Las temperaturas extremas, cada vez más frecuentes e intensas, representan una amenaza sanitaria subestimada que impacta en la salud, el funcionamiento de las ciudades y la vida cotidiana, con mayor riesgo para los sectores más vulnerables.

Las olas de calor son cada vez más frecuentes, intensas y prolongadas, y ya no constituyen un fenómeno excepcional. Forman parte de una tendencia sostenida asociada al cambio climático y representan un desafío creciente para la salud pública, los servicios esenciales y la vida cotidiana en las ciudades. El calor extremo dejó de ser un episodio aislado del verano para convertirse en un riesgo estructural que impacta sobre millones de personas.
A diferencia de otros eventos climáticos extremos, sus consecuencias no siempre resultan visibles de inmediato. No dejan huellas materiales evidentes, pero incrementan la mortalidad, reducen la capacidad física y laboral, afectan el rendimiento cognitivo y profundizan desigualdades sociales y sanitarias. Comprender sus efectos y actuar de manera preventiva resulta clave para reducir daños, especialmente entre los sectores más expuestos.
Riesgos sanitarios del calor extremo y su impacto en la población
El calor extremo constituye uno de los riesgos sanitarios más subestimados a nivel global. La Organización Meteorológica Mundial lo identifica como el fenómeno climático más letal, con más de 546.000 muertes por año. Desde la década de 1990, la mortalidad asociada a olas de calor aumentó un 23 %, lo que llevó a muchos especialistas a definirlo como un “asesino silencioso”.
En Argentina, la tendencia resulta clara. Desde 1960, las olas de calor se volvieron más frecuentes en distintas regiones del país. En la Ciudad de Buenos Aires, 19 de los últimos 20 veranos registraron al menos una ola de calor. En la ciudad de Mendoza, los días bajo estas condiciones se triplicaron en la última década en comparación con el período 2000-2010, según explicó Matilde Rusticucci.
El impacto del calor no se distribuye de manera homogénea. Las personas mayores, quienes padecen enfermedades crónicas, las personas con discapacidad o electrodependientes, las gestantes y lactantes, los niños y niñas pequeños, las personas en situación de calle y quienes trabajan al aire libre o realizan actividad física intensa enfrentan mayores riesgos. A ello se suman quienes viven en viviendas muy calurosas, sin acceso adecuado a agua segura o con infraestructura deficiente.

Francisco Chesini advirtió que, en las cinco ciudades más pobladas del país (Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Mendoza y San Miguel de Tucumán), la población enfrenta entre un 8 % y un 25 % más de riesgo de morir durante una ola de calor. Además, existen efectos menos visibles, como infertilidad masculina, partos prematuros, bajo peso al nacer y desnutrición infantil, que también se asocian a la exposición sostenida a temperaturas extremas.
Síntomas del calor en la salud: señales leves, moderadas y graves
Los efectos del calor extremo sobre la salud se manifiestan a través de distintos síntomas, cuya identificación temprana resulta fundamental para evitar complicaciones. Las señales leves incluyen dolor de cabeza, mareos, sed intensa, baja presión, debilidad, náuseas o vómitos. En esta etapa, la hidratación adecuada y el descanso en ambientes frescos suelen ser suficientes para revertir el cuadro.
Las señales moderadas pueden presentarse con calambres musculares, sarpullido, hinchazón de piernas o tobillos y sensación de agotamiento persistente. En estos casos, se recomienda interrumpir la actividad, refrescar el cuerpo, aumentar la ingesta de líquidos y buscar un lugar ventilado o climatizado.

