Del mercado al helado: cuando la selva llega al pote

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En el corazón de Santarém, en el estado de Pará, una heladería artesanal se convirtió en símbolo de una nueva economía verde que emerge en Brasil. Boto Gelato da Amazônia, fundada en 2016 por el ingeniero de producción Tiago Silva, transforma sabores típicos de la región en un negocio que combina gastronomía, trabajo local y conservación ambiental.
Lejos de las recetas tradicionales europeas, la propuesta se apoya exclusivamente en ingredientes amazónicos como cupuaçu, açaí, cumarú, tapioca, cacao, jambu y castaña de Brasil. El resultado son helados de alta calidad que, además de conquistar paladares, generan ingresos para agricultores familiares, comunidades ribereñas y recolectores de la selva.
El modelo de trabajo se basa en una relación directa con los productores. Cada semana, Silva recorre las ferias de Santarém y en particular el Mercado 2000, principal centro de distribución agrícola del Bajo Amazonas. Allí compra frutas, semillas y otros insumos que luego son procesados y congelados para conservar su sabor y textura, fortaleciendo así una cadena de valor anclada en la biodiversidad.
Un emprendimiento joven que ya piensa en expansión
Boto Gelato da Amazônia cuenta hoy con tres locales, emplea a unas 15 personas y registró un crecimiento del 35% durante el último año. Con estos resultados, la empresa se prepara para dar un salto hacia el sudeste brasileño, uno de los mercados más competitivos del país, apostando a que los sabores amazónicos pueden competir de igual a igual con los productos importados.
La comparación entre el clásico pistacho y la castaña de Brasil es ilustrativa. Mientras Brasil importa prácticamente todo el pistacho que consume, la castaña es un símbolo de la Amazonia y se produce en volúmenes significativos: los estados de Acre, Amazonas y Pará concentran cerca del 80% de la producción nacional, con más de 30.000 toneladas recolectadas por año.
Para Silva, la clave del éxito está en el carácter artesanal del producto: el gelato permite trabajar con materias primas frescas, respetando sus tiempos y propiedades, lo que se traduce en mayor cremosidad e intensidad de sabor. A eso se suma una política de compras sostenida en relaciones de confianza con los mismos proveedores, una forma de garantizar calidad y estabilidad de ingresos para pequeños productores.
Gastronomía, identidad cultural y conservación
El proyecto no se limita a vender helado. Desde el nombre mismo, inspirado en el boto —el delfín rosado de agua dulce, uno de los emblemas de la región—, la heladería busca difundir la cultura amazónica. Varios de sus sabores rinden homenaje a tradiciones locales como el carimbó o el festival de Sairé, integrando historia, mitos y celebraciones populares en cada pote.
“Nuestro sueño es llevar los sabores de la Amazonia al mundo. Cada producto cuenta una historia y ayuda a que las personas comprendan la importancia de conservar la selva y valorar a quienes viven de ella”, resume el emprendedor, cuyo testimonio fue recogido por la agencia Xinhua y difundido por Noticias Argentinas.
La experiencia de Santarém muestra que es posible transformar materias primas en productos de alto valor agregado, generando empleo y, al mismo tiempo, reforzando el mensaje de que el bosque en pie puede ser más valioso que talado.
Esta iniciativa se inscribe en una tendencia más amplia: la bioeconomía como estrategia para articular desarrollo, innovación y protección ambiental. En lugar de limitarse a exportar recursos sin procesar, cada vez más proyectos en Brasil apuntan a elaborar localmente alimentos, cosméticos, medicamentos y otros bienes basados en su enorme biodiversidad.
Con la Amazonia en el centro del debate global sobre cambio climático, experiencias como Boto Gelato da Amazônia ofrecen una hoja de ruta: mostrar que el consumo responsable de productos regionales puede generar oportunidades para miles de familias, fortalecer cadenas productivas y proyectar al mundo la riqueza natural y cultural de la selva brasileña.

