Modelos “It Girl” y “That Girl”: presión estética en redes

Redes, mandatos de belleza y el nuevo modelo de “chica ideal”

Adolescente mirando redes sociales con modelos de belleza ideales

NewsITe

En TikTok e Instagram se multiplican los reels que prometen “convertirte en una That Girl en solo 7 días”. Detrás de esos desafíos, de las rutinas estrictas de cuidado del pelo, el maquillaje perfecto y la obsesión por “oler rico todo el día”, se articula un nuevo mandato de feminidad que cala hondo en la autoestima de niñas y adolescentes. Lejos de ser solo una moda pasajera, las figuras de la That Girl y la It Girl organizan una forma de estar en el mundo donde la apariencia, la disciplina y el rendimiento permanente parecen volverse obligatorios.

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Bajo el lenguaje del “autocuidado” y el “empoderamiento”, estos modelos proponen una disciplina férrea sobre el cuerpo y las emociones: dormir con cofias, seguir rutinas de belleza interminables, sostener agendas de productividad impecables. El estudio, la lectura o la autonomía económica rara vez aparecen como horizonte de poder; en cambio, la centralidad está puesta en lucir deseables, ser vistas, acumular likes y no salirse del molde. La promesa: bienestar y reconocimiento. El costo: una sensación constante de insuficiencia.

En la práctica, la That Girl encarna la autodisciplina total –control del cuerpo, la comida, el humor y la productividad–, mientras que la It Girl concentra la deseabilidad, la exposición permanente y el capital erótico. Son caras de una misma lógica: un ideal femenino inalcanzable que se vende como elección personal. No se presenta como orden, sino como estilo de vida. Allí radica su eficacia: las adolescentes sienten que el mandato viene de ellas mismas, y cuando no llegan a cumplirlo, la culpa también se vuelve propia.

Autoexigencia, violencia estética y salud mental adolescente

Psicólogas y psicólogos que trabajan con adolescentes observan cada vez más consultas atravesadas por culpa, angustia, autoexigencia extrema y rechazo del propio cuerpo. Estos modelos son además profundamente racistas y clasistas: exaltan cuerpos hegemónicos –delgados, jóvenes, blancos, sin marcas– como vara de valor. Quien no encaja tiende a vivirlo no como efecto de una norma social injusta, sino como una falla íntima.

La presión estética no solo se traduce en malestar emocional, sino también en prácticas de “corrección” corporal: cirugías para afinar rasgos, reducir partes del cuerpo o borrar toda diferencia con respecto al ideal dominante. La socióloga venezolana Esther Pineda define esta dinámica como violencia estética: una forma de violencia sexista estructural ejercida desde los medios, la cultura visual y los discursos sociales, que genera odio hacia el propio cuerpo, discriminación y disciplinamiento permanente.

Investigaciones recientes respaldan lo que se ve en los consultorios. Un metaanálisis de la Universidad de Queensland, publicado en 2023, reunió 48 estudios con más de 7.600 participantes expuestos a feeds llenos de cuerpos idealizados y vidas aparentemente perfectas. La reacción predominante no fue la motivación, sino la comparación social negativa. El resultado: peor imagen corporal, caída del amor propio y deterioro de indicadores de salud mental, incluso tras exposiciones breves. Otro metaanálisis, difundido en 2025 en la revista Body Image, confirmó que el impacto más fuerte se da en la percepción del propio cuerpo y en la adopción de conductas de control alimentario, especialmente en adolescentes y mujeres jóvenes.

La “sociedad del cansancio” y el mandato de brillar todo el tiempo

El filósofo Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, describe un cambio clave en el modo en que opera el poder: ya no se ejerce solo por prohibición, sino mediante un exceso de positividad. El mensaje permanente es “podés con todo”, “si querés, llegás”, “sólo depende de vos”. Bajo esa lógica, trastornos como la depresión, la ansiedad o el agotamiento no aparecen como efecto de una presión estructural, sino como incapacidad individual para estar a la altura de lo que se exige.

