El origen del sueño mundialista de Bilardo y Maradona

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A comienzos de 1986, mientras el país aún discutía si la Selección estaba preparada para el Mundial, Carlos Salvador Bilardo y Diego Armando Maradona ya compartían una misma convicción: Argentina podía ser campeona en México. Atrás habían quedado unas Eliminatorias sufridas hasta el extremo, con el recordado gol agónico de Ricardo Gareca a Perú y un clima hostil hacia el cuerpo técnico. En ese contexto de críticas feroces y dudas generalizadas, nació uno de los capítulos más increíbles de la historia albiceleste: el operativo Tilcara.
El 6 de enero de 1986, una delegación de 14 futbolistas partió desde Aeroparque rumbo a Tilcara, en Jujuy, para iniciar una preparación especial en altura y calor similares a los que luego encontrarían en México. Luis Islas, Néstor Clausen, José Luis Brown, Oscar Ruggeri, José Luis Cuciuffo, Oscar Garré, Sergio Batista, Ricardo Giusti, Ricardo Bochini, Carlos Tapia, Claudio Borghi, Sergio Almirón, Oscar Dertycia y Jorge Comas fueron los elegidos para esa primera etapa, en condiciones que hoy parecen impensadas para jugadores de elite.
Tilcara ofrecía un paisaje encantador pero una infraestructura mínima. El plantel se alojó en un hotel sencillo, sin lujos, y en un pueblo prácticamente desconectado: apenas 29 teléfonos que dejaban de funcionar a las 21. Bilardo aprovechó esa desconexión para aislarse del ruido mediático y concentrarse en lo esencial: el trabajo. Las jornadas eran agotadoras, con tres turnos diarios bajo temperaturas que llegaban a los 40 grados.
Sergio “Checho” Batista recordaría años después que los entrenamientos se hacían sobre terrenos de tierra y piedras, donde encontrar un poco de pasto era casi una rareza. Hubo incluso partidos de práctica al mediodía ante combinados locales, en canchas como la de Estudiantes de Humahuaca, donde el piso irregular ponía a prueba la técnica y la resistencia de los futbolistas. Sin embargo, el balance fue positivo: dos goleadas (5-0 y 5-1) y la certeza de que el equipo podía sostener un ritmo intenso en altura.
Entre leyendas, promesas y una fe inquebrantable
El operativo Tilcara también dejó anécdotas que alimentan el mito. Bilardo, siempre obsesivo pero también dueño de un particular sentido del humor, llegó a disfrazarse de mujer colla para controlar de incógnito una fiesta con turistas en la que habían sido autorizados a participar los jugadores. Solo cuando se acercó a Oscar Ruggeri y lo asustó reveló su identidad, y hasta les permitió extender el permiso hasta las tres de la mañana.
Con el paso de los años, la estadía en Tilcara se rodeó de una famosa versión: la supuesta promesa de los jugadores a la Virgen de Copacabana de Punta Corral para ganar el Mundial y volver luego en señal de agradecimiento. Los lugareños sostienen que hubo un pedido especial a la patrona, mientras que varios protagonistas, incluido Bilardo, lo desmintieron. Más allá de la controversia, algunos futbolistas regresaron tiempo después, reforzando el carácter casi sagrado que la historia adquirió en el imaginario popular.
En paralelo, puertas afuera continuaban las críticas. Desde el menottismo, voces como César Luis Menotti, Claudio Marangoni o Nito Veiga cuestionaban el juego del equipo y la conducción de Bilardo. Se discutían nombres, esquemas y hasta la conveniencia de pensar tanto en los rivales. Frente a ese escenario, Maradona salió al cruce con dureza, defendiendo al técnico y al grupo, y reclamando respeto por la Selección. Aquel respaldo público sería un punto clave en la consolidación del liderazgo de Diego.
Mientras enero de 1986 se despedía, la Selección seguía siendo un equipo criticado pero cada vez más convencido puertas adentro. El preparador físico Ricardo Echavarría y el médico especialista en alto rendimiento Bernardo Lozada insistían en que Tilcara era, sobre todo, una experiencia de adaptación psicológica: vencer el temor a la altura y a las condiciones extremas. Lo físico se perdería al bajar al llano, pero la fortaleza mental quedaría.
En una entrevista con la revista “Sólo Fútbol”, Diego lanzó una frase que con el tiempo parecería profética: “No tengo dudas que el de México será el Mundial de Argentina y el de Maradona”. Aquella sentencia, sumada a la convicción inquebrantable de Bilardo —que ya había prometido públicamente que su equipo estaría “arriba” en el Mundial— terminaría por sellar el espíritu de una gesta que empezó, silenciosa y sacrificada, en las alturas de Tilcara y culminó seis meses después con la Copa del Mundo en manos del capitán en el estadio Azteca.

