Jenaro Massimi Vives es un joven de 31 años oriundo de nuestra ciudad que desde chico ya mostraba un espíritu aventurero y soñador. “¿Cómo sería vivir desde cero en un país con una cultura totalmente diferente a la nuestra?”, se preguntaba constantemente mientras se convencía que un día tendría que salir en busca de esas respuestas. Estuvo viviendo en Dinamarca, Nueva Zelanda y, ahora, en Australia.

Paula Robles
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Jenaro Massimi Vives es nicoleño, tiene de 31 años y ya ha recorrido varios sitios de Europa y alrededores en un lapso de 5 años. Estuvo viviendo y trabajando en Dinamarca, Nueva Zelanda y actualmente Australia. Además, por nombrar algunos lugares, visitó: Islandia, Suecia, Roma, Italia, Madrid, Viena y la lista sigue. Mientras el joven se encontraba estudiando la carrera de Diseño Gráfico y trabajando en un restaurante muy conocido de la zona, aprovechaba cada minuto libre para evaluar las posibilidades de viajar al extranjero. “En ese momento de incertidumbre, unos vecinos habían llegado de Dinamarca y luego de escuchar sus experiencias, comencé a tramitar la visa Working Holiday, que te permite residir y trabajar en ese país por un año”, comenzó relatando.
Comienza la aventura de Jenaro
En febrero de 2018, el viajero recibió de manos de su madre el boleto de avión que tanto añoraba, tomó todo lo ahorrado durante un año y medio de arduo trabajo y emprendió la aventura. “Era la primera vez que volaba internacionalmente, estaba un poco desorientado y en una de las escalas casi pierdo el trasbordo a Dinamarca. Con mi inglés básico fui preguntando hasta lograr llegar corriendo y con lo justo a tomar el avión que debía”, narró con una sonrisa, recordando el susto que pasó aquel día.
“Cuando llegué era pleno invierno, estaba todo nevado y hacía mucho frío. Parecía que estaba dentro de una película de navidad”, sostuvo Jenaro. “A través de Facebook marktplace encontré un lugar donde quedarme. Me tomé un taxi que me salió carísimo. En ese momento me tomó de sorpresa, pero luego entendí que realmente el precio estaba correcto”. A su vez, comentó: “Llegado a la residencia conocí a mis compañeros de piso, un lituano, un eslovaco y una chica eslovaca. Ahí comenzó la mezcla de nacionalidades y culturas”.
Y continuó: “El primer shock cultural que tuve en Dinamarca fue cuando vi un cochecito con un bebé afuera de un supermercado. Me asusté, pensé que lo habían abandonado y me quedé cerca vigilándolo para asegurarme que no le pasara nada. Unos minutos después, noté que muchos padres repetían ese ´abandono´. Para ellos es algo completamente normal, lo llaman ´siesta nórdica´ y sirve para que el niño se vaya adaptando a las bajas temperaturas del lugar. De todas formas, fue muy difícil tener que normalizar esa situación”, afirmó el joven aventurero.
El costo de la nueva vida
“Pasaron 2 meses de estar desempleado y me quedaban muy poco dinero en la cuenta. Estaba empezando a entrar en desesperación y mis ánimos estaban por el piso. Me sentía un fracaso. Tenía dos opciones, me compraba un pasaje de vuelta a mi país y me llevaba la peor experiencia de mi vida, o apostaba lo último que tenía en un mes más de renta para quedarme. Y eso último fue lo que hice. Sin nada en los bolsillos me quedé y ese mes lo sobreviví comiendo de la basura. No es de lo más honroso, pero es lo que me salvó”. Sobre esto, aclaró: “De todas formas no es como se lo imaginan, allá desechan cosas qué están totalmente aptos para el consumo. Una vez encontré paquetes de lasaña que le faltaban años por vencerse, pero las habían tirado porque el supermercado no tenía lugar en su depósito. Es muy feo ver el nivel de desperdicio de comida que hay”, recordó Jenaro.
Las puertas que se abren
“Por fin me llamaron de una reclutadora para trabajar en un depósito. Quedaba en una ciudad vecina a 25 kilómetros de donde vivía. No tenía plata ni para el pasaje de tren, pero tenía una bicicleta y sin dudarlo pedaleé 1 hora y media para llegar a mi primer día de trabajo”. Por lo que, agregó: “Trabajaba 8 horas y luego tenía otra hora y media de regreso. Así estuve por 2 semanas, hasta que me convocaron de una juguetería para realizar trabajos de limpieza industrial que quedaba en la misma ciudad donde yo estaba, por lo que decidí cambiar”, y siguió: “Recuerdo cuando recibí mi primer sueldo, comencé a llorar porque era más de lo que yo había ahorrado en un año y medio trabajando full time en Argentina. En ese momento entendí que nunca más iba a poder regresar a mi país para vivir”, afirmó Vives.
Soledad y vuelta a casa
“Si bien, ya estaba mejor en cuanto a lo laboral y plano económico, anímicamente me sentía muy mal. Me encontré totalmente solo. Los daneses son muy buenas personas pero son fríos y cerrados. Todo lo contrario a nosotros. Empecé a jugar juegos en línea y formar amigos virtuales de diferentes partes de Europa. Eso fue lo que me ayudó a despertar nuevamente mi espíritu aventurero y volviera a viajar para conocerlos en persona”, recordó.
