Los especialistas coinciden en que las mascotas tienen la capacidad de relajar la angustia, reducir la percepción del dolor físico y emocional y desarrollar o mantener las capacidades cognitivas activas.

A lo largo de la historia, la relación entre el ser humano y el reino animal ha sido un pilar fundamental para el desarrollo de las sociedades. Inicialmente vinculados a través del entorno silvestre y la agricultura, los animales resultaron indispensables para el sustento alimentario, la tracción en el transporte y la configuración de rituales culturales y religiosos. Asimismo, el fenómeno de la tenencia de mascotas —tradicionalmente percibido como una manifestación moderna de opulencia materialista— posee raíces profundas y globales que trascienden los límites cronológicos e ideológicos del mundo occidental.
En Israel y en Europa del Norte se han encontrado enterrados con humanos algunos de los restos arqueológicos más antiguos de perros domésticos y se estima que se originaron hace aproximadamente 11.000 y 14.000 años.
También se han localizado en el medio oeste norteamericano algunos perros enterrados con seres humanos, lo cual sugiere que los americanos nativos podrían haber mantenido perros como mascotas desde hace más de 8000 años.
La evidencia de entierros en la isla de Chipre respalda la idea de que los gatos, que durante años se creyó que habían sido domesticados en el antiguo Egipto hace aproximadamente 4000 años, han acompañado a los humanos por lo menos desde hace 9500 años.
“La antrozoología, el estudio de las interacciones entre seres humanos y animales (HAI, por sus siglas en inglés), es una disciplina relativamente joven —relata a LA NACIÓN James A. Serpell, profesor emérito de Ética y Bienestar Animal de la Facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad de Pensilvania y autor del libro The Waltham Book of Human-Animal Interaction, investigador de esta disciplina desde 1979—. La antrozoología está disfrutando de una adolescencia productiva respaldada por una creciente investigación original”.
Una tarea que no ha sido fácil: las comparaciones transversales entre los dueños de mascotas y quienes no tienen una, inevitablemente, traen aparejado el problema de la causalidad. “Por ello es difícil establecer estudios empíricos para demostrar el valor de tener una mascota o de las intervenciones asistidas con animales utilizando métodos tradicionales de investigación”, sigue Serpell. Sin embargo, una asociación entre Waltham y el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano Eunice Kennedy Shriver de Estados Unidos, comienza a dar sus primeros resultados.
Las familias con niños menores de 18 años comprenden aproximadamente el 40 por ciento de todos los dueños de mascotas en los Estados Unidos y los animales figuran de manera prominente en los juguetes, libros, juegos, películas y programas de televisión para niños. “Los gatos ofrecen algunos atributos interesantes para los niños. Son más tranquilos. Pueden funcionar muy bien frente a cuadros de hiperactividad. Los perros, en cambio, pueden proponer gasto de energía física y una compañía activa para los más solitarios”, cuenta Marie A. Moore, profesora de Ética Humana y Bienestar de Animales, directora del Centro de Interacción entre Animales y la Sociedad de la Facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad de Pennsylvania y coautora de Serpell en su investigación.

