La evidencia científica demuestra que los hábitos de vida saludables previenen la aparición de ciertas patologías, pero una porción significativa de la población carece de condiciones para adoptarlos.

Los datos son contundentes. Desde hace más de una década, cuatro de las cinco principales causas de muerte en América Latina corresponden a enfermedades crónicas no transmisibles. Hablamos de enfermedades isquémicas del corazón, accidentes cerebrovasculares, diabetes y enfermedades renales.
La lista, según los datos más recientes de la Organización Panamericana de la Salud –que corresponden a estimaciones de 2024 con información de 2021–, la completan el covid-19 (coyuntural por la pandemia), las infecciones respiratorias y la violencia interpersonal, que merece un capítulo aparte.
Si se considera al continente en su conjunto, las tendencias no se modifican demasiado. Se añaden la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, así como el Alzheimer y otros tipos de demencia.
“Las primeras 15 causas más frecuentes […] también están dominadas por las enfermedades no transmisibles (ENT). 12 ENT, una enfermedad transmisible, y dos lesiones constituyeron las 15 causas principales de muerte”, apunta el organismo.
El panorama es claro: las enfermedades no transmisibles dominan las principales causas de muerte en la región latinoamericana.
“Todos sabemos que en estas enfermedades estaban, hace mucho tiempo –ya no–, asociadas a las personas de avanzada edad, por el desgaste físico y, digamos, las condiciones de desarrollo corporal que van cambiando a lo largo de la vida […]. Actualmente, eso se ha ido acortando y ya el promedio de edad para el desarrollo de estas enfermedades ha bajado a personas de 40 y hasta 30 años, que es lo más preocupante: unas enfermedades que se presentaban antes después de los 70 años, ya hoy en día se ven a partir de los 30, 40 años”, explica el antropólogo Armando Rodríguez, quien es profesor de la Universidad Central de Venezuela y tiene cerca de dos décadas participando en investigaciones sobre estilo de vida y salud.
También es conocido que los factores de riesgo para desarrollar esta clase de afecciones en la vida adulta están directamente relacionadas con el estilo de vida contemporáneo. Así, comportamientos como el sedentarismo, la alimentación deficiente, el estrés, la falta de descanso, el abuso de sustancias y la sobrecarga laboral, constituyen un cóctel peligroso que se incuba durante años y estalla cada vez más pronto.
El resultado de esta mezcla mortal son poblaciones crónicamente enfermas en etapas cada vez más tempranas de la vida, años de vida perdidos por muerte o incapacidad y sobrecargas de los sistemas sanitarios, por citar solo tres aspectos muy diferentes y de amplio alcance, que demuestran que no se trata de un problema individual sino de un asunto acuciante de salud pública, que amerita de intervenciones prontas y eficaces.
Somos lo que comemos
Al hablar de estilos de vida, el experto pone el acento en una práctica humana fundamental: la ingesta de alimentos. Si bien es necesario procurárselos para no morir de inanición, no todo alimento es igualmente nutritivo y apropiado para el consumo recurrente.
Esto explica, por un lado, la multitud de investigaciones que avalan los efectos negativos de la llamada comida chatarra sobre la salud física, al ser responsables o coadyuvantes de la aparición de factores de riesgo para las enfermedades crónicas no transmisibles como la obesidad, la hipertensión arterial o el alza de los niveles lipídicos en la sangre y, por otro, de las respuestas que están ofreciendo diversos países latinoamericanos para impulsar patrones de consumo de alimentos más saludables.
“La alimentación juega un papel fundamental en todo este contexto y las políticas, tanto públicas como institucionales de nivel privado y educativo, se han orientado y se han enfocado fundamentalmente o se están enfocando en mejorar o en tratar de mejorar las condiciones de alimentación, tratando de modificar los estilos de vida hacia unos patrones más saludables”, apunta el especialista.
Desde hace varios años, en muchos países latinoamericanos se ha vuelto obligatorio el etiquetado de advertencia en alimentos ultraprocesados que contienen niveles elevados de sodio, grasas, azúcares y otras sustancias cuyo consumo exagerado es nocivo para la salud, a lo que se suman políticas públicas destinadas a desestimular su consumo desde la infancia.
México, por ejemplo, implementó un plan para prohibir la venta de comida chatarra en las escuelas, mientras que Colombia ha abogado por la aplicación de una tasa impositiva mayor a los alimentos no saludables, en aras de promocionar la ingesta de aquellos que sí lo son.
Estas ideas, aunque necesarias, resultan sin embargo insuficientes. De un lado, aunque es pertinente inculcarle a los niños y adolescentes una cultura alimentaria más saludable, el esfuerzo no se extiende a las poblaciones de riesgo o directamente enfermas; de otro, está el acceso a los alimentos.
Según un reciente informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la región latinoamericana y caribeña exhibe promedios más altos con respecto al resto del mundo en lo que corresponde a la “prevalencia de inseguridad alimentaria moderada o grave, de sobrepeso en niños y niñas menores de cinco años y de obesidad en adultos”, a lo que se añade que “tiene la dieta saludable más costosa”, en comparación con otras zonas del planeta.
“Es muy difícil que uno pueda cambiar una alimentación saludable si no tiene las condiciones económicas, si no tiene el acceso a los alimentos, si los alimentos no están disponibles en el contexto”, corrobora Rodríguez.

