El debate por crecer más rápido sin romper el equilibrio

NewsITe
En medio de un nuevo ciclo económico, el Gobierno de Javier Milei enfrenta una disyuntiva clásica de la política argentina: acelerar el crecimiento apelando a atajos de corto plazo o sostener el actual equilibrio macroeconómico, aun a costa de un malestar transitorio en parte de la clase media. Detrás de esta discusión se esconde una tensión histórica entre la tentación de intervenir más y el costo, muchas veces invisible al principio, que eso implica para la estabilidad.
De acuerdo con las proyecciones oficiales, los primeros tres años de gestión mostrarían un crecimiento acumulado del PBI cercano al 8%, en contraste con los últimos tramos de los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner, Mauricio Macri y Alberto Fernández, marcados por la recesión. Argentina vuelve a crecer, aunque con fuertes diferencias entre sectores y con un proceso de reacomodamiento que no está exento de tensiones.
Durante las últimas dos décadas, los sectores ligados a la exportación –como el agro y la energía– quedaron rezagados por un esquema que los castigaba con retenciones, controles cambiarios y trabas regulatorias. Paralelamente, se inflaron artificialmente segmentos vinculados al mercado interno bajo la promesa de protección estatal, lo que derivó en precios internos mucho más altos y pérdida de competitividad.
El cambio de enfoque actual busca revertir esa lógica. La inversión en energía y el agro se expande a tasas de dos dígitos, en una etapa de “catch up” luego de años de atraso. En este escenario, el equilibrio general de la economía requiere una transición en la que el sector exportador gane peso hasta que pueda convivir en armonía con las actividades orientadas al consumo interno.
Tipo de cambio, emisión y la ilusión del “un poco más” de inflación
Uno de los cuestionamientos recurrentes es que el Gobierno estaría “pisando” el tipo de cambio. Sin embargo, la fuerte acumulación de reservas por parte del Banco Central sugiere lo contrario: se intenta evitar una apreciación aún mayor del peso. Sin esas intervenciones, el valor del dólar oficial podría ser sensiblemente más bajo, con impacto directo sobre la competitividad externa.
En paralelo, algunos economistas y dirigentes reclaman una política monetaria más expansiva. Pero la propia compra de reservas implica una emisión significativa de pesos. El dilema central es si liberar aún más liquidez sin absorber podría traducirse en mayor consumo genuino o, como ha ocurrido reiteradamente en la economía bimonetaria argentina, en una nueva corrida hacia el dólar con traslado a precios.
La estrategia oficial se apoya en convalidar solo la demanda de pesos asociada al crédito productivo, que avanza lentamente a medida que baja la morosidad. Acelerar artificialmente ese proceso, advierten los defensores del gradualismo monetario, pondría en riesgo un mercado de préstamos que ya es reducido en términos del PBI y podría reinstalar la inestabilidad.
Superávit fiscal y la presión por “aflojar” el ajuste
El tercer punto crítico es el uso del superávit fiscal. Desde distintos sectores surgen pedidos para ampliar el gasto en universidades, obra pública, jubilaciones y otros programas sociales. Se trata de demandas legítimas en una sociedad atravesada por la desigualdad y casi cinco décadas de dificultades para sostener equilibrios básicos.
- El Gobierno considera el superávit como condición indispensable para no volver a la inflación alta.
- Los reclamos políticos apuntan a acelerar la mejora del poder adquisitivo y la actividad interna.
- El riesgo es reactivar la dinámica inflacionaria que golpea con más fuerza a los sectores vulnerables.
Apurar el crecimiento a fuerza de emisión y gasto puede resultar, según los especialistas, tan tentador como inmoral si el costo recae sobre los que menos tienen.
Con una inflación que se desacelera, un PBI que podría crecer alrededor del 2,5% anual y salarios que lentamente recuperan capacidad de compra, el oficialismo apuesta a llegar a 2027 con una foto económica mejor. El interrogante de fondo es si la sociedad y la dirigencia política estarán dispuestas a resistir la tentación de los atajos que ya fracasaron en el pasado.

