En diálogo con EL NORTE, exempleados de la empresa investigada por la muerte de casi un centenar de personas relataron las paupérrimas condiciones en las que debían realizar sus tareas que, en muchos casos, ponían en riesgo sus vidas por falta de seguridad y controles. También hablan de maltratos y gritos por parte de sus superiores. “La máquina perdía tanto suero que el cuartito se inundaba y el agua te llegaba casi a los tobillos”, cuentan.

De la redacción de EL NORTE
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Meses después de la clausura de Laboratorios Ramallo SA, tras descubrirse que allí se fabricaba el fentanilo contaminado que hasta el momento causó un centenar de muertes, los exempleados se animan a contar sus experiencias trabajando dentro de la planta.
Sólo dos meses le bastaron a este joven para querer renunciar a su puesto, debido a que detectó, desde el primer día, diversas fallas, tanto en la producción de medicamentos, como también en el deteriorado estado del edificio y en el maltrato que recibía por parte de sus superiores. “Ya la entrevista para ingresar al laboraría fue rara. Fue grupal y nos la hizo una persona que fue contratada para eso; no tenía idea de lo que se hacía ahí adentro”, comenzó relatando. “Desde un primer momento te dabas cuenta de que ese lugar no iba a ser muy lindo ni muy amable”, agregó.
Para entrar a trabajar no se necesitaba tener conocimiento ni de química ni de microbiología, “el único filtro para entrar era tener el horario disponible”, remarcó. En ese punto coinciden otros exempleados.
Habiendo aprobado la entrevista, comenzó su período de prueba, el cual duraba tres meses. El extrabajador con quien se contactó EL NORTE cumplía las funciones de operario en el sector de sueros y ampollas. Pero al ingresar a la planta notó que había varias anomalías, como el mal estado de las instalaciones, maquinarias viejas que se rompían constantemente, desagües mal hechos, faltas en medidas de seguridad y control, poca ventilación, entre otras.
Su jornada laboral comprendía 8 horas, seis días a la semana, con un descanso de diez a quince minutos para desayunar, aunque si demoraban más de lo debido recibían un llamado de atención. Su sueldo era de 250.000 pesos brutos, contando con vacaciones pagas y aguinaldo.
También cuenta que pasaba sus horas en un cuarto pequeño, trabajando solo con una máquina que presentaba fallas y debía ser reparada continuamente, e incluso algunas veces los arreglos eran realizados por los propios operarios. “Si llamabas muchas veces al mecánico te miraban mal, porque pensaban que lo hacías adrede para no trabajar, cuando en realidad estaba en mal estado“, recuerda. La habitación era calurosa, pequeña y oscura, lo que le generaba calor e incomodidad. “La máquina perdía suero y medicamente. Perdía tanto que para las tres, cuatro horas de trabajo el cuartito se inundaba y en un momento te llegaba el agua casi a los tobillos”, precisó.
Lo llamativo era también que el inmueble no contaba relojes ni ventanas. “Yo estuve la mayor parte de mi tiempo en máquinas, pase por casi todas las diferentes máquinas que había, el calor era mucho porque la ventilación que debían tener no funcionaba, estaba tapada, sucia, llena de tierra y suciedad. Los tratos de algunos supervisores o jefes eran denigrantes a veces, te gritaban queriendo imponer su cargo”, contó a este medio otro extrabajador del laboratorio.
Accidentes regulares y falta de atención
El entrevistado narró además que los accidentes laborales eran frecuentes y algunos graves. De hecho, él un día se quemó, le hicieron la curación pertinente y luego lo hicieron volver a sus labores. A los minutos la lastimadura se abrió y se infectó. El operario tuvo que hacerse cargo del gasto de los medicamentos, ya que al momento de utilizar la obra social que supuestamente ofrecía el laboratorio, no figuraba como asociado.
No solo a él le sucedían estos episodios, sino que varios de sus excompañeros sufrieron incidentes, de los cuales la empresa no se hacía cargo. Por ejemplo, recuerda, que un trabajador se quemó sus pies al abrir el autoclave y sufrió quemaduras de grado 3. Cuando esa persona retomó sus actividades no pudo porque la despidieron.
“Si entrabas al depósito, ibas caminando y cada tanto se veían ratones corriendo por entre los palets de cajas de sueros q estaban en cuarentena para después poder venderlos”, narra un tercer testigo.
Descontento de los trabajadores
No solo la falta de controles y de Seguridad e Higiene, sino también prevalecía dentro del laboratorio un clima hostil, dado que recibían violencia psicológica y mental, gritos y apercibimientos contantes. A tal punto que, si alguien iba demasiadas veces al baño o tardaba mucho, era apercibido por el jede fe área.
Los empleados se sentían vigilados todo el tiempo. “En mi sector sí se podía hablar, pero en el de ampollas no. Las personas tenían que trabajar sin hablarse ni mirarse”.
Como ya se ha mencionado anteriormente, quienes tenían un accidente no eran atendidos como correspondía, y no solo eso, sino que eran amenazados con no lesionarse, sino eran despedidos. Y, a quienes quedaban sin trabajo, no se les abonaba la correspondiente indemnización. “Sucedía mucho eso de la impunidad de como tipo en cualquier momento te podían echar”, expresó otro exempleado.
Como si eso fuera poco, la empresa disponía de un transporte que trasladaba a los empleados, pero debía ser pagado por ellos mimos.
Varios de los relatos coinciden: Laboratorios Ramallo SA no era un lugar apto para trabajar, ni mucho menos para fabricar medicamentos que debían salvarle la vida a la gente. Lejos de haber sucedido eso, hoy se encuentra en medio de una investigación judicial por los casi cien fallecidos que hubo luego de que se les aplicara el fentanilo contaminado que se producía en esas cuatro paredes.

