Una relación económica que resiste peleas y cambios de gobierno

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Ni los cruces públicos entre Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva, ni la campaña electoral en Brasil, ni las diferencias ideológicas que separan a los gobiernos de turno alcanzan para frenar el corazón del vínculo entre Argentina y Brasil: el comercio. La relación económica bilateral parece moverse por carriles propios, con una lógica donde los negocios se imponen por encima de las tensiones políticas.
En 2025, el intercambio comercial entre ambos países alcanzó los 29.000 millones de dólares, lejos aún del récord de 40.000 millones de 2011, pero en un contexto de fuerte enfrentamiento político. Brasil se mantiene como principal socio comercial de Argentina: ese año las exportaciones argentinas al vecino país sumaron 11.757 millones de dólares, mientras que las importaciones treparon a 17.286 millones, lo que dejó un déficit de 5.529 millones.
Durante los primeros ocho meses de 2026, la balanza comenzó a mostrar señales de recomposición. El rojo argentino se redujo a 1.635 millones de dólares frente a los más de 4.100 millones del mismo período de 2025. De acuerdo con la Cámara de Comercio, Industria y Servicios Argentino Brasileña (CAMBRAS), en agosto de 2026 las exportaciones argentinas hacia Brasil crecieron cerca de 7% interanual, mientras que las importaciones desde el gigante sudamericano cayeron alrededor de 10%.
Un socio clave para la Argentina, no tanto para Brasil
Los números muestran la asimetría estructural entre ambas economías. Para Argentina, Brasil es su principal destino de exportaciones y un proveedor central de bienes industriales. En el primer semestre de 2026, el 13% de las ventas externas argentinas tuvieron como destino Brasil y el 22% de las importaciones llegaron de ese país.
Para Brasil, en cambio, el orden de prioridades es distinto. Su principal socio comercial es China, seguido por Estados Unidos y recién luego Argentina. Hacia el gigante asiático dirige cerca del 27% de sus exportaciones, sobre todo soja, mineral de hierro y petróleo crudo. Hacia Estados Unidos vende combustibles, productos semielaborados e insumos aeronáuticos. Argentina ocupa un lugar relevante en América Latina y dentro del Mercosur, pero no lidera el ranking global, como sí ocurre a la inversa.
Esa disparidad alimenta una metáfora ya clásica entre economistas y diplomáticos: cuando “Brasil estornuda, Argentina se resfría”. Es decir, los ciclos económicos del vecino país tienden a impactar con fuerza de este lado de la frontera, mientras que los problemas argentinos suelen tener un efecto mucho más acotado en la economía brasileña.
Del conflicto histórico al Mercosur: una integración trabajada
La actual trama de interdependencia económica no nació de un día para el otro. Durante décadas, Argentina y Brasil alimentaron hipótesis de conflicto geopolítico, económico e incluso nuclear, especialmente bajo dictaduras militares. El giro se dio a mediados de los años ochenta, cuando Raúl Alfonsín y José Sarney firmaron la Declaración de Iguazú, el 30 de noviembre de 1985, considerada el punto de partida del actual esquema de cooperación.
Esa base se reforzó en 1986 con el Programa de Integración y Cooperación Económica (PICE), que abrió el camino a acuerdos sectoriales en energía, transporte, trigo y bienes de capital. El proceso culminó, ya en 1991, con el Tratado de Asunción que dio nacimiento formal al Mercosur, junto con Uruguay y Paraguay. Desde entonces, el comercio bilateral pasó de unos 6.000 millones de dólares en 1993 a rozar los 30.000 millones tres décadas después.
El récord de 40.000 millones de dólares se alcanzó en 2011, durante los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner y Dilma Rousseff. Aunque esa etapa coincidió con afinidades ideológicas, especialistas destacan que el crecimiento del intercambio se mantuvo también en contextos de gobiernos de signo opuesto. Las caídas, remarcan, respondieron más a crisis internas en cada país que a cambios políticos o diplomáticos.
Expertos: negocios por encima de la grieta ideológica
José Gustavo Pérego, director de la consultora ABECEB y especialista en relaciones internacionales, sostiene que la relación comercial “está mucho más allá de las relaciones cruzadas en términos políticos”. Desde la década de 1990 hasta hoy, explica, el vínculo de negocios se mantuvo, con oscilaciones, por delante de las disputas coyunturales.