En la vida cotidiana de niñas y adolescentes, esto se traduce en una pantalla que funciona como gran juez: hay que entrenar, producir, mostrarse alegre, tener una rutina de skincare impecable, nunca bajar el ritmo. Cuando el ideal se vive en primera persona y en tiempo real –a través de cámaras, filtros y estadísticas de vistas–, el sentimiento de no ser suficiente deja de ser ocasional y corre el riesgo de volverse parte estable de la identidad.

La Organización Mundial de la Salud advierte que los trastornos de ansiedad y depresión afectan a más de 70 millones de niñas, niños y adolescentes en el mundo, con mayor prevalencia en mujeres. Los trastornos de la conducta alimentaria golpean con más fuerza a las adolescentes y están estrechamente vinculados con la presión estética y la internalización del ideal de delgadez. En este contexto, las estéticas It Girl y That Girl no son inocuas: refuerzan un clima emocional en el que el cansancio, la tristeza o la falta de ganas se viven como defectos vergonzosos que hay que ocultar.

Del concurso de belleza al feed de TikTok: la misma lógica, nuevo envase

El mandato de rendir en términos de belleza y docilidad no es nuevo. Desde mediados del siglo XX, revistas y concursos de belleza moldearon ideales de feminidad que, aun cuando se presentaban como modernos, mantenían intacto el núcleo: mujeres cuidadoras, prolijas, atractivas y agradecidas. Hoy las plataformas digitales actualizan esa operación con otra estética y otra velocidad. Ya no se trata solo de ser “buena ama de casa”, sino de gestionar con excelencia el cuerpo, la imagen y el ánimo en un formato siempre compartible.

Investigaciones sobre concursos de belleza infantiles mostraron que muchas mujeres que participaron en ellos durante la infancia presentan en la adultez mayor insatisfacción corporal y dificultades en los vínculos, en comparación con quienes no pasaron por esa experiencia. Libros como So Sexy So Soon (2009), de Diane E. Levin y Jean Kilbourne, ya advertían que la sexualización temprana de la infancia no responde solo a decisiones familiares aisladas, sino a un entorno mediático y comercial que empuja en esa dirección.

Las estéticas de la It Girl y la That Girl se inscriben en esa tradición, pero con un giro: se presentan como sinónimo de libertad, empoderamiento y elección individual. Mientras los feminismos buscan ampliar los deseos posibles, las oportunidades materiales y la diversidad de formas de ser mujer, estos modelos reducen la subjetividad femenina a una gestión eficiente del cuerpo y del humor, en un molde estrecho, costoso y psíquicamente agotador.

Qué pueden hacer las familias, la escuela y el Estado

Frente a un ecosistema digital que multiplica mandatos de rendimiento y perfección estética, cuidar la salud mental de niñas, niños y adolescentes exige mucho más que controles aislados del tiempo de pantalla. Especialistas señalan la necesidad de una alfabetización mediática crítica: aprender a leer los algoritmos, los intereses comerciales detrás de los contenidos y las estrategias que convierten la vida cotidiana en mercancía.

También se vuelve clave que haya adultos disponibles –familias, docentes, equipos de salud– capaces de escuchar el malestar detrás de frases como “quiero ser como ella” o “si no me veo así, nadie me va a querer”. No se trata de demonizar las redes, sino de poner en palabras lo que generan, abrir preguntas y ofrecer otras referencias de valor más allá de la apariencia.

Las políticas públicas tienen un rol central: regulación de contenidos dirigidos a infancias y adolescencias, campañas de comunicación que visibilicen la diversidad corporal, programas de educación sexual integral que incluyan perspectiva de género y medios, y acceso a servicios de salud mental especializados. Ninguna niña debería sufrir para encajar en un ideal extremo vendido como libertad y poder, cuando en realidad se parece más a una prisión silenciosa que promete éxito a cambio de la propia confianza.

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