La oscura historia de la partera alemana acusada de brujería

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En la Europa convulsionada del siglo XVI, marcada por el miedo religioso y la caza de brujas, el caso de Walpurga Hausmännin quedó grabado como uno de los episodios más estremecedores. Esta partera alemana, conocida popularmente como “la bruja de Dillingen”, fue juzgada y ejecutada tras ser acusada de brujería, vampirismo y del asesinato de más de 40 niños, en un proceso atravesado por la tortura y el fanatismo.
De Walpurga se desconoce la fecha exacta de nacimiento, aunque se estima que vino al mundo a comienzos de 1500. Durante 19 años ejerció como partera en la ciudad de Dillingen, en la actual Alemania. Su figura se transformó en objeto de sospecha en un contexto donde la Inquisición, la Iglesia y las autoridades civiles perseguían con dureza cualquier práctica considerada herética o cercana a la brujería.
Según la confesión que se le atribuye —obtenida bajo tortura, una práctica habitual en los juicios por brujería de la época—, la mujer relató que en 1556, poco después de enviudar, trabajaba en el campo y había arreglado un encuentro íntimo con un compañero. El hombre nunca llegó: en su lugar, afirmó, apareció un demonio con su apariencia, con quien mantuvo relaciones sexuales.
Al día siguiente, ese mismo demonio habría regresado. Tras un nuevo encuentro, le prometió sacarla de la pobreza a cambio de su lealtad eterna. Walpurga declaró haber sellado un contrato con Satanás y haber sido presentada ante él por ese demonio, al que llamó Federlin. En ese supuesto encuentro, dijo que bebieron vino, comieron bebés asados y mantuvo más relaciones con Federlin.
Confesiones bajo tormento y condena en la hoguera
En su testimonio, Walpurga aseguró que recibió de su amante diabólico un ungüento con el que podía dañar personas, niños, animales y cosechas. Afirmó visitar con frecuencia al Diablo, mientras Federlin la buscaba por las noches, incluso en la vía pública o en la cárcel. También señaló que el demonio desaparecía cada vez que ella pronunciaba el nombre de Jesús, un elemento que los inquisidores interpretaban como prueba de brujería.
La acusada declaró haber matado a unos 40 niños mientras ejercía como partera, ya fuera aplicándoles un ungüento “especial” o presionándoles la frente. Luego, según su versión, chupaba su sangre, lo que alimentó su fama de vampira. Sumó además el asesinato de chicos más grandes y de animales, y aseguró que se comía los cuerpos junto a otras supuestas brujas, utilizando el cabello de las víctimas en rituales de hechicería.
En un clima dominado por el terror y la superstición, estas confesiones eran vistas por las autoridades como pruebas irrefutables, pese a haber sido obtenidas bajo un sufrimiento extremo. La Iglesia, bajo la órbita del obispo de Augsburgo, y la corte imperial coincidieron en la sentencia: condena a muerte y confiscación total de sus bienes.
En 1587, Walpurga Hausmännin fue llevada por las calles de Dillingen en un recorrido público hacia el lugar de su ejecución, en un claro mensaje ejemplificador. El trayecto incluyó cinco detenciones, en cada una de las cuales fue brutalmente mutilada: primero le desgarraron el pecho izquierdo y el brazo derecho con grilletes; luego el pecho derecho; más tarde el brazo izquierdo. Cerca del sitio de la hoguera le arrancaron la mano izquierda y, ya en el lugar, le cortaron la mano derecha, con la que había jurado ejercer como partera.
El caso de Walpurga Hausmännin se inscribe en la ola de procesos por brujería que atravesó Europa entre los siglos XV y XVII, donde miles de personas —sobre todo mujeres— fueron torturadas y ejecutadas en nombre de la fe y el orden social.
Finalmente, Walpurga fue quemada viva. Tras la ejecución, las autoridades ordenaron que sus cenizas no quedaran en tierra firme: fueron recogidas y arrojadas a un arroyo, buscando borrar cualquier rastro de su existencia. Hoy su historia es revisitada por historiadores como ejemplo extremo de la violencia ejercida durante la caza de brujas y de cómo el miedo, la superstición y el abuso de poder marcaron a fuego aquella etapa oscura de la Europa moderna.

