Caso Isabella: cuándo una tragedia infantil deja de ser un hecho aislado

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La muerte de Isabella, la nena de dos años que falleció mientras estaba al cuidado de su madre, volvió a encender las alarmas en el sistema de salud y de justicia. El caso reabrió el debate en torno al llamado síndrome de Munchausen por Poder, hoy definido como Trastorno Facticio Aplicado a Otro: una forma extrema de maltrato en la que un adulto provoca o induce síntomas en un menor a su cargo para obtener atención o protagonismo.
En diálogo con la Agencia Noticias Argentinas, el psicólogo Alexis Alderete (MP 85367) detalló cuáles son las señales que permiten sospechar que no se trata de una cadena de infortunios médicos, sino de un posible patrón de violencia, infanticidio o trastorno facticio. Según el especialista, la clave está en observar la dinámica del vínculo y la repetición de ciertos comportamientos en contextos similares.
“Lo que separa un infortunio médico recurrente de un Trastorno Facticio Aplicado a Otro reside en la aparición de patrones relacionales e indicadores clínicos muy específicos”, explicó Alderete. Entre ellos, mencionó la reiteración de episodios graves exclusivamente cuando el niño está a solas con el mismo adulto y la desaparición o brusca mejoría de esos cuadros cuando intervienen terceros neutrales o el personal de salud.
Las señales que encienden la alarma en profesionales de la salud
De acuerdo con el psicólogo, una primera señal de alerta aparece cuando el relato del progenitor no coincide con la evidencia clínica. Explicaciones cambiantes, poco creíbles o desconectadas de los hallazgos médicos —por ejemplo, justificar sofocaciones reiteradas con argumentos como que “el aire era tóxico”— obligan a los equipos tratantes a extremar la cautela.
Otra marca frecuente es la reacción emocional del adulto. En contextos de extrema gravedad, puede observarse una aparente calma, una especie de desconexión afectiva o un discurso centrado en la atención recibida por parte del personal, más que en el sufrimiento del niño. Esa disociación puede resultar llamativa cuando se analiza junto con la historia clínica y los antecedentes familiares.
En el caso de Isabella, el dato que cobró especial relevancia es la existencia de muertes e internaciones previas de otras hijas bajo el cuidado de la misma persona. Sin embargo, Alderete advirtió que el historial no debe verse como una lista de episodios sueltos, sino como la reconstrucción de un perfil vincular y la probabilidad de repetición de una misma respuesta conductual ante situaciones similares.
Cuando el historial construye un patrón: el rol de la “autopsia psicológica”
En el ámbito de la psicología forense, los especialistas recurren a herramientas como la “autopsia psicológica del vínculo”, orientada a reconstruir cómo se ejercía la función parental. Múltiples internaciones, diagnósticos contradictorios y desenlaces trágicos en lactantes anteriores ponen en tensión la idea de una muerte súbita aislada y obligan a considerar la hipótesis de un patrón de maltrato.
En ese contexto, los testimonios de hijos mayores y otros familiares —sobre castigos físicos, encierros, temor hacia el progenitor o situaciones de control extremo— adquieren un peso central cuando se alinean con la mecánica detectada en las pericias médicas y las autopsias.
- Episodios graves que se repiten solo en presencia de un adulto específico.
- Mejoría notoria cuando el niño está separado de ese adulto o bajo observación constante.
- Relatos poco consistentes o cambiantes sobre cómo se produjeron los eventos.
- Historia de internaciones previas, diagnósticos dudosos y desenlaces fatales repetidos.
“El momento en que la alarma deja de ser una sospecha difusa y se convierte en una hipótesis firme ocurre cuando convergen estos elementos”, señaló Alderete, al destacar que es el patrón, y no un solo episodio, lo que orienta la investigación.
El especialista describió también el llamado fenómeno de la “habitación vacía”: cuadros de apneas, sofocaciones, convulsiones o descompensaciones que se presentan bajo la regla del testigo único. Cuando el niño es separado preventivamente del adulto sospechado o queda bajo custodia permanente de enfermería, muchas veces el cuadro se estabiliza de manera drástica, rompiendo la lógica de una causa puramente biológica.
Entre la alarma clínica y la conclusión judicial
Alderete insistió en la necesidad de distinguir tres niveles de análisis: la señal de alarma inicial, la hipótesis clínica que organiza la investigación y la conclusión judicial, que se construye a partir de pruebas firmes. El objetivo es evitar tanto la ceguera ante un riesgo real —amparados en la presunción del “amor maternal”— como el sesgo retrospectivo de ver maltrato en cualquier episodio médico previo.
En casos como el de Isabella, los peritos enfatizan que no se trata solo de comprobar si hubo hechos similares, sino de establecer si comparten una misma dinámica, tiempos, reacciones y contextos. Ese abordaje integral, sostienen, es el que permite proteger a los menores sin caer en prejuicios ni simplificaciones sobre episodios que conmueven a la opinión pública.

