El Alzheimer se gesta años antes: cómo detectarlo a tiempo

NewsITe
La Organización Mundial de la Salud estima que 57 millones de personas viven con algún tipo de demencia en el mundo y que entre el 60% y el 70% de esos casos corresponden a la enfermedad de Alzheimer. En la Argentina, con una población cada vez más envejecida, especialistas advierten que el impacto de esta patología crecerá en los próximos años y que la clave está en mirar mucho antes del diagnóstico.
La psiquiatra María Luciana Ojeda remarca que el Alzheimer no comienza el día en que el médico lo confirma. “Empieza años antes, en hábitos y condiciones de salud que sí podemos intervenir”, sostiene. Cambios de conducta, síntomas depresivos, ansiedad persistente y un cansancio que no cede suelen ser señales tempranas que pasan desapercibidas mientras la vida cotidiana continúa aparentemente normal.
Entre las medidas preventivas, la especialista destaca la importancia de controlar la presión arterial, cuidar la diabetes, mantenerse físicamente activo y, sobre todo, atender la salud mental. El deterioro neurológico no es un hecho súbito, sino un proceso silencioso que se construye a lo largo del tiempo.
Depresión funcional: cuando el malestar no detiene la rutina
Ojeda describe un cuadro cada vez más frecuente: la llamada “depresión funcional”. Se trata de personas que cumplen con sus tareas, van al trabajo, responden mensajes y sostienen vínculos, pero arrastran un agotamiento emocional profundo que suele minimizarse o confundirse con estrés.
- Cansancio que no mejora con el descanso.
- Dificultad para concentrarse y rendir en actividades habituales.
- Pérdida de interés en hobbies o proyectos que antes entusiasmaban.
- Cambios llamativos en el apetito o el peso.
- Sentimiento de vacío o desconexión emocional.
Como esas señales no siempre afectan de inmediato la vida laboral o familiar, muchas personas evitan consultar. La cultura de la “fortaleza” y la presión por mostrar una vida perfecta en redes sociales contribuyen al silenciamiento del malestar. Según la especialista, esa depresión que se disimula día tras día está directamente vinculada con un mayor riesgo de Alzheimer.
Un vínculo probado entre depresión y riesgo de Alzheimer
De acuerdo con la evidencia científica, la depresión no tratada puede dañar el cerebro: altera la circulación sanguínea, aumenta la inflamación y afecta los mecanismos de protección de las neuronas. Ese proceso puede extenderse durante años, incluso décadas, antes de que aparezcan los primeros olvidos evidentes.
Los datos de género son especialmente preocupantes. Las mujeres con depresión tienen el doble de riesgo de desarrollar Alzheimer en comparación con quienes no la padecen; en los varones, el riesgo puede cuadruplicarse. Para Ojeda, esto obliga a replantear la prevención: la salud mental deja de ser un lujo para convertirse en un pilar central del cuidado neurológico a largo plazo.
“La salud mental no es un lujo. Es la base sobre la que se construye el cerebro del futuro”, enfatiza la psiquiatra María Luciana Ojeda.
Qué ocurre en el cerebro y cómo acompañar a quienes cuidan
En el Alzheimer, dos proteínas —beta-amiloide y tau— comienzan a comportarse de manera anómala, formando depósitos que dañan y destruyen neuronas. Así se pierden funciones clave: la persona puede conservar recuerdos lejanos y, al mismo tiempo, olvidar hechos o conversaciones recientes. Cada paciente transita un curso diferente, lo que complejiza el cuidado diario.
Ojeda subraya que la forma de comunicarse con el paciente es central. Aconseja evitar la confrontación: llevarle la contra a una persona con Alzheimer suele generar conflictos que ella olvidará al poco tiempo, pero que dejan huella emocional en el entorno. Las interacciones sencillas, cara a cara, con contacto visual, tono calmo y una sonrisa genuina ayudan a preservar la dignidad y reducir la angustia.
Intervención temprana y tratamiento: la ventana de oportunidad
La psiquiatra aclara que la depresión sin tratamiento raramente se resuelve solo con “fuerza de voluntad”. Por el contrario, puede profundizarse y favorecer trastornos físicos y neurológicos más severos. La literatura científica respalda que una intervención temprana mejora el pronóstico y reduce riesgos a futuro.
- Psicoterapia cognitivo-conductual, que brinda herramientas para modificar patrones de pensamiento y conducta.
- Tratamiento psiquiátrico con medicación cuando está indicado por un profesional.
- Ejercicio físico regular, capaz de influir positivamente en neurotransmisores vinculados al ánimo, como la dopamina y la serotonina.
Para Ojeda, el primer paso es poder reconocer que algo no está bien y animarse a pedir ayuda: hablar con un profesional de la salud o con alguien de confianza. Lejos de ser una muestra de debilidad, se trata de una decisión que puede marcar la diferencia en la calidad de vida presente y en la salud cerebral futura.

