Una combinación de 13 ácidos grasos parece funcionar como una tarjeta de presentación química: cambia entre individuos, permanece bastante estable en cada gato y puede ser detectada por otros felinos.

En España hay más de 5,6 millones de gatos registrados, según el avance de la primera Estadística Nacional sobre Protección Animal presentada por el Gobierno en 2026. Detrás de muchos de sus comportamientos cotidianos, desde olfatear determinados rincones hasta marcar el territorio, existe un sistema de comunicación química que todavía guarda bastantes incógnitas.
Una investigación internacional liderada por la Universidad de Iwate, en Japón, acaba de resolver una de ellas. El trabajo, publicado en Current Biology, ha encontrado en la orina de los gatos una combinación de moléculas que conserva información característica de cada individuo y que otros gatos son capaces de diferenciar.
Los investigadores empezaron estudiando el comportamiento. Cuando presentaban una y otra vez a un gato la misma muestra de orina, el animal dedicaba progresivamente menos tiempo a olfatearla. Pero al sustituirla por la de otro individuo, su interés volvía a aumentar.
El efecto llegó a observarse incluso después de intervalos de meses, lo que apunta a que los gatos pueden conservar durante bastante tiempo información sobre olores urinarios previamente encontrados.
Otra pista fue el reflejo de Flehmen, esa peculiar expresión en la que el gato queda unos instantes con la boca entreabierta después de detectar determinados olores. Los animales lo mostraban con mayor frecuencia ante orina desconocida que ante la propia; además, la respuesta disminuía al repetir una muestra y reaparecía al introducir la de otro gato.
A partir de esas respuestas, el equipo fue separando químicamente los componentes de la orina hasta localizar una fracción especialmente interesante: contenía 13 ácidos grasos de cadena ramificada, conocidos como BFA por sus siglas en inglés.
No se trata de que cada gato posea una única molécula exclusiva. La firma estaría en la combinación y las proporciones relativas de esos 13 compuestos. Los perfiles variaban considerablemente entre animales, mientras que en un mismo individuo permanecían relativamente constantes cuando se analizaban muestras recogidas en fechas diferentes. Incluso entre gatos emparentados, que tendían a presentar perfiles más parecidos, seguían existiendo diferencias individuales.
Los científicos hicieron, además, una prueba especialmente reveladora: mantuvieron controlados otros lípidos de la orina y cambiaron únicamente la fracción de BFA procedente de distintos donantes. Los gatos volvieron a aumentar el tiempo de olfateo, señal de que podían detectar la diferencia entre esas composiciones químicas.
Aquí aparece una de las claves del descubrimiento. Muchos compuestos responsables de los olores son muy volátiles: una vez depositada la orina, se evaporan o cambian rápidamente y la mezcla deja de ser exactamente la misma.
Los BFA son semivolátiles y desaparecen más despacio. En muestras mantenidas a 25 ºC, los perfiles característicos de cada gato permanecieron comparativamente estables durante al menos 24 horas. Eso permitiría que una marca siguiera transmitiendo información sobre quién la dejó aunque el animal ya se hubiese marchado.
El estudio encontró, asimismo, una conexión inesperada. Desde hace más de cien años se sabe que los riñones de los gatos contienen abundantes gotas lipídicas, pequeños depósitos de grasa cuya función no estaba clara.
Los investigadores detectaron los BFA en el riñón, pero no en los demás tejidos examinados, y encontraron lípidos que los contenían almacenados precisamente en esas gotas de la corteza renal. La hipótesis es que podrían funcionar como un reservorio, amortiguando variaciones provocadas por la dieta o el estado fisiológico y ayudando a mantener estable la firma química.
Todavía no se conoce, sin embargo, cómo esos compuestos almacenados terminan llegando a la orina, por lo que esa función concreta del riñón debe seguir investigándose.
El equipo también encontró compuestos relacionados y depósitos renales similares en leones, tigres, leopardos, jaguares y linces. Eso sugiere que el sistema podría extenderse por la familia de los félidos, aunque todavía no se demostró que las especies salvajes utilicen estas moléculas para reconocer individuos.
La investigación, por tanto, no permite todavía traducir cada olor en el “nombre” de un gato. Pero sí revela algo más sutil: cuando un felino se detiene a investigar una marca de orina, podría estar obteniendo de ella información química sorprendentemente estable sobre quién pasó antes por allí.

