Opinión: cuando la consigna reemplaza a la lectura

Coherencia militante en tiempos de consignas vacías

Manifestantes frente al Congreso en una jornada de protesta

NewsITe

En la Argentina de las marchas permanentes y los debates urgentes, se consolida una escena recurrente: manifestaciones en defensa de “los derechos” donde, paradójicamente, muy pocos conocen con precisión qué se está discutiendo. La consigna llega antes que la lectura, la épica antes que el análisis y el grito antes que el argumento.

En los últimos días, nuevas protestas frente al Congreso volvieron a exhibir ese fenómeno. Consultados sobre los motivos de la movilización, muchos manifestantes se limitaron a respuestas generales, casi automáticas: “esto es un desastre”, “afecta todos los derechos”, sin poder precisar artículos, disposiciones ni alcances concretos de la normativa cuestionada. La lectura del texto legal parece un detalle secundario frente a la urgencia de la foto y el trending topic.

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Este estilo de participación política tiene consecuencias profundas. Dirigentes que leen en diagonal, militantes que repiten consignas sin contexto y organizaciones que denuncian capítulos que jamás revisaron terminan construyendo un clima donde la información comprobable importa menos que la emoción. En ese marco, la ignorancia no se vive como una carencia, sino casi como un certificado de pureza ideológica: cuanto menos se duda, más fuerte se grita.

Cuando la discusión pública se sostiene sobre afirmaciones no verificadas, la escalada es previsible. Primero llega la consigna simplificada, luego la descalificación al que pregunta y, finalmente, la violencia como forma de “argumento” final. La destrucción del espacio público y los incidentes en las inmediaciones del Congreso suelen justificarse como expresiones espontáneas, aun cuando responden a grupos minoritarios que encuentran en el caos una plataforma política.

El rol de los medios y los gestos performáticos

En este escenario, los medios y las figuras públicas también contribuyen a la sobreactuación. El caso de la periodista Nancy Pazos, que se encadenó y amordazó frente al Congreso en una performance que mezcló teatralidad y militancia, dejó una postal elocuente de la época: el gesto espectacular por encima del contenido, la imagen por encima del argumento.

Más allá de su derecho a expresarse —que debe ser preservado incluso cuando el resultado bordea el papelón—, el episodio funciona como metáfora de cierta cultura política: se dramatiza la censura aun cuando no hay silencio impuesto, se actúa la represión aun cuando lo que abunda es el micrófono abierto. El riesgo es que la sobreactuación termine vaciando de sentido las verdaderas denuncias cuando estas sí resulten necesarias.

En paralelo, persiste una contradicción histórica del país: la existencia de sindicalistas con alto poder económico que dicen representar a trabajadores empobrecidos, muchas veces sin rendición de cuentas ni debate interno. Esa asimetría alimenta el descreimiento social y, al mismo tiempo, sostiene estructuras que se benefician del conflicto permanente.

Una cultura política que premia el grito

El cuadro de situación remite a una cultura política en la que la lectura se percibe como un obstáculo, la duda como una amenaza y el pensamiento crítico como una traición al propio bando. Si se lee, se duda; si se duda, se piensa; y si se piensa, el grito pierde fuerza. Por eso, muchas veces se elige el camino inverso: se grita primero y se evita cualquier dato que pueda complejizar el relato.

La consigna que sobrevuela muchas de estas escenas podría formularse con brutal honestidad: “No sabemos de qué se trata, pero estamos furiosos”. El desafío, para la dirigencia, la militancia y la ciudadanía, es revertir esa lógica y recuperar un debate público donde la información, la lectura y la responsabilidad tengan más peso que la consigna fácil y la foto de ocasión.

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