Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (Mt 14,13-21)

Por monseñor Hugo Norberto Santiago
Obispo de la Diócesis de San Nicolás
«Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, sanó a los enfermos. Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: “Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos”. Pero Jesús les dijo: “No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos”. Ellos respondieron: “Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados”. “Tráiganmelos aquí”, les dijo. Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños». Palabra del Señor
El Evangelio nos presenta a Jesús, quien decide ir a rezar al Padre en soledad después de estar mucho tiempo con la multitud que lo sigue entusiasmada y esperanzada; porque además de tener palabras de vida que llegan al corazón, ha comenzado a hacer milagros, sobre todo sanando a los enfermos y liberando a esa pobre gente tan necesitada. La multitud se da cuenta de dónde ha ido y lo sigue por otro camino hasta dar con Él. Jesús, agotado, no los trata mal ni les recrimina que no lo dejen descansar tan solo un momento, sino que se compadece, porque se da cuenta de que esas personas estaban buscando un sentido a sus vidas y no tenían a nadie que se los indicara y se hiciera cargo de sus necesidades.
Se queda predicándoles largamente y, como estando con Dios el tiempo pasa rápido, no se dan cuenta de que se estaba haciendo de noche. Por eso los discípulos le dicen: “Despide a esta multitud; se hace de noche y no tenemos para darles de comer”. Jesús les dice: “Aunque tengan unos pocos peces y panes, denles ustedes de comer”, pero los discípulos saben que para ellos eso es imposible. Jesús hizo el milagro con lo poco que había: multiplicó los panes, todos se saciaron y sobró.
Jesús se compadece; es decir, sufre con nosotros, ya sea cuando estamos enfermos, nos hemos quedado sin trabajo o cuando se nos han roto vínculos muy queridos, nos sentimos heridos, agobiados y no sabemos cómo recomponerlos. Es en esas situaciones cuando, abiertamente o desde el silencio de nuestro corazón, tal vez haciendo renacer de las cenizas una religiosidad olvidada, solemos pedirle a Dios que nos dé una mano. Para ayudarnos, Dios hace surgir “lo noble de la humanidad” en gente que está cerca, nos quiere y se convierte en instrumento suyo para darnos apoyo.
En tiempos de necesidad siempre hay personas que se ponen en el lugar del que sufre y dan algo de su tiempo, talentos y dinero para aliviar la situación. Al decirnos: “Denles ustedes de comer”, Dios nos ayuda a ayudarnos, afirmando: “Eso es lo que fundamentalmente necesita la humanidad”. Nos da lo que pedimos y nos da también otras cosas que no pedimos pero que necesitábamos: la humildad y el servicio por amor que calma y hace resurgir la esperanza en quien está sufriendo. Que Dios te bendiga, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

