Durante décadas, el Índice de Masa Corporal (IMC) fue el principal parámetro utilizado para definir el sobrepeso y la obesidad. Sin embargo, expertos proponen incorporar la cantidad y distribución de la grasa corporal y, especialmente, sus consecuencias sobre la salud.

¿Dos personas que tienen el mismo peso y la misma altura tienen necesariamente la misma cantidad de grasa corporal y el mismo riesgo para su salud? ¿Y una persona que no alcanza el valor tradicional utilizado para diagnosticar obesidad puede, sin embargo, presentar un exceso de grasa abdominal y complicaciones asociadas? Estas preguntas forman parte de uno de los debates actuales en nutrición. Durante décadas, el diagnóstico se apoyó principalmente en el Índice de Masa Corporal (IMC), pero el avance del conocimiento sobre la composición corporal y el tejido adiposo llevó a distintos grupos científicos a proponer criterios que buscan ir más allá de ese número.
El tema tuvo un lugar destacado en las XVII Jornadas Argentinas de Nutrición y V Jornadas de Obesidad, organizadas por la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN), que se desarrollan del 2 al 4 de septiembre en Buenos Aires. El simposio inaugural, “Definición de obesidad: una deuda pendiente”, estuvo a cargo de la doctora Marianela Ackermann, con la coordinación de la doctora Virginia Busnelli.
“Estamos atravesando un momento de enorme transformación en el conocimiento sobre obesidad. Los parámetros tradicionales continúan siendo útiles, pero hoy sabemos que una enfermedad tan compleja no siempre puede quedar definida por un único número. El desafío es integrar distintas herramientas para conocer cuánto tejido adiposo presenta una persona, dónde está localizado y qué impacto está teniendo sobre su salud”, afirmó Busnelli, médica especialista en Nutrición,
Criterio “insuficiente”…
El IMC relaciona el peso de una persona con su altura. En adultos, entre 18,5 y 24,9 se considera dentro del rango saludable; entre 25 y 29,9 corresponde a sobrepeso y a partir de 30, a obesidad. Su principal limitación es que no mide directamente la grasa corporal, no muestra dónde está localizada ni qué consecuencias produce sobre la salud.
Así, dos personas con el mismo IMC pueden presentar cantidades y distribuciones de grasa diferentes, mientras que alguien con un IMC inferior a 30 puede tener una importante acumulación de grasa abdominal. Una revisión sistemática citada en el simposio mostró que el IMC ≥30 kg/m² tiene una sensibilidad de solo ~50% para detectar exceso de adiposidad corporal.
…y los nuevos criterios
Por eso, el IMC debería complementarse con otras medidas de adiposidad. Una de las más simples es el perímetro de cintura, que permite aproximarse a la adiposidad abdominal y al riesgo cardiometabólico. En poblaciones europeas, una cintura de 94 centímetros o más en hombres y de 80 centímetros o más en mujeres se asocia con un aumento del riesgo, mientras que valores de 102 centímetros o más en hombres y de 88 centímetros o más en mujeres indican un riesgo sustancialmente mayor.
Otra medida es la relación cintura-cadera, que evalúa la distribución de la grasa corporal. Se considera elevada a partir de 0,90 en hombres y 0,85 en mujeres; por encima de estos valores aumenta el riesgo asociado a adiposidad abdominal. La OMS utiliza esos umbrales como referencia para riesgo metabólico aumentado.
Por último, está el índice de la cintura-talla, que relaciona la cintura con la altura y tiene una regla práctica sencilla: la cintura debería medir menos de la mitad de la altura. Una relación entre 0,40 y 0,49 corresponde a adiposidad central saludable; entre 0,50 y 0,59, a adiposidad central aumentada; y a partir de 0,60, a adiposidad central alta.
El modelo de The Lancet
En 2025, una Comisión de 58 expertos en The Lancet Diabetes & Endocrinology propuso utilizar el IMC como herramienta de tamizaje y confirmar el exceso de grasa mediante mediciones de la composición corporal o combinándolo con otra medida antropométrica, como cintura, relación cintura-cadera o cintura-talla.
Una vez confirmado el exceso de adiposidad, The Lancet propone evaluar su impacto sobre la salud y diferencia entre “obesidad clínica” y “obesidad preclínica”. La primera corresponde a personas en las que el exceso de grasa ya provoca alteraciones en órganos o tejidos, síntomas o limitaciones significativas para la vida cotidiana. La segunda comprende a quienes presentan exceso de adiposidad pero aún conservan la función de órganos y tejidos, aunque pueden tener mayor riesgo de desarrollar enfermedades en el futuro.
