Brasil 2026: la ajustada primera vuelta que reordena la región

Flávio Bolsonaro quedó a un paso del Palacio del Planalto

Flávio Bolsonaro y Luiz Inácio Lula da Silva en la carrera presidencial brasileña 2026

NewsITe

La primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil 2026 dejó un escenario tan reñido como decisivo para el futuro político de América Latina. El senador derechista Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL), se impuso con el 47,03% de los votos sobre el presidente Luiz Inácio “Lula” da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), que alcanzó el 45,16%. La diferencia, de apenas 1,87 puntos y unos 2,2 millones de sufragios, desmintió a todas las encuestas y elevó al hijo de Jair Bolsonaro a la puerta misma del Palacio del Planalto.

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Flávio Bolsonaro, de 45 años, multiplicó de manera exponencial su peso electoral. En 2018 había llegado al Senado por Río de Janeiro con 4,3 millones de votos; ahora sumó unos 56 millones, superando tanto a Lula como a su propio padre, que en la primera vuelta de 2022 había quedado por detrás del líder del PT. El avance del senador lo instala como figura central de una derecha regional que tiene vínculos políticos e ideológicos con Donald Trump en Estados Unidos y con referentes como Javier Milei en la Argentina.

La votación confirmó una polarización extrema: el 92% de los sufragios se concentró en los dos principales candidatos, dejando casi sin espacio a las otras 11 postulaciones. De cara al balotaje del 25 de octubre, los sondeos ubican a Flávio Bolsonaro como favorito, con algunos análisis que le otorgan un 70% de probabilidades de imponerse. Incluso una encuesta de Datafolha posterior a la primera vuelta lo coloca 52% a 48% frente a Lula, descontando votos en blanco e indecisos.

Un mapa electoral que se inclina a la derecha

El crecimiento territorial del candidato del PL es otro dato clave. Flávio Bolsonaro obtuvo el triunfo en 14 estados y en el Distrito Federal, dos más que su padre en 2022, y arrebató 719 municipios que antes estaban bajo la órbita lulista. Mientras Jair había ganado en 2.191 localidades cuatro años atrás, su hijo alcanzó 2.906 en 2026, frente a las 2.663 que quedaron para el PT. El vuelco en Minas Gerais, segundo distrito con más votantes y considerado termómetro nacional desde 1989, fue determinante: allí Bolsonaro hijo se impuso con el 48,24% contra el 43,3% de Lula.

El oficialismo sufrió una merma clara. Lula perdió 3,7 millones de votos en relación con la primera vuelta de 2022, cuando había superado los 57 millones. Esta vez cosechó 53,8 millones y retrocedió en 25 de los 27 estados, incluso en bastiones que se le habían mostrado favorables hace cuatro años. A su desgaste natural tras décadas de presencia en el poder se suman problemas persistentes: inflación que golpea los bolsillos, endeudamiento de las familias, hechos de corrupción que salpican a distintas fuerzas y una inseguridad que alimenta el discurso de mano dura de la derecha.

En materia de seguridad, el contraste con la Argentina es uno de los argumentos centrales del bolsonarismo. Aunque Brasil registró en 2025 la tasa de homicidios más baja desde 2012 –19,1 muertes intencionales cada 100.000 habitantes, según el Foro Brasileño de Seguridad Pública–, el número quintuplica el promedio argentino. En ese contexto, el mensaje punitivista, proarmas y con elogios abiertos al modelo represivo de Nayib Bukele en El Salvador encuentra un terreno fértil entre amplios sectores de la sociedad brasileña.

Desafíos para Lula y una región en alerta

Para Lula, que a los 80 años enfrenta su séptima campaña presidencial, la cuesta arriba hacia el balotaje luce empinada. El margen para captar votantes de otros espacios es acotado: la mayoría de los candidatos que quedaron fuera de carrera provienen de la derecha, como Renán Santos (Misión) o Ronaldo Caiado (PSD), cuyos electores difícilmente se inclinen por el PT. El postulante centrista Augusto Cury, de Avante, es una excepción, pero su 2,89% de los votos no alcanza para revertir, por sí solo, la tendencia general.

Al mismo tiempo, el nivel de participación también deja poco espacio para sorpresas. Aunque la abstención fue la más alta en décadas, se ubicó en el 21,08% de los 158 millones de habilitados, apenas por encima de 2022. Es decir, votó casi el 79% del padrón y menos del 5% de los sufragios fueron en blanco o anulados. El PT deberá concentrar sus esfuerzos en intentar movilizar a esos 33 millones de ciudadanos que no fueron a las urnas, una tarea compleja en un entorno de desencanto con la política tradicional.

Si finalmente Flávio Bolsonaro logra imponerse en la segunda vuelta, no sólo quedará en condiciones de impulsar un eventual indulto o amnistía para su padre Jair –bajo prisión domiciliaria por el intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2023– y para su hermano Eduardo –condenado por la Justicia y radicado en Estados Unidos–, sino que también podría promover una ofensiva contra los miembros del Supremo Tribunal Federal que firmaron esas sentencias. Sin embargo, para avanzar en esa dirección necesitará mayorías legislativas que hoy aparecen lejanas en un Congreso fragmentado.

El desenlace del balotaje brasileño no sólo definirá el rumbo del mayor país de Sudamérica: también impactará en el equilibrio político de toda América Latina y en su relación con las grandes potencias.

Con una ola regional marcada por derrotas de oficialismos –13 de las últimas 15 elecciones fueron ganadas por oposiciones, en su mayoría de derecha–, Brasil se encamina a tres semanas de negociaciones intensas, reacomodamientos y operaciones políticas. El resultado final no sólo reordenará el tablero interno, sino que influirá en el clima político de la región, en la agenda económica y en el vínculo con socios estratégicos como Estados Unidos, China y la propia Argentina.

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