El drama cotidiano de Sergio “Chiquito” Gómez, el hombre más alto del país

NewsITe
Sergio Daniel “Chiquito” Gómez tiene 40 años, mide 2,28 metros y es el hombre más alto de la Argentina. Detrás de esa particularidad física hay una historia atravesada por la pobreza, la enfermedad y una lucha diaria por sobrevivir en la Ciudad de Buenos Aires. Nacido en Candelaria, Misiones, llegó a los 18 años a la Capital para buscar trabajo y desde entonces encadena changas, empleos precarios y largos períodos de internación.
Hoy vive en una pequeña habitación de pensión en el barrio porteño de Villa Devoto. El espacio es mínimo: una cama hecha especialmente a su medida, un televisor, un placard y algunos elementos básicos de cocina. El alquiler mensual ronda los $550.000, mientras que su ingreso fijo es una pensión por discapacidad de $380.000. La cuenta no cierra y por eso apela a la solidaridad para poder sostener un techo y, más adelante, mudarse a un lugar donde pueda cocinar y moverse con comodidad.
Hincha de Boca y admirador de Lionel Messi, Sergio intenta conservar la rutina y el sentido del humor. Almuerza casi todos los días con dos amigos de la pensión, un carnicero y un cocinero, que lo integran en el buffet del lugar y hasta lo invitan a jugar al fútbol. “Me mandan al arco porque soy alto, si no juego de defensor”, cuenta entre risas. También asegura que necesita compañía: se levanta temprano, se hace un té y dice que solo no puede tomar mate; recién cuando está con otros llega a tomar varios termos.
Una enfermedad costosa y un tratamiento imposible de afrontar
La altura de Sergio no es solo una curiosidad: es la consecuencia del gigantismo, también conocido como acromegalia, un trastorno causado por la excesiva secreción de la hormona del crecimiento por la hipófisis. “No paro de crecer”, resume él mismo. La enfermedad avanza y la acromegalia ya presiona sobre su cerebro, lo que le genera convulsiones y otros problemas de salud que requieren un tratamiento complejo y muy costoso.
Según relató su entorno, Sergio necesita dos inyecciones claves: undecanoato de testosterona (1.000 miligramos) y somatostatina octreotida (20 miligramos). Cada una tiene un valor casi inaccesible: alrededor de $7.500.000 la primera y $280.000 la segunda. Una debe aplicarse cada 28 días durante dos jornadas y la otra, cada cuatro meses, con el objetivo de descomprimir el tumor que afecta su cerebro. A esto se suma una medicación diaria para las convulsiones y controles médicos frecuentes en el Hospital Argerich.
Tiempo atrás, su cuadro se agravó al punto de quedar internado más de dos meses y medio en ese hospital del barrio de La Boca. Llegó a pesar 80 kilos, tomaba 14 pastillas por día y, antes de ese ingreso, incluso había atravesado una etapa en situación de calle, viviendo en un depósito que se inundaba cada madrugada. Hoy, aunque fue dado de alta, sigue dependiendo de controles y de la continuidad del tratamiento para evitar retrocesos.
Martina, la “hermana del corazón” y la red solidaria
En medio de las dificultades apareció Martina, a quien Sergio define como su “ángel” y “hermana del corazón”. Ella también es misionera, de Eldorado, y conoció la historia de “Chiquito” por viejas notas y por un pedido desesperado de su padre, que desde la provincia buscaba noticias de su hijo internado y solo en Buenos Aires. Martina se presentó en el Hospital Argerich, logró ubicarlo y desde entonces lo acompaña en trámites, visitas médicas y gestiones para conseguir medicación.
La mujer, que vive en la Ciudad por el tratamiento médico de su propia hija, recordó que al principio Sergio estaba postrado y sin ganas de levantarse. Con el tiempo lo ayudó a recomponer rutinas, a hacer valer sus derechos como paciente y a tender lazos con organizaciones y vecinos dispuestos a colaborar. Hoy es ella quien suele difundir el pedido de ayuda para reunir fondos destinados a la medicación y al alquiler, y quien advierte que, por los montos que manejan, él no podría afrontar el tratamiento por sus propios medios.
Para quienes quieran colaborar, el alias informado es Chiquito.2140 (Cuenta DNI). Cada aporte, remarcan, se destina al pago de inyecciones, medicación y gastos básicos de vivienda para que Sergio pueda sostener una vida digna mientras continúa su pelea contra el gigantismo.
“No muerdo, soy de carne y hueso como todos”
Más allá de los problemas de salud, Sergio intenta llevar una vida lo más normal posible. Cuando camina por la calle, suele llamar la atención de grandes y chicos. “A veces los chicos me ven y me miran de la cabeza a los pies. Yo les digo que no muerdo, que soy una persona común y corriente, de carne y hueso como todos”, relata. Muchos le piden sacarse fotos y él accede sin problemas, aunque siempre cuidando no golpearse con techos bajos o estructuras que para él se vuelven un obstáculo permanente.
Su sueño a futuro es poder tener un vivero propio, rodearse de plantas y trabajar de lo que le gusta. Para eso, primero necesita estabilizar su salud y acceder de manera sostenida al tratamiento. Mientras tanto, se las arregla con los viajes en colectivo —los autos de app suelen quedarle chicos— y el acompañamiento de Martina, que ya forma parte de su familia elegida.
En una ciudad donde muchas historias quedan invisibilizadas, la de Sergio “Chiquito” Gómez interpela por su mezcla de resiliencia, vulnerabilidad y esperanza. Con 2,28 metros de altura y un presente económico frágil, su pedido es simple: poder tratar su enfermedad, acceder a una vivienda adecuada y construir, paso a paso, una vida más justa y amable.

