La demanda alimentaria se dispara en los barrios populares

NewsITe
La crisis económica, el aumento de la desocupación y la escalada de precios en los alimentos básicos colocaron a comedores y merenderos comunitarios al borde del colapso en distintos puntos del país. En los barrios populares, organizaciones sociales advierten que la demanda de viandas y raciones crece semana a semana, mientras los recursos disponibles se achican.
Referentes territoriales señalan que cada vez más familias que antes lograban cubrir sus necesidades mínimas hoy dependen de estos espacios para asegurar, al menos, una comida diaria. En muchos casos, los comedores funcionan con equipos reducidos de voluntarios y sin subsidios estables, lo que vuelve crítica la sostenibilidad de la tarea.
“Somos 16 personas para 900. En el último año la cantidad de asistentes nos aumentó un 50%”, relata Natalia “Naty” Molina, responsable de un comedor en el barrio porteño de Barracas y referente de la Corriente Villera Independiente. Explica que la comida que reciben del Gobierno debe dividirse entre cuatro comedores de la zona y que no perciben subsidios, por lo que se ven obligados a autogestionar gastos básicos como gas, equipamiento y utensilios.
La consecuencia directa de esta situación es que muchos espacios se ven forzados a establecer listas de espera o a reducir porciones. “Viene cada vez más gente, pero lamentablemente no podemos ayudar a todos”, admite Molina, quien reconoce que el escenario que atraviesan los hogares de menores ingresos es “verdaderamente crítico”.
Autogestión, listas de espera y menúes cada vez más pobres
En el mismo comedor, Álvaro Chandi describe un aumento sostenido en la concurrencia y lo vincula a la falta de ingresos dignos para cubrir la canasta básica. Señala que asisten a unas 250 familias con almuerzo y cena, pero que las cocineras no reciben remuneración ni ayuda económica específica. Además, denuncia que se les exige registrar nombre, apellido y DNI de cada asistente, una tarea administrativa que les insume tiempo y esfuerzo no remunerados.
La realidad se replica en el conurbano bonaerense. Fernanda, a cargo de un merendero en la zona sur, cuenta que pasó de servir merienda a unos 60 chicos a recibir cerca de 100, incluso de barrios vecinos. Ante depósitos vacíos y donaciones que no alcanzan, muchos establecimientos tuvieron que reducir días de atención o racionar las raciones para poder sostener las puertas abiertas.
- Autogestión forzada ante la falta de subsidios regulares.
- Reducción de días de apertura y porciones para llegar a más familias.
- Dependencia creciente de donaciones de comercios y ferias barriales.
- Mayor burocracia y exigencias de registro de personas asistidas.
Para evitar el cierre, coordinadores de comedores y merenderos multiplican estrategias: ferias solidarias, rifas, colectas en redes sociales y articulación con comercios de cercanía que donan productos o aportan alimentos a bajo costo. Sin embargo, estas iniciativas resultan insuficientes para cubrir el bache que deja la reducción de la asistencia estatal masiva.
Infancias y jubilados, en el centro de la emergencia alimentaria
La falta de recursos impacta también en la calidad nutricional de las viandas. Ante la imposibilidad de comprar carne, lácteos, frutas y verduras frescas, los menúes se vuelven repetitivos y basados casi exclusivamente en fideos, arroz y harinas. Médicos y nutricionistas advierten que esta dieta no cubre los requerimientos mínimos, en especial en los primeros años de vida.
Niños, niñas y personas mayores conforman el grueso de quienes asisten a comedores y merenderos. En numerosos casos, el plato de comida que reciben allí es la única ingesta sólida del día. Escuelas de zonas periféricas reportan que el hambre se traduce en baja concentración, cansancio crónico y deterioro de la salud general del alumnado, con efectos que pueden condicionar su desarrollo a futuro.
Especialistas y organizaciones coinciden en que la respuesta estructural debe incluir políticas integrales de empleo, refuerzo alimentario y financiamiento estable para los espacios comunitarios que hoy funcionan como el último dique de contención frente al hambre.
Mientras los indicadores sociales dan cuenta de un deterioro sostenido, en los barrios se multiplican los pedidos de ayuda y las redes solidarias intentan suplir lo que no llega por otras vías. Referentes comunitarios reclaman que la emergencia alimentaria sea atendida con prioridad, con el objetivo de garantizar el derecho básico a la alimentación y evitar que el ajuste recaiga, una vez más, sobre los sectores más vulnerables.