“Poco antes que se venciera la VISA, renuncié a la juguetería y mi jefe de ese entonces me ofreció quedarme bajo su patrocinio, pero quería probar otras culturas.

Fue así que visité Islandia cumpliendo mi sueño de ver las auroras boreales y luego viajé a Suecia”, contó.
Europa es más fuerte
Siete meses después de volver a Argentina, Jenaro ya se encontraba transitando por Roma en donde se instaló en una comuna siciliana llamada Calatabiano. “Es el lugar más hermoso en donde he vivido y quiero vivir”, confesó. Luego de dos meses sin encontrar empleo, decidió volver a Dinamarca y trabajar con su antiguo jefe donde fue muy bien recibido. Este regreso fue mucho más sencillo ya que Vives viajó con la ciudadanía italiana. “Nadie me hizo preguntas ni tuve que pasar por la aduana. Fue como tomarse un colectivo dentro de la misma ciudad y bajarse sin problemas en otro barrio”, afirmó el nicoleño.
Le llegó la pandemia a Jenaro Vives
Al mes de arribar nuevamente a Dinamarca e ingresar a su sistema laboral, la pandemia golpeó a este país como al resto del mundo. Jenaro continúo trabajando normalmente ya que, su tarea, era considerada esencial. Sobre esta situación, narró: “Luego de un mes de encierro Dinamarca decretó a los ciudadanos que podían salir a las calles. Ya que ellos, al tener una cultura que respeta mucho el espacio personal, no tuvieron ningún tipo de inconveniente con el distanciamiento social. Eso ayudó mucho a que sea uno de los países que mejor manejó la pandemia, con un nivel bajo de contagios y muertes. Salvo por no poder viajar, todo lo demás continúo siendo normal”.
Comodidad que aburre
“Martín, renuncio porque estoy muy cómodo acá” le dijo Vives a su jefe con todo el respeto y cariño generado en el tiempo compartido. “Extraño sentir esa sensación de recompensa, de afrontar un desafío y poder decir ¡SI PUDE!”. Por eso, continuó explicando: “Dinamarca no es para mí porque al sentirme tan cómodo voy a terminar a quedarme a vivir acá y no es lo que quiero, todavía tengo hambre de seguir conociendo cosas nuevas y visitar lugares desconocidos para mí”.
Las estadísticas mienten
Si uno busca en internet cuales son los países más felices del mundo, en primer lugar, aparece Finlandia, segundo Dinamarca. En el tercer puesto figura Islandia. Pero, según el catador de lugares, la realidad es otra: “En el poco tiempo que estuve viviendo en Dinamarca, presencié cuatro suicidios, tres en mi trabajo y uno en un subte. Ese día era mi cumpleaños, yo volvía de trabajar con una torta en la mano y los paramédicos estaban tapando un cuerpo sobre las vías”. Y siguió relatando con indignación.
“Allá la gran mayoría consume antidepresivos y el 90 % tuvo alguien cercano que se suicidó”. No obstante, destacó la comodidad del sitio en términos de trámites y convivencias: “Un trámite, una devolución, las calles, los espacios públicos, el tránsito es todo armonioso. No existe algo de qué te puedas quejar. Y a mí, por lo menos, que todo sea correctamente perfecto no me genera la felicidad”.
Nuevos sitios desbloqueados
Durante un año, el nómade contemporáneo, estuvo ahorrando para poder compartir sus vivencias con alguien más. En 2021 su pequeña hermana cumplió 15 años y como regalo le envió pasajes para ella y su madre. Juntos conocieron las Islas Canarias, Madrid y Paris. “Fue un tour exprés, pero estoy muy contento de haber podido lograr que mi mamá y mi hermana pudieran disfrutar un poco de lo que yo disfruto a diario”, contó orgulloso.
Una vez que Jenaro despidió a su madre y hermana en el aeropuerto de Madrid, inició su desafío de visitar la mayor cantidad de lugares posibles en el lapso de un mes y contando solo con la compañía de su mochila, hasta llegar a su nuevo destino: Nueva Zelanda. Fue así que comenzó por el sur de Italia, visitando las ruinas de Pompeya, pasó por Nápoles -en plena fiebre por Maradona-, luego viajó más al sur para conocer la Costa Amalfitana, siguió por el norte de Italia, pasando por Venecia, Trieste, Viena y finalmente visitó Suecia. Luego de un mes viajando, arribó definitivamente a Nueva Zelanda, en donde vivió y trabajó por un año, teniendo que soportar dos terremotos y tres ciclones. “Los neozelandeses son las personas más amables con las que me crucé en todo este tiempo, pero no me podía quedar más porque ya comenzaba a sentir nuevamente esa sensación de comodidad y tampoco estaba pudiendo ahorrar porque la vida allá era muy costosa”, afirmó.
Jenaro en Australia
Por ahora, el curioso personaje de esta aventura se encuentra, desde el mes de julio, establecido en Australia, trabajando, jugando al tenis y realizando un nuevo deporte que está muy de moda allí, llamado pickleball que es una mezcla entre ping pong y tenis. “Los deportes y juegos de mesas ayudan mucho a conocer gente nueva, generar amistades y tener contactos para encontrar empleo”, aseguró Jenaro. “No sé cuánto tiempo más me voy a quedar acá, pero mi plan es irme a Suecia y quedarme un buen tiempo allá”, finalizó el nicoleño errante.

