1974, cuando la Selección Argentina iba al Mundial de Alemania y quiso jugar un último amistoso en Rosario para despedirse de su gente. El oponente era un combinado local de Newell’s y Rosario Central, los dos clubes más grandes de la ciudad. 

Pero en ese equipo estelar se infiltró un impostor, Carlovich, quien fue llamado por los dirigentes rosarinos. Un mediocampista desgarbado que jugaba en Central Córdoba, un club de ascenso.

Lo que tenía que ser un simple amistoso para la selección nacional se convirtió en una humillante exhibición de fútbol. Todo esto fue el resultado de Carlovich, quien se apoderó del mediocampo y dio un recital de control, gambetas y pases filtrados que destrozaron a la defensa argentina. 

La paliza fue tal que el entrenador de la Selección, Vladislao Cap, se apareció en el vestuario local en el entretiempo con un pedido insólito. Exigió que retiren a ese número cinco porque les estaba bajando el ánimo antes del Mundial. El Trinche fue sustituido y el estadio se puso en pie para aplaudirlo. Esa noche se selló su leyenda como el tipo que bailó a la selección nacional sin despeinarse.

Un antihéroe que amaba más pescar que entrenar

Carlovich era tan enigmático como su estilo de juego, huyendo constantemente del constreñido fútbol profesional. Se dice que no le gustaban los entrenamientos o las concentraciones largas. Para él, el fútbol era una prolongación de la infancia, un juego que debía ser disfrutado con total libertad. Si el río estaba crecido y había buena pesca, el Trinche faltaba a la práctica o llegaba sobre la hora del partido con la caña todavía en el auto.

Como era de esperarse, este estilo tan despreocupado le cerró puertas de clubes prestigiosos, pero a él nunca le importó. 

Cuando le preguntaban por qué no había querido triunfar en Europa o en Buenos Aires, su respuesta desarmaba a cualquier ambicioso: aclaraba que no necesitaba nada, que en su casa de barrio Felipe Moré tenía todo lo que deseaba. Su riqueza no era monetaria, su riqueza era jugar para la gente de Central Córdoba, hacer asados con los vecinos y vivir a su manera. 

El homenaje de los reyes del fútbol

La ausencia de grabaciones de video podría sugerir que su calidad fue una exageración de los rosarinos. Pero algunas de las mayores leyendas que han pasado por las filas del deporte argentino de hecho confirman cada una de las palabras de este mito. 

José Pékerman, César Luis Menotti, Marcelo Bielsa…, tres obsesivos, tres estudiosos, tres genios que lo reverencian. De hecho, Menotti llegó a afirmar en algún momento que Carlovich era la esencia misma del fútbol argentino.

Pero probablemente la opinión más destacada de todas, la bendición final, la dio el mismísimo Diego Armando Maradona. Cuando el astro arribó a Rosario para dirigir a Gimnasia en 2019, exigió conocer al Trinche. En aquel partido, Maradona le obsequió una camiseta firmada con una dedicatoria que quedaría para la historia: “vos fuiste mejor que yo”.

Dicha frase, del dios del fútbol, cerró el círculo de una carrera que no necesitó copas del mundo, balones de oro o premios The Best para ser eterna. Carlovich probó que se puede ser uno de los mejores jugando en una cancha con poco césped y mucho lodo, bien alejado de las cámaras, todo por amor al juego.

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