La captura de Maduro y una esperanza que vuelve a postergarse

NewsITe
La reciente captura de Nicolás Maduro por parte de fuerzas estadounidenses desató escenas de emoción en comunidades de venezolanos repartidas por el mundo. Al igual que aquellos republicanos españoles que celebraban en Toulouse el fin del nazismo en 1945, miles de exiliados bolivarianos sintieron que el retorno a casa estaba a la vuelta de la esquina. Sin embargo, la historia y la geopolítica vuelven a mostrar que los deseos de los pueblos rara vez coinciden con las prioridades de las grandes potencias.
El paralelismo con los exiliados perseguidos por Francisco Franco no es casual. Entonces, Winston Churchill prefirió sostener al dictador español como dique frente al comunismo. Hoy, las palabras de Donald Trump y de su secretario de Estado, Marco Rubio, dejan en claro que Washington mira a Venezuela antes que nada como un tablero de control estratégico: drogas, presencia de asesores iraníes, cubanos y chinos, y flujo de petróleo hacia Estados Unidos pesan más que la reconstrucción democrática o el regreso de millones de emigrados.
En declaraciones recientes, Rubio fue categórico: Estados Unidos no necesita el petróleo venezolano para abastecerse, pero no está dispuesto a que ese recurso quede bajo influencia de potencias rivales como China o Rusia. La doctrina es conocida en la región desde hace más de un siglo: en el hemisferio occidental, la Casa Blanca aspira a tener la última palabra sobre lo que cada país hace con sus recursos naturales.
Un tablero global en llamas
El discurso de otros funcionarios norteamericanos refuerza esa visión. El asesor de Seguridad Nacional, Stephen Muller, describió sin rodeos un mundo gobernado por la fuerza, donde Washington fija los “términos y condiciones” del comercio venezolano mediante embargos y control militar. Esa lógica de superpotencia, que presenta a Venezuela como “patio trasero”, preocupa incluso a dirigentes alejados del chavismo.
Marine Le Pen, líder de la ultraderecha francesa y férrea opositora al comunismo, advirtió que, por más condenable que sea el régimen de Maduro, la soberanía de los Estados no puede ponerse en juego sin abrir la puerta a una era de servidumbre generalizada. Su alerta se suma a una escalada de declaraciones en clave bélica: desde expertos chinos que recuerdan su poderío nuclear hasta el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, que plantea abiertamente la posibilidad de una guerra en territorio europeo comparable a la de los abuelos y bisabuelos del continente.
En ese contexto, figuras como Javier Milei, la dirigente opositora venezolana María Corina Machado o los habitantes de Taiwán y Ucrania aparecen como piezas menores de una disputa que excede fronteras nacionales. Venezuela deja de ser solo una tragedia latinoamericana para convertirse en un casillero más de una pulseada global entre potencias.
La reconstrucción democrática, en segundo plano
La experiencia histórica invita a moderar las expectativas. El periodista e historiador estadounidense Stephen Kinzer, en su libro Overthrow, repasó más de un siglo de intervenciones de Washington en el derrocamiento de gobiernos, desde Hawái hasta Irak. Su conclusión es incómoda: Estados Unidos suele dedicar enormes recursos a tumbar regímenes, pero muy poco a garantizar que los nuevos gobiernos sean democráticos o atiendan las necesidades de su pueblo.
Los casos de Guatemala, Irán, Chile, Vietnam del Sur, Irak o Afganistán muestran un patrón que hoy vuelve a resonar en Caracas. Desde la capital venezolana, la académica Collette Capriles advirtió que la salida de Maduro, por sí sola, no resolverá el drama social ni desarticulará la red de lealtades privadas, corrupción y ruinas institucionales que atraviesan al país. Más que una comunidad articulada por un contrato social, describe a Venezuela como una suma de individuos atrapados en la mera supervivencia.
Que el mundo democrático celebre la caída de un dictador es lógico, sobre todo para sus víctimas directas. Pero la combinación de intereses geopolíticos, tensiones militares crecientes y antecedentes históricos poco alentadores plantea un interrogante inquietante: ¿será posible una verdadera reconstrucción democrática y social en Venezuela, o el país quedará atrapado una vez más en la lógica de la fuerza y la confrontación global?
Desde la distancia, a muchos argentinos les surge una sensación ambivalente. Por un lado, empatía con el sufrimiento venezolano; por otro, cierto alivio por mantenerse, al menos por ahora, lejos del epicentro de una escalada que amenaza con transformar cada crisis nacional en un capítulo más de una peligrosa partida mundial.

