De la UBA al trono indiscutido de la revista porteña: a los 80 años, “La One” repasa una vida de transgresión, hitos inborrables y una vigencia intergeneracional que desafía todas las reglas del espectáculo argentino.

Nacida bajo el nombre de Ana María Casanova el 16 de agosto de 1946 en Buenos Aires, mejor conocida como Moria Casán, ha trascendido las etiquetas convencionales para convertirse en mucho más que una actriz, vedette y conductora: es un auténtico ícono pop, un símbolo de transgresión y una de las figuras más influyentes de la cultura popular de Argentina.
De los pasillos de la UBA al trono de la revista
Hija de un oficial del Ejército y de un ama de casa, su infancia transcurrió entre Buenos Aires y los recuerdos de familia. Aunque comenzó a cursar la carrera de Abogacía en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y tomaba clases de piano y baile, su destino dio un giro definitivo en 1969, cuando abandonó las aulas para dar sus primeros pasos en el mundo del espectáculo.
En los años setenta se instaló rápidamente en la cúspide del teatro de revista argentino. Su debut como primera vedette en 1973 (Frescos y fresquitas) marcó el inicio de una era dorada en la que compartió marquesinas con los grandes capocómicos de la época, como Alberto Olmedo y Jorge Porcel, tanto en las tablas de la Avenida Corrientes como en la gran pantalla con exitosas comedias cinematográficas.
A diferencia de los estereotipos de la época, Moria supo romper con la cosificación tradicional del cuerpo femenino, transformando su impronta en una declaración de autonomía y poder. Su versatilidad la llevó también a brillar en el teatro dramático y de comedia, siendo parte histórica del suceso teatral “Brujas”, una obra que se mantuvo en cartelera durante décadas.
La lengua karateca y la creación de un lenguaje propio
Más allá de sus trabajos en cine, teatro y televisión, el gran mérito de Casán fue construirse a sí misma como un personaje inagotable. Dueña de una inteligencia afilada y una retórica única, se ganó el apodo de “La Lengua Karateca” y fue bautizada popularmente como “La One”.
Moria anticipó la lógica de las redes sociales y de los virales décadas antes de que existieran: su vocabulario, sus latiguillos y sus frases de cabecera (“Si querés llorar, llorá”, “El decorado se calla”, “¿Quiénes son?”) pasaron a formar parte directa del argot cotidiano de los argentinos.
Su postura disruptiva frente a la sexualidad, el deseo, la maternidad y los mandatos sociales la convirtieron también en un referente indiscutido e histórico de la comunidad LGBTQ+, defendiendo la libertad individual sin concesiones.
Luces, sombras y una vigencia absoluta
La vida de Moria también estuvo atravesada por momentos de alta exposición mediática, fuertes vaivenes personales, amores intensos —como el padre de su hija Sofía Gala, Mario Castiglione— y situaciones límite, como su recordado episodio judicial en Paraguay en 2015. Lejos de derrumbarse ante la adversidad, supo capitalizar cada tropiezo para transformarlo en parte de su mito.
Hoy, en su cumpleaños número 80, su vigencia asombra y desafía el paso del tiempo. Conectada de manera intergeneracional —desde su histórico rol como jurado en el Bailando hasta su conexión con nuevas figuras de la música urbana y la cultura joven—, su legado continúa expandiéndose, consolidándola como una de las pocas divas capaces de reescribir su propia historia en tiempo real.

