Dos siglos de una relación estratégica y en tensión

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Las relaciones diplomáticas entre la Argentina y Estados Unidos se remontan a 1823 y, pese a crisis profundas y cambios de época, nunca se interrumpieron. A lo largo de más de dos siglos, el vínculo osciló entre la cooperación estratégica y los desencuentros políticos, marcados por el lugar que cada país buscó ocupar en el tablero internacional.
Hacia fines del siglo XIX, la Argentina aspiraba a proyectarse como potencia regional con liderazgo en Sudamérica, en paralelo al ascenso de Estados Unidos como actor dominante en el hemisferio. Esa tensión de intereses se expresó en distintas coyunturas y tuvo uno de sus puntos más críticos en la Guerra de Malvinas, cuando Washington respaldó al Reino Unido pese a los intentos de mediación impulsados por Perú y por Naciones Unidas.
En el siglo XX, la influencia externa sobre la región fue mutando: primero, bajo la gravitación de las potencias coloniales europeas; luego, en una competencia entre el Reino Unido y Estados Unidos. Tras la Segunda Guerra Mundial, la presencia norteamericana se volvió predominante, también en la política argentina. En ese marco, hubo al menos tres momentos de fuerte acercamiento con Washington: durante el Proceso Militar de 1976 en plena Guerra Fría; con el gobierno de Carlos Menem en los ’90, bajo la hegemonía global estadounidense; y en la actual etapa, con Javier Milei, en un contexto de bipolarismo conflictivo entre Estados Unidos y China.
En los años ’90, la relación con Estados Unidos combinó alineamiento político, acuerdos económicos e institucionales tanto con administraciones republicanas como demócratas, sin abandonar la integración con Brasil y Chile ni los avances regionales iniciados tras el retorno de la democracia. Ese entramado con los vecinos contribuyó a consolidar al Cono Sur como una zona de paz y sistemas democráticos estables.
La nueva geopolítica: entre Washington, Beijing y la región
La actual política exterior argentina muestra un fuerte alineamiento con Estados Unidos, en sintonía con la llamada “Teoría del Realismo Periférico” elaborada por Carlos Escudé, que propone aceptar la primacía de la potencia dominante para reducir costos y obtener beneficios. Sin embargo, el escenario global de hoy es más complejo: Estados Unidos sigue siendo la principal potencia militar y referente de Occidente, pero enfrenta el desafío estructural de China, consolidada como gran competidora económica y tecnológica.
- Estados Unidos mantiene una interdependencia comercial profunda con China, que aún se ubica entre sus principales socios.
- La mayoría de los países procura equilibrar sus lazos con ambas potencias, diversificando vínculos y defendiendo el multilateralismo.
- El mapa global está atravesado por nuevos poderes fácticos, desde las finanzas y la inteligencia artificial hasta el crimen organizado y el narcotráfico.
La Argentina, por su parte, posee relaciones económicas diversificadas: Brasil lidera como socio comercial regional; Estados Unidos, España y Holanda se destacan entre los principales inversores; y también pesan China, Alemania, Francia, Canadá, Italia y los países de la ASEAN, India y Medio Oriente. Esta red de vínculos, sumada a las capacidades productivas y de recursos naturales del país, podría convertirse en una plataforma para mayor autonomía si se ordena la macroeconomía y se construyen consensos internos.
“Una diversificación dinámica del comercio y nuestras relaciones internacionales nos otorgaría mayores grados de autonomía”, sostiene el especialista en comercio internacional Patricio Carmody.
En este contexto, analistas plantean que la Argentina debería sostener una política exterior integral de “multipolarismo vinculante”: un esquema que, lejos de la subordinación automática, permita mantener una relación madura y constructiva con Estados Unidos, sin descuidar los lazos estratégicos con los países vecinos del Cono Sur ni con otras potencias globales. El desafío es que esa diplomacia contribuya de manera concreta a la paz, al desarrollo y a una inserción internacional más equilibrada desde el “Fin del Mundo”, como definió el papa Francisco.