Uno de los pilares de esa interdependencia es el acuerdo automotor conocido como AC 14, que otorga un marco de protección arancelaria al sector y regula el comercio de vehículos y autopartes. “Cuando el sector automotriz tracciona, aumenta el intercambio; cuando se frena, el comercio cae”, resume Pérego, para graficar el peso estructural de esta industria en la balanza bilateral.
El especialista también relativiza la idea de que los alineamientos ideológicos siempre impulsan mejores resultados económicos. Recuerda que, durante la primera década del siglo, tanto Argentina como Brasil crecieron con fuerza, pero motorizados por factores globales como el boom de los commodities y no sólo por la sintonía política entre el kirchnerismo y el lulismo. Cuando esos precios se desplomaron, ambos países enfrentaron dificultades simultáneas.
Milei, Lula y el futuro tras el balotaje brasileño
En este contexto, Brasil se encamina a un balotaje que definirá si Lula da Silva continúa en el poder o si Flávio Bolsonaro, hoy favorito en las encuestas, llega al Palacio de Planalto a partir del 1° de enero de 2027. La campaña está atravesada por la intervención directa de Javier Milei, que viajó a Brasil para respaldar al candidato de derecha, en un gesto poco habitual en la diplomacia regional.
Pérego considera que, gane quien gane, el próximo gobierno brasileño tendrá que encarar un fuerte ajuste fiscal para corregir un déficit nominal que hoy ronda los 8 puntos del PBI. Desde su mirada, las expectativas de que un triunfo de Lula o de Bolsonaro pueda cambiar drásticamente la relación económica con Argentina son exageradas: el comercio bilateral, señala, responde a una dinámica propia, relativamente autónoma del clima político.
El ex embajador argentino en Brasil Juan Pablo Lohlé coincide en que, pese a los vaivenes diplomáticos, las cadenas productivas continúan operando. Cita ejemplos como la exportación de manzana, uva, ajo, pera y aceituna, donde las tramas empresariales funcionan casi al margen de las tensiones entre presidentes, salvo que se apliquen nuevas trabas paraarancelarias o restricciones específicas.
Desafíos estratégicos y alertas en el frente nuclear
Lohlé advierte, sin embargo, que hay áreas sensibles donde la política sí puede dejar huellas profundas. Una de ellas es la cooperación nuclear, articulada a través de la Agencia Brasileño-Argentina de Contabilidad y Control de Materiales Nucleares (ABACC), considerada un modelo en el ámbito internacional. Según el ex embajador, Argentina habría dejado de pagar sus contribuciones a ese organismo, un dato que enciende luces amarillas en un campo clave para la confianza mutua y la credibilidad externa de ambos países.
En el terreno industrial, otro foco de preocupación es la creciente presencia de la industria automotriz china en Brasil. La instalación de nuevas plantas de ensamblaje podría reconfigurar la competencia regional y presionar tanto a terminales como a autopartistas de Argentina y Brasil, obligando a revisar acuerdos vigentes y esquemas de protección.
El ex canciller Rafael Bielsa aporta otra dimensión al análisis al recordar que el PBI nominal brasileño es casi cuatro veces el argentino y que sus exportaciones de bienes también multiplican por cuatro a las de la Argentina. En este tablero, un eventual gobierno de Flávio Bolsonaro, alineado con Estados Unidos e Israel y con una relación más distante con China y los BRICS, podría reordenar el mapa de alianzas regionales.
“La relación entre Argentina y Brasil es mucho más profunda que una coyuntura política determinada”, sostiene CAMBRAS, al destacar la resiliencia del entramado empresarial frente a los cambios de gobierno.
En definitiva, mientras el vecino país se prepara para una elección que puede inclinar el eje político de la región hacia la derecha o consolidar la actual ola progresista, Argentina libra su propia batalla. Lo hace, paradójicamente, con un presidente enfrentado abiertamente con Lula pero decidido a respaldar a Bolsonaro, y con una economía que, al menos por ahora, parece seguir otra lógica: la del “business are business”, esa máxima que mantiene en pie un vínculo comercial que se impone a las peleas, las ideologías y los ciclos electorales.