“Esta discusión muestra por qué definir correctamente una enfermedad no es una cuestión meramente académica: la forma en que diagnosticamos determina a quiénes identificamos, cómo estimamos su riesgo y qué estrategias de tratamiento podemos ofrecer. El IMC, por sí solo, no refleja adecuadamente el exceso de adiposidad ni su distribución. Una persona puede no alcanzar el punto de corte tradicional de obesidad y, sin embargo, presentar exceso de grasa corporal —especialmente a nivel abdominal— y alteraciones metabólicas o funcionales que requieren evaluación y tratamiento”, desarrolló la doctora Ackermann, médica especialista en Medicina Interna y Nutrición y vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Nutrición.
El modelo de EASO
La Asociación Europea para el Estudio de la Obesidad (EASO) desarrolló en 2024 otro modelo. Coincide en que el IMC por sí solo no alcanza, pero otorga especial importancia a la relación cintura-talla. Para adultos de ascendencia europea, recomienda medir la cintura cuando el IMC es inferior a 35 y prestar particular atención a quienes presentan un IMC igual o superior a 25 y una relación cintura-talla mayor de 0,5.
Si una persona tiene un IMC entre 25 y 30, una relación cintura-talla superior a 0,5 y alteraciones médicas, funcionales o psicológicas vinculadas con la adiposidad, EASO propone incluirla dentro del diagnóstico de obesidad aun sin alcanzar un IMC de 30.
La diferencia con The Lancet no es solo terminológica. EASO considera la obesidad una enfermedad crónica basada en la adiposidad y expresó preocupación porque distinguir entre obesidad clínica y preclínica pudiera demorar intervenciones en personas con exceso de adiposidad y riesgo aumentado. El debate de fondo es si la obesidad debe considerarse enfermedad desde que existe exceso de tejido adiposo con potencial de afectar la salud o si corresponde diferenciar a quienes ya presentan consecuencias clínicas.
El modelo de AACE
La American Association of Clinical Endocrinology (AACE) aporta una tercera perspectiva. Desde 2017 impulsa el concepto de “enfermedad crónica basada en la adiposidad” y su algoritmo actualizado en 2025 profundiza un enfoque centrado en las complicaciones.
Para AACE no alcanza con determinar si existe obesidad: también hay que establecer su severidad. Alteraciones de la glucemia, hipertensión, apnea obstructiva del sueño y enfermedades hepáticas, cardiovasculares, renales o articulares, entre otras, contribuyen a determinar el estadio y orientar la intensidad del tratamiento.
Mirar a la persona y no solo a la balanza
“Lo más valioso de este debate es que obliga a mirar a la persona y no solamente a la balanza. El IMC no desaparece ni deja de ser útil; lo que cambia es la idea de que pueda responder por sí solo todas las preguntas. Necesitamos saber cómo está distribuida la grasa, qué factores de riesgo existen y si hay órganos afectados para decidir una estrategia terapéutica realmente individualizada”, agregó Busnelli.
Cambiar los criterios puede modificar cuántas personas reciben un diagnóstico de obesidad y quiénes son candidatas a determinados tratamientos. Un estudio realizado en 44.030 adultos, citado durante las Jornadas, mostró que el nuevo criterio de EASO reclasificó como personas con obesidad al 18,8% de quienes, según el IMC, se encontraban en la categoría de sobrepeso. Entre estas personas era muy elevada la frecuencia de comorbilidades: casi 80% tenía hipertensión, un tercio artritis, 15,6% diabetes y 10,5% enfermedad cardiovascular.
Qué significa diagnosticar bien la obesidad
Trasladar los nuevos modelos al consultorio también plantea desafíos: medir correctamente la cintura requiere estandarización, evaluar la composición corporal mediante bioimpedancia o DEXA demanda equipamiento y estudiar las complicaciones requiere tiempo y capacitación. El objetivo será alcanzar mayor precisión sin transformar el diagnóstico en un procedimiento inaccesible.
“Estamos ante una oportunidad para discutir qué significa realmente diagnosticar bien la obesidad. No se trata de reemplazar apresuradamente un número por otro, sino de comprender qué información aporta cada herramienta y cómo integrarla con la evaluación clínica. Ese intercambio entre diferentes perspectivas es precisamente uno de los objetivos de las Jornadas: revisar la evidencia y traducirla en mejores decisiones para nuestros pacientes”, concluyó la doctora Ackermann.

