Alumnos de todo el mundo se preparan para honrar a la insignia nacional

NewsITe
Este miércoles, miles de chicos y chicas nacidos en el exterior que asisten a escuelas públicas de la Ciudad de Buenos Aires participarán de la tradicional Promesa a la Bandera. Para muchos de ellos, será el primer gran acto escolar en el que sellarán, de manera simbólica, el vínculo con el país que hoy los recibe, los educa y los contiene.
Entre los protagonistas hay estudiantes de Venezuela, Rusia, Brasil, Suiza y de otros puntos del mundo que encontraron en las aulas porteñas un espacio para aprender el idioma, construir amistades y tejer una nueva pertenencia. Aunque sus historias personales son distintas, todos coinciden en una idea: Argentina empezó a sentirse como una segunda casa.
Várvara Beloborodova llegó desde Rusia hace tres años y cursa cuarto grado en la Escuela N.º 2 D.E. 2 “Juan Larrea”. Con apenas 9 años, asegura que ya siente al país como propio. Recuerda que su casa en Rusia era más chica y que en el hogar que habita hoy en Buenos Aires tiene más espacio para jugar. “Siento Argentina como propia”, repite, mientras reconoce los nervios que le genera aprender la música y las palabras del acto de promesa.
En esa misma aula se mezclan acentos y costumbres. Isabelly Félix de Araujo, de Brasil, cuenta que extraña la comida de su país, aunque valora que en Buenos Aires “se come muy bien” y que incluso su familia se está preparando especialmente para la ceremonia. A su lado, Mark Avriskin, también de origen ruso, se emociona al mencionar a su abuela, con quien mantiene el contacto a través de videollamadas.
Identidad compartida y diversidad cultural en las aulas
Según datos oficiales, en la Ciudad de Buenos Aires hay 28.745 estudiantes extranjeros en los distintos niveles del sistema público: 2.190 en nivel inicial, 13.398 en primaria y 13.157 en secundaria. Este año, 9.296 alumnos y alumnas de cuarto grado harán la Promesa a la Bandera en el Teatro Colón, mientras que el resto participará de actos organizados en sus propias escuelas.
Para quienes llegaron de lejos, la ceremonia tiene un valor especial. No se trata solo de repetir un compromiso frente al pabellón nacional, sino de poner en palabras un proceso que vienen transitando a diario: aprender la historia argentina, conocer a sus próceres, apropiarse de símbolos como la bandera y, al mismo tiempo, mantener vivas las raíces y tradiciones del país de origen.
Héctor Elías Espinoza Oliva, venezolano, llegó hace seis años y hoy resume su experiencia como un camino de adaptación. “Al principio me sentí raro porque no es mi país, pero esa sensación fue pasando”, relata, y destaca el rol de la escuela como espacio de contención, acompañamiento y construcción de amistades. En su vida cotidiana conviven el asado argentino y las arepas, los recuerdos de su infancia en Venezuela y las nuevas costumbres aprendidas en Buenos Aires.
Algo similar le ocurre a Liam Lozada, también de Venezuela, que aprendió a querer dos países al mismo tiempo. Admite que extraña la comida típica, pero ya incorporó gustos muy argentinos: “Me gusta el asado y las arepas por igual”, cuenta. Esa mezcla de sabores sintetiza una experiencia extendida entre los chicos migrantes: no dejar atrás lo propio, sino sumar nuevas identidades.
La escuela como puente y la bandera como símbolo de hogar
Docentes y directivos cumplen un papel clave en este proceso. Aunque muchas veces no comparten el mismo idioma materno que sus alumnos, construyen estrategias para garantizar la comunicación y la inclusión. “Aunque no hablemos el mismo idioma, igual podemos comunicarnos. La escuela siempre me hizo sentir parte”, resume Várvara, reflejando el espíritu de convivencia que se respira en las aulas.
En esos espacios educativos también se generan puentes entre historias nacionales. Héctor, por ejemplo, recuerda haber estudiado sobre José de San Martín y Simón Bolívar, dos figuras centrales en la independencia de Sudamérica. Ese cruce de próceres le permitió percibir lazos entre la Argentina y Venezuela, y sentirse más conectado con ambas patrias.
Mientras se acerca el día de la ceremonia en el Colón, los preparativos forman parte de la rutina diaria: ensayos de canciones patrias, práctica de discursos y charlas en casa sobre el significado de la bandera. Geraldine Moreta, de Suiza, admite que escucha a diario la música del acto porque la emociona y le genera orgullo participar.
Para estos chicos y chicas, la bandera argentina es mucho más que un símbolo patrio: representa una comunidad, una escuela y un lugar al que hoy pueden llamar hogar.
La Promesa a la Bandera, en este contexto, trasciende el mero protocolo escolar. Se convierte en una oportunidad para reafirmar valores compartidos, reconocer la diversidad cultural que habita en las aulas y celebrar un proyecto de país que se nutre de nuevas experiencias sin renunciar a las raíces. En cada mano levantada, habrá una historia de migración, aprendizaje y pertenencia que se suma al entramado social argentino.

