Margaret Atwood y la nueva batalla contra el prejuicio por edad
NewsITe
La escritora canadiense Margaret Atwood, referente indiscutida de la literatura contemporánea, volvió a poner en el centro del debate una forma de discriminación tan extendida como silenciada: el edadismo, es decir, el prejuicio y la exclusión hacia las personas mayores. A sus más de 80 años, lejos de retirarse, la autora de El cuento de la criada utiliza su obra y su voz pública para advertir que el odio por la edad es “la próxima hoguera que estamos encendiendo” como sociedad.
En ensayos, memorias y ficciones, Atwood cuestiona la mirada que reduce a los mayores a dos estereotipos extremos: la “abuelita adorable” que no incomoda a nadie o la “bruja malvada” que molesta y sobra. Detrás de esas caricaturas, sostiene, se esconde un sistema que prefiere a las personas mayores invisibles antes que influyentes, sobre todo cuando se trata de mujeres con trayectoria y voz propia.
En su relato “A la hoguera con los carcamanes”, publicado en el libro Nueve cuentos malvados (2014), Atwood lleva esta tensión al límite mediante la sátira: una agrupación juvenil llamada “Nuestro turno” quema residencias de adultos mayores, a quienes responsabiliza por la crisis climática y la desigualdad. La exageración literaria, sin embargo, dialoga con debates reales que se evidenciaron durante la pandemia, cuando algunos discursos llegaron a presentar a los ancianos como “prescindibles” en contextos de emergencia sanitaria y económica.
La vejez como espacio de poder, no como condena
Atwood no solo denuncia el edadismo: propone otra forma de mirar la vejez. En sus novelas los personajes mayores no son figuras decorativas, sino motores de la acción. En El asesino ciego, una mujer ya entrada en años revisa la historia familiar y desmonta la versión oficial sobre una muerte ocurrida en 1945. En Los testamentos, secuela de El cuento de la criada, una mujer mayor se vuelve clave en la resistencia contra el régimen teocrático de Gilead, utilizando justamente lo que muchos subestiman: su experiencia, su paciencia y su memoria.
Esa representación literaria dialoga con una realidad documentada por organismos internacionales. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada dos personas en el mundo manifiesta actitudes edadistas hacia los mayores. Las consecuencias no son abstractas: estudios citados por la entidad vinculan el edadismo con peor salud mental, mayor aislamiento y hasta una expectativa de vida reducida por el impacto del estrés y la autopercepción negativa.
Brecha generacional, derechos y responsabilidad compartida
En el debate público suele instalarse una supuesta “guerra de generaciones” que enfrenta a jóvenes y mayores por el acceso a la vivienda, el empleo o los recursos del Estado. Atwood advierte que esa polarización simplifica problemas complejos y funciona, muchas veces, como una cortina de humo: mientras las generaciones se culpan entre sí, se diluye la discusión sobre las estructuras económicas y políticas que profundizan la desigualdad.
Un ejemplo emblemático aparece en El cuento de la criada. La protagonista, Defred, desoye las advertencias de su madre —una feminista de la “vieja guardia”— sobre el riesgo de perder derechos conquistados. La considera exagerada, fuera de época. Cuando el régimen autoritario se consolida y las mujeres pierden hasta su nombre, queda claro el costo de no escuchar a quienes ya atravesaron otras crisis históricas.
Lejos de plantear una obediencia ciega a los mayores, Atwood propone algo más exigente: construir un diálogo intergeneracional donde la vejez no se viva como derrota, sino como una forma de resistencia y lucidez crítica. En ese horizonte, la edad deja de ser una condena y se vuelve, como sugiere su obra, un verdadero superpoder.