Las señales graves constituyen una emergencia médica. Incluyen piel muy caliente y seca, temperatura corporal superior a 40 grados, somnolencia inusual, confusión, desorientación o pérdida de conciencia, además de taquicardia o respiración muy rápida. Frente a estos síntomas, resulta imprescindible solicitar atención médica inmediata, ya que el golpe de calor puede resultar fatal si no se actúa con rapidez.
La prevención cumple un rol central. Organismos de salud remarcan que medidas simples, como una correcta hidratación y el acceso a ambientes frescos, reducen de manera significativa el riesgo de hospitalización, especialmente en personas mayores.
Cómo mantener la casa fresca durante el calor extremo
El hogar cumple un papel clave como espacio de protección frente al calor. Mantener la vivienda fresca puede marcar la diferencia, sobre todo en contextos de altas temperaturas prolongadas. La ventilación inteligente resulta una de las principales estrategias: se recomienda ventilar durante la noche o a primera hora de la mañana, cuando la temperatura exterior es más baja, y mantener ventanas, cortinas y persianas cerradas durante las horas de mayor calor.

El uso de cortinas claras o blackout ayuda a reducir la entrada de radiación solar. Los ventiladores permiten mover el aire cuando el ambiente no presenta alta humedad, mientras que el aire acondicionado debe utilizarse de manera eficiente, con una temperatura recomendada de 24 grados y filtros limpios para optimizar su funcionamiento.
Reducir el calor exterior también contribuye al confort térmico. Pintar techos con colores claros o reflectivos, instalar toldos o parasoles en ventanas y balcones, y sumar plantas, árboles o enredaderas que generen sombra son medidas efectivas. Sellar filtraciones de aire en puertas y ventanas mejora el aislamiento y evita que el calor ingrese al interior.
Cómo cuidarse durante una ola de calor y prepararse con anticipación
El cuidado personal durante una ola de calor se basa en hábitos simples y sostenidos. La hidratación resulta central: se recomienda tomar agua de manera frecuente, incluso sin sensación de sed, y evitar el consumo de alcohol, cafeína y bebidas muy azucaradas. Mantener baja la temperatura corporal mediante duchas frescas o mojando brazos, cara y cuello también ayuda a prevenir complicaciones.
Usar ropa liviana, amplia y de colores claros, descansar en lugares frescos y ventilados y evitar la exposición directa al sol o la actividad física intensa entre las 10 y las 16 horas forman parte de las principales recomendaciones. Al salir, se aconseja buscar sombra, utilizar gorra o sombrero, aplicar protector solar y llevar siempre agua segura.

La preparación previa resulta igualmente importante. Organizar cuidados personales, asegurar la disponibilidad de agua potable y alimentos frescos, revisar medicamentos habituales y armar un “kit de calor” con botella de agua, ropa liviana, gorra, protector solar y elementos para refrescarse permite reducir riesgos. También se recomienda anticipar posibles cortes de luz o agua, cargando baterías, disponiendo de linternas y garantizando contactos de emergencia, especialmente si hay personas electrodependientes en el hogar.
Activar redes de cuidado completa el enfoque preventivo. Mantener contacto diario con personas mayores, identificar espacios frescos cercanos, como centros comunitarios, bibliotecas o casas de familiares, y acompañar a quienes presentan mayor vulnerabilidad fortalece la respuesta comunitaria frente al calor extremo.

Poblaciones más afectadas y la necesidad de políticas preventivas
El calor no afecta a todas las personas por igual. Las infancias, las personas mayores, quienes padecen enfermedades crónicas, las personas con discapacidad, las gestantes y lactantes, quienes viven en situación de calle y quienes trabajan al aire libre enfrentan riesgos significativamente mayores. Las desigualdades sociales y habitacionales amplifican estos efectos, especialmente en barrios con escasa infraestructura y acceso limitado a servicios básicos.
Frente a este escenario, especialistas coinciden en la necesidad de planes de acción claros y actualizados. Sistemas de alerta temprana comprensibles para la población, protocolos específicos para hospitales, escuelas y hogares de personas mayores, y una coordinación eficaz ante emergencias resultan fundamentales. Según la Organización Panamericana de la Salud, las ciudades que cuentan con estos mecanismos logran reducir hasta un 50 % la mortalidad asociada a las olas de calor.
El calor extremo constituye un riesgo previsible y, por lo tanto, prevenible. Informar con claridad, anticiparse y promover cuidados individuales y colectivos se vuelve indispensable para enfrentar un fenómeno que ya forma parte de la nueva normalidad climática.

