Tomás Casares, el argentino que sueña el Mundial con EE.UU.

Del Newman a Estados Unidos: la ruta mundialista de Casares

Tomás Casares con la camiseta de los Chicago Hounds en la Major League Rugby

NewsITe

Formado en el club Newman y hoy figura de los Chicago Hounds, el argentino Tomás Casares vive un presente singular: a los 27 años es campeón de la Major League Rugby (MLR) y representa a la selección de Estados Unidos, mientras persigue un objetivo que repite casi como un mantra: llegar al Mundial de Australia 2027.

Radicado en el país norteamericano desde hace cinco años, Casares repasó su recorrido deportivo y personal, desde la beca universitaria que le abrió la puerta al rugby estadounidense hasta su consolidación en la liga profesional. Al mismo tiempo, dejó una mirada crítica sobre el rugby argentino y la forma en que se “jacta” de ciertos valores que, según él, no siempre se condicen con la realidad dentro de la cancha.

– Publicidad –

Su desembarco en Estados Unidos se dio en plena pandemia, cuando aceptó una beca deportiva en la Thomas More University, en Cincinnati, donde estudió gestión deportiva. Llegó prácticamente sin saber inglés y atravesó meses de adaptación que calificó como “hostiles”. Sin embargo, el sistema universitario y la contención de otros compatriotas le permitieron acomodarse, ser capitán del equipo y construir una cultura “argentino-americana”, con mates, asados y buenos resultados deportivos.

Impactado por el fanatismo que genera el deporte universitario –con estadios que superan las 100 mil personas en disciplinas más masivas–, el tercera línea se volvió hincha de los Cincinnati Bengals de la NFL y descubrió otra manera de vivir la pasión deportiva: sin el folklore argentino, pero con una intensidad propia, basada en grandes espectáculos y estadios imponentes.

Valores, trash talk y menos peleas que en Argentina

Casares asegura que el rugby estadounidense está en etapa de construcción y que, por eso, los jugadores de su generación tienen la responsabilidad de moldear sus valores. A diferencia de lo que vivió en el país, sostiene que allí no se declaman tanto esos principios sino que se exige ponerlos en práctica, con especial énfasis en el respeto entre compañeros y rivales.

En ese marco, convive a diario con el “trash talk”, típico del deporte norteamericano: provocaciones constantes dentro del campo de juego que, admite, le costó asimilar. Para el argentino, la clave está en la reacción: elegir entre mantener la compostura o entrar en el juego verbal. Aun así, subraya que rara vez esas chicanas terminan en peleas, algo que compara con cierta cultura del rugby argentino, donde se habla menos pero las fricciones suelen escalar.

“El rugby argentino se jacta de algo que es muy grande como para jactarse de forma generalizada”, cuestionó, al remarcar que muchas veces los valores no se corresponden con lo que pasa en la cancha.

En su equipo, explica, buscan una filosofía centrada en la empatía y en “ser más humanos”: interesarse por la vida del otro, ayudar en los momentos difíciles y aprender a ser dignos tanto en la victoria como en la derrota. La consagración en la MLR llegó con un gesto que, para él, fue innegociable: saludar y respetar al rival antes de cualquier festejo.

Del sueño trunco en Miami a la consagración en Chicago

Antes de recalar en Chicago, Casares fue parte del proyecto Miami Sharks, la franquicia impulsada por empresarios argentinos como Marcos Galperín. Define ese paso como una experiencia intensa, con fuerte sentido de pertenencia y relaciones personales que aún mantiene. Sin embargo, el cierre del equipo lo golpeó duro y lo llevó a reflexionar, desde su formación en gestión deportiva, sobre problemas organizativos y la falta de planificación a largo plazo.

Su llegada a los Chicago Hounds estuvo cargada de nerviosismo: compartía vestuario con jugadores de alto nivel, algunos compañeros en la selección de Estados Unidos, y sabía que nada estaba garantizado. Se propuso ser titular desde el inicio y, según cuenta, allí terminó de “aprender a ganar”: ser autocrítico incluso en las buenas, no relajarse y entender que un título es el resultado de meses de trabajo invisible.

El llamado al seleccionado estadounidense lo describe como uno de los grandes hitos de su carrera. El Head Coach lo contactó directamente y él no dudó: agradecido con las oportunidades que le dio el país, aceptó representar a las Águilas sin esperar una hipotética chance en Los Pumas. Ahora, sueña con mantenerse en el radar pensando en el Mundial 2027 en Australia.

MLR en crecimiento y el deseo de volver a Newman

Casares observa a la Major League Rugby como una competencia aún en ajuste. Reconoce que una expansión apresurada generó problemas económicos y deportivos, pero valora la reestructuración reciente y la creación de una unión de jugadores que empezó a reclamar mejores condiciones: contratos más estables, seguros médicos, vivienda y mayor formalidad en la relación laboral.

Mientras tanto, el día a día de un rugbier de la MLR sigue marcado por la incertidumbre: los contratos son por temporada, los ingresos se concentran en pocos meses y cada año obliga a reorganizar la vida personal, trabajos complementarios y lugar de residencia. En su caso, debe pensar también en su esposa y en la vida que construyó en Estados Unidos.

Pese al presente norteamericano, hay un anhelo que lo conecta permanentemente con la Argentina: poder jugar en la Primera de Newman, el club donde se formó y al que todavía siente en deuda deportiva. También sueña con dar el salto a Europa, convencido de que la liga estadounidense puede ser una vidriera hacia las competencias más exigentes del mundo.

En su heladera, confiesa, hay una frase escrita que lo acompaña todos los días: jugar el Mundial de Australia 2027. Cada entrenamiento y cada temporada en la MLR apuntan a ese objetivo, que mezcla sacrificio, adaptación cultural y la convicción de que, para ganar de verdad, primero hay que aprender a trabajar en silencio.

- Publicidad -
- Publicidad -
- Publicidad -