Sordera inducida por quimioterapia: una secuela que la ciencia busca prevenir

NewsITe
Entre los efectos adversos más conocidos de la quimioterapia –como las náuseas, el cansancio o la caída del pelo– existe uno del que casi no se habla y que puede acompañar al paciente para toda la vida: la pérdida de audición. En particular, los esquemas que incluyen fármacos derivados del platino, como el cisplatino y el carboplatino, se asocian a un daño auditivo permanente que hoy preocupa a oncólogos y otorrinolaringólogos.
Estos medicamentos, utilizados de manera extendida en tumores de pulmón, vejiga, testículo y en muchos cánceres pediátricos, se eliminan lentamente del organismo y tienden a acumularse en el oído interno. Allí inflaman y destruyen las delicadas células sensoriales encargadas de captar los sonidos, lo que se traduce en hipoacusia progresiva y, en muchos casos, irreversible.
“El problema de fondo es que la mayoría de los pacientes todavía no se hace estudios de audición ni antes, ni durante, ni después de la quimioterapia, y ese hueco hace que el daño se detecte tarde”, explicó el otorrinolaringólogo argentino Fernando Diamante. A diferencia de otros efectos secundarios, que pueden mejorar luego de finalizado el tratamiento, la ototoxicidad por platinos no se revierte con el tiempo.
Diamante remarcó que las células sensoriales del oído interno no se regeneran. Por eso, lo que se pierde no vuelve y el foco debe estar en la prevención: monitorear la audición desde el primer día de tratamiento y ajustar dosis o esquemas en caso de detectar un deterioro temprano, siempre sin comprometer la eficacia contra el tumor.
Niños, el grupo más vulnerable a la pérdida auditiva
Los datos disponibles en la literatura científica son especialmente alarmantes en la población pediátrica. Diversos estudios estiman que alrededor de la mitad de los niños tratados con protocolos basados en cisplatino desarrollan algún grado de hipoacusia permanente. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) ha señalado que esa proporción podría llegar hasta el 75% en ciertas series.
Cuando las dosis acumuladas son altas, el escenario empeora: hasta el 90% de los chicos pequeños puede sufrir pérdidas auditivas moderadas a severas y, en aproximadamente una cuarta parte, el compromiso es grave. Esto impacta directamente sobre el desarrollo del lenguaje, el rendimiento escolar y la socialización, con consecuencias que se extienden mucho más allá del alta oncológica.
A la quimioterapia se le suma el impacto de la radioterapia. Según los especialistas, la irradiación puede afectar distintas estructuras del sistema auditivo, aunque la ototoxicidad se vuelve más probable cuando la cóclea recibe dosis superiores a 32 Gy. Esta pequeña estructura en forma de caracol, ubicada en el oído interno, transforma las vibraciones sonoras en señales que el cerebro interpreta como sonidos.
Control auditivo y equipos especializados, claves para cuidar el oído
En Argentina, algunos hospitales de referencia ya avanzan en la incorporación sistemática de la salud auditiva dentro de la atención oncológica. El Hospital Garrahan, emblema en pediatría de alta complejidad, dispone de equipos dedicados al seguimiento, diagnóstico y abordaje temprano de la sordera inducida por tratamientos.
- Monitoreo audiológico desde el inicio y durante todo el tratamiento oncológico.
- Ajuste de dosis o cambio de fármacos ante los primeros signos de ototoxicidad.
- Detección precoz de alteraciones del habla en niños en tratamiento.
- Trabajo conjunto entre oncología, otorrinolaringología y fonoaudiología.
“Con el aumento de las dosis acumuladas de quimioterapia, o cuando se combinan con otros factores ototóxicos como la irradiación previa, la pérdida de células ciliadas puede avanzar en la cóclea e involucrar la percepción del habla”, advirtió Diamante. De allí la importancia de contar con protocolos claros y equipos formados para actuar de inmediato.
Para los especialistas, el objetivo no es elegir entre curar el cáncer o preservar la audición: ambas metas pueden convivir si el control auditivo se vuelve parte rutinaria del tratamiento.
La capacitación de los profesionales de la salud, la información adecuada a las familias y la difusión del rol de la audiología dentro de la oncología siguen siendo desafíos pendientes. Nombrar este efecto adverso y hablar de él abiertamente es el primer paso para que los pacientes no se sorprendan con una secuela que, de no prevenirse, puede resultar tan silenciosa como definitiva.

