“Un hombre rescató a un niño con vida y lloraba”: el dramático relato de una jubilada venezolana

“Vivimos con angustia”: el testimonio de una jubilada tras el sismo

Los recientes terremotos que sacudieron Venezuela dejaron un saldo de destrucción, cientos de muertos y miles de personas que intentan reconstruir su vida en medio del dolor y la incertidumbre. Desde Caracas, María Miguela, docente universitaria jubilada, relata cómo el sismo profundizó una crisis social y económica que ya era extrema, y cómo la solidaridad entre vecinos se convirtió en el principal sostén para seguir adelante.

La mujer, que reside en un edificio de cuatro pisos en la capital venezolana, contó que, tras el movimiento sísmico, ella y sus vecinos decidieron contratar por su cuenta a dos ingenieros para evaluar si la estructura estaba en condiciones de ser habitada. “No sabíamos si podíamos volver a entrar a nuestra casa”, recordó, todavía atravesada por el miedo a nuevas réplicas.

Los especialistas recorrieron el inmueble y determinaron que las grietas eran superficiales y que, dentro de la zona afectada, el edificio había resistido mejor que otros. Se registraron fisuras en algunos departamentos de planta baja y del primer piso, mientras que los niveles superiores no sufrieron daños graves. Sin embargo, el temor persiste: muchos edificios cercanos fueron desalojados ante el riesgo de derrumbe si vuelve a temblar.

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Jubilación mínima, hambre y un país en emergencia

La historia personal de Miguela refleja el deterioro de las condiciones de vida en Venezuela. Percibe una jubilación inferior a cuatro dólares mensuales y en los últimos años perdió 38 kilos por la imposibilidad de mantener una alimentación adecuada. El terremoto no hizo más que intensificar esa vulnerabilidad. “Lo único que le pido a Dios es que me dé fuerzas para seguir adelante”, confesó.

En este contexto, la asistencia oficial es percibida como insuficiente frente a la magnitud de la tragedia. Según el relato de la mujer, en zonas como La Guaira —uno de los puntos más castigados por el desastre— son los propios vecinos quienes organizan colectas, reparten comida y ropa, y se encargan de acompañar a quienes lo perdieron todo.

Rescate entre escombros y organización comunitaria

Entre las imágenes más impactantes que guarda en la memoria, Miguela recuerda a uno de sus vecinos, casi cincuentón, que participó de los trabajos de remoción de escombros. “Un hombre de casi 50 años lloraba como un niño porque había logrado rescatar con vida a un chico después de varias horas entre los escombros”, relató. Esa escena sintetiza el drama humano y, al mismo tiempo, la esperanza que generan los rescates.

  • Vecinos que se organizaron espontáneamente para buscar sobrevivientes y asistir a los damnificados.
  • Jóvenes que se sumaron a tareas de rescate y distribución de donaciones en barrios devastados.
  • Familias que comparten lo poco que tienen: agua, alimentos básicos, ropa y calzado.

La jubilada contó que ella misma donó zapatos nuevos y prendas que nunca había usado, para que llegaran a quienes quedaron sin nada. “Nos ayudamos entre nosotros mismos con ropa, comida y agua”, describió, subrayando que la red de contención nace de la propia comunidad.

“Necesitamos mucha oración. Es lo que nos da vida y fortaleza para poder continuar”.

Mientras continúan las tareas de búsqueda y asistencia, la población venezolana intenta recomponerse en medio de un presente marcado por la pobreza, la inestabilidad y el miedo a nuevos temblores. Entre el duelo y la reconstrucción, la solidaridad aparece como el único refugio posible frente a una tragedia que dejó huellas profundas en todo el país.

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