Hace 23 años, Patricia Fehr y Germán de Córdova salieron de San Nicolás con la idea de recorrer América durante un año. Hoy, junto a su hija Inti, siguen viviendo sobre ruedas bajo el nombre de Amunches y pronto volverán a la ciudad para reencontrarse con familiares y amigos. Dos décadas después, aseguran que el viaje más importante fue el que los transformó como personas.

De la redacción de EL NORTE
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Amunches comenzó como un viaje hace más de veinte años. Patricia Fehr y Germán de Córdova dejaron San Nicolás el 10 de marzo de 2003 con una camioneta, algunos ahorros y un plan que parecía tener un final definido: recorrer América durante un año y regresar. Sin embargo, el camino fue modificando aquella idea inicial hasta convertirla en una forma de vida. Hoy, junto a su hija Inti, siguen recorriendo el continente mientras comparten su experiencia a través de conferencias, encuentros, proyectos educativos y las historias que publican en su Instagram @amunches.
Al mirar hacia atrás reconocen: “No somos las mismas personas que salieron hace 23 años”. El viaje dejó de medirse en kilómetros para convertirse en una escuela de vida que les enseñó otras formas de mirar el mundo, de relacionarse con las personas y de comprender que no existe una única manera de construir una familia, trabajar o proyectar el futuro.
Ese cambio también marcó un antes y un después cuando nació Inti. Hasta entonces viajaban en una camioneta equipada con lo indispensable. Más tarde decidieron transformar un antiguo autobús escolar estadounidense en su hogar. “Entendimos que no había una única manera de crecer, de formar una familia o de educar a un hijo”, cuentan. Querían que su hija pudiera conocer otras culturas, convivir con distintas realidades y aprender que el mundo es mucho más amplio de lo que solemos imaginar. Desde entonces, ese autobús dejó de ser solamente un medio de transporte para convertirse en casa, escuela, oficina y punto de encuentro.
La educación de Inti también nació de esa búsqueda. Cursa la secundaria mediante un sistema de educación en el hogar, complementa su formación con clases de chino y aprende de cada comunidad que visitan. Los viajes se organizan alrededor de sus tiempos de estudio y de una rutina que, lejos de ser improvisada, requiere planificación y constancia. Como ellos mismos sostienen, “la libertad implica una gran responsabilidad”, una elección que exige compromiso, organización y la capacidad de adaptarse permanentemente a los cambios.
Con el paso de los años también fue cambiando la manera de sostener el proyecto. Las conferencias en escuelas, universidades y empresas, la producción de contenidos, la venta de fotografías y de su libro, junto con alianzas con distintas organizaciones y marcas, les permiten seguir adelante sin perder la esencia que los impulsó desde el comienzo.
Sin embargo, después de más de dos décadas de viaje, también empiezan a imaginar una nueva etapa. Inti crece, aparecen nuevos proyectos personales y la familia comienza a pensar en la posibilidad de tener una base más estable desde donde acompañar ese proceso. No lo viven como el final del camino, sino como una transformación más. “Quizás en algún momento tendremos un lugar más estable como base, pero eso no significa dejar atrás el viaje, sino transformarlo”, explican.
De visita
Actualmente se encuentran en Puebla (México). En las próximas semanas prevén regresar a San Nicolás para reencontrarse con familiares, amigos y compartir parte de la experiencia acumulada durante estos años. Después continuarán viaje, convencidos de que el camino todavía tiene nuevas historias por ofrecer.
Esa idea volvió a cobrar sentido hace apenas unas semanas durante su paso por el sudeste mexicano. Después de recorrer Guatemala y El Salvador regresaron a Mitontic, una pequeña comunidad indígena del estado de Chiapas que habían visitado al comienzo de esta aventura, más de veinte años atrás.
Allí reencontraron a Isidro, un joven que entonces trabajaba en la biblioteca del pueblo y soñaba con convertirse en maestro. Cuando volvieron descubrieron que aquel deseo se había hecho realidad. Hoy impulsa proyectos de alfabetización para adultos, becas y distintas iniciativas destinadas a fortalecer la educación de su comunidad. También participaron nuevamente del tradicional carnaval del pueblo tzotzil, una celebración profundamente ligada a su identidad cultural.
Ese reencuentro terminó siendo mucho más que una visita. Les permitió comprobar que no solo ellos habían cambiado durante estos años. También cambiaron las personas, los pueblos y las historias que alguna vez conocieron. “Volver a esos lugares después de tantos años nos permitió ver cómo crecieron las comunidades y cómo muchas historias siguieron su propio camino”, cuentan. Volver, entendieron, también es otra forma de viajar.
Después de 23 años, cuando les preguntan cuál fue el mayor aprendizaje, la respuesta no habla de paisajes, de fronteras ni de los miles de kilómetros recorridos. Habla de las personas que encontraron, de la capacidad de adaptarse y de la libertad de elegir cómo vivir.
“Aprendimos que somos nosotros quienes construimos el camino que queremos transitar”, aseguran. Una certeza que, según explican, nació de convivir con culturas diferentes, cuestionar muchas de las ideas con las que habían partido y descubrir que no existe una única manera de vivir, de educar a un hijo, de trabajar o de alcanzar aquello que cada uno considera valioso.
Quizá esa sea la enseñanza más profunda que dejaron estos 23 años de ruta. El mayor destino no fue Alaska, México o la Patagonia. El verdadero viaje ocurrió puertas adentro. Porque, después de más de dos décadas de camino, comprendieron que la transformación más importante no fue la de los lugares que conocieron, sino la propia. Y que, muchas veces, el viaje más trascendente no conduce a un punto del mapa, sino a una manera diferente de mirar la vida.

