Contaminación sin fronteras: detectan nanoplásticos capaces de ingresar al torrente sanguíneo en la remota Antártida

Un estudio internacional reveló la presencia de partículas microscópicas de plástico en los suelos de uno de los rincones más aislados del planeta. A diferencia de los microplásticos tradicionales, su diminuto tamaño les permite infiltrarse en las células y en la sangre humana.

La crisis global de los residuos plásticos sumó un nuevo y preocupante capítulo científico. Un equipo de investigación liderado por la Universidad de Lancaster detectó por primera vez nanoplásticos en los suelos de los Valles Secos de McMurdo, en el interior de la Antártida, una de las regiones más prístinas y deshabitadas del mundo.

El hallazgo, publicado en la revista especializada Nature Scientific Reports, enciende las alarmas debido a la peligrosidad específica de estas partículas y a la confirmación de que la contaminación plástica ya no reconoce límites geográficos.

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La diferencia crítica: el tamaño del peligro

Mientras que los microplásticos (partículas de hasta cinco milímetros) suelen quedarse en el tracto digestivo de los organismos al ser ingeridos, los nanoplásticos miden un micrómetro o menos.

Esta escala microscópica es la que genera mayor inquietud en la comunidad científica: al ser tan diminutos, tienen la capacidad de atravesar membranas celulares y penetrar directamente en el torrente sanguíneo humano y en tejidos críticos, representando una amenaza sistémica para la salud.

Qué encontraron en el continente blanco

Las muestras analizadas, extraídas de la capa superficial y de niveles más profundos del suelo antártico, revelaron la presencia de polímeros habituales en la vida cotidiana de las sociedades industrializadas:

  • Polipropileno y polietileno.
  • PET (politereftalato de etileno).
  • Poliestireno.
  • Cloruro de polivinilo (PVC) y partículas derivadas del desgaste de neumáticos.

Los análisis detectaron nanoplásticos en más de la mitad de los sitios muestreados. Si bien los investigadores evalúan múltiples hipótesis sobre cómo llegaron hasta allí —incluyendo el transporte atmosférico de largo alcance impulsado por los vientos globales—, el dato confirma que ningún ecosistema terrestre permanece a salvo de la huella industrial.

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