Una encuesta reciente del Pew Research Center reveló que más de la mitad de los adultos en Estados Unidos sienten más temor que entusiasmo frente al avance de esta tecnología, un malestar que ya se traduce en consultas psicológicas.

La ansiedad por la inteligencia artificial se instala en los consultorios de los terapeutas y los datos lo confirman: en una encuesta del Pew Research Center realizada en 2026 a más de 3400 adultos en Estados Unidos, el 52% de los consultados dijo sentirse más preocupado que entusiasmado por el avance de la inteligencia artificial (IA) en la vida cotidiana, frente al 37% que expresó esa misma inquietud en 2021.
El fenómeno tiene nombre propio: «ansiedad por IA». Según informó el Washington Post, los especialistas en salud mental advierten que llegó para quedarse. Los miedos van desde la incertidumbre laboral hasta no poder distinguir lo real de lo fabricado por una máquina.
Un informe de Pew de 2025 refuerza esa tensión: cerca del 75% de los estadounidenses acepta que la IA los asista en tareas cotidianas, pero más de la mitad califica como alto el riesgo social que implica la tecnología.
En un texto difundido por la University of Melbourne, el médico Grant Blashki describe esa incomodidad persistente como una respuesta lógica a un cambio acelerado que rediseña sistemas sociales y laborales sin que la mayoría sienta que participa en la decisión. Un dato clave ayuda a entenderlo: encuestas recientes muestran que el público general suele estar más preocupado por la inteligencia artificial que los propios expertos, con especial tensión alrededor del empleo y la conexión humana, mientras que la desinformación inquieta a ambos grupos.
Publicación y lo inmediato
Ese equilibrio frágil se sacudió aún más días atrás, cuando una publicación de un investigador de Anthropic (la empresa creadora del asistente Claude) se viralizó en la red social X al advertir que existe una probabilidad superior al 10% de que “la IA podría matar a todos los humanos”.
Hasta ese momento, las preocupaciones sobre una inteligencia superior que domine el mundo habían sido, en general, territorio de los propios especialistas del sector.
Sin embargo, los especialistas en salud mental señalan que la mayoría de las angustias vinculadas a la IA son más inmediatas. El informe de Pew de 2025 pone cifras a esa incertidumbre: el 53% de los estadounidenses no se siente capaz de detectar si algo fue producido por una persona o por una máquina. La velocidad del fenómeno tampoco ayuda. La IA avanza en publicidad, contratación laboral y salud, muchas veces sin que la regulación pueda seguirle el ritmo.
Por otra parte, en nuestro país, un estudio de la UBA vincula el uso de IA con mayor ansiedad y deterioro del sueño. Un relevamiento del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires reveló que seis de cada diez argentinos tienen problemas de sueño.
Además, el empleo de la inteligencia artificial aparece asociado a una mayor ansiedad y malestar emocional. El relevamiento, que se lleva a cabo desde 2020, reveló por primera vez cómo influyen las redes sociales y la IA en el bienestar psíquico de las personas. En este sentido, el 97% de los participantes dijo que utiliza las primeras y el 59% la segunda, lo que vincula su uso con un incremento en la sintomatología ansiosa.
Recomendaciones
Frente a este panorama, los especialistas recomiendan mejorar el conocimiento sobre la IA: experimentar con versiones gratuitas de herramientas como ChatGPT o Claude, o tomar cursos introductorios. Conocer la tecnología ayuda a percibirla como un recurso utilizable, en lugar de una amenaza difusa.
La recomendación es preguntar en los entornos laborales cómo se usa la IA y reflexionar sobre el valor que cada persona aporta. Para los padres, hablar con docentes sobre la tecnología en el aula y medidas para preservar el pensamiento crítico.
Un segundo eje pasa por reconectar con el cuerpo y los sentidos. Atender necesidades básicas como moverse, alimentarse y salir al aire libre ancla la mente en el presente y frena la espiral de pensamientos catastróficos.
El tercer pilar es la conexión social. Los expertos apuntan a que el contacto presencial puede ser restaurador. Crear rituales, como ejercicio semanal o llamadas quincenales, sostiene la conexión. Si el círculo social se redujo, reconectar con viejos amigos o hacer voluntariado ayuda a ampliarlo.
Los terapeutas sugieren reivindicar las propias capacidades: “crear, hacer, producir”, resolver problemas físicos, ordenar espacios, para recuperar la propia gestión y acción.
Cuando el desánimo se instala, los especialistas proponen recordar la magnitud del cerebro humano: “Hace cuatrillones de cálculos por minuto y no depende de una planta de energía para hacerlo. Podemos llevarlo a la naturaleza o donde sea. Podemos conectarlo a otros cerebros simplemente usando el lenguaje”.

