Maduro, Ucrania y Gaza: el poder redefine el orden global

Una política internacional marcada por la ley del más fuerte

Escenario geopolítico mundial en tensión

NewsITe

La fulminante operación de fuerzas especiales de Estados Unidos en Venezuela para capturar y trasladar a Nicolás Maduro a territorio norteamericano se inscribe en una etapa de la política internacional en la que, otra vez, el poder duro parece imponerse sobre las normas y las instituciones. La denominada “Operación Determinación Absoluta” se suma a una serie de episodios recientes que confirman una tendencia: las grandes potencias actúan donde pueden, y los Estados más débiles quedan obligados a adaptarse o sufrir las consecuencias.

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El célebre diagnóstico atribuido a Tucídides —“los poderosos hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”— vuelve a ganar vigencia en un escenario donde el modelo multilateral, basado en la cooperación y en el derecho internacional, aparece debilitado. En su lugar, avanza una estructura de poder vertical sostenida en capacidades tecnológicas y militares, y en la consolidación de zonas de influencia geopolítica cada vez más definidas.

La invasión rusa sobre Ucrania a partir de febrero de 2022, justificándose en argumentos defensivos y en el artículo 51 de la Carta de la ONU, terminó de exhibir las limitaciones del sistema internacional. Moscú ocupa cerca del 20% del territorio ucraniano y deja claro que no aceptará ningún arreglo que desconozca esa realidad de hecho. El mensaje implícito es que el equilibrio se define en el terreno, no en las mesas de negociación.

Gaza, Irán y el avance silencioso de China

En Medio Oriente, el ataque del 7 de octubre de 2023 desde Gaza y la contundente respuesta militar de Israel reconfiguraron el tablero regional. Los bombardeos y la ofensiva terrestre provocaron decenas de miles de muertes palestinas y, al mismo tiempo, erosionaron la ya debilitada Autoridad Palestina. Con el avance de asentamientos en Cisjordania y cambios de facto en el control del territorio, la perspectiva de un Estado palestino viable luce cada vez más lejana.

A esto se suma la ocupación por parte de Israel de una zona desmilitarizada en los Altos del Golán tras la caída del régimen de Bachar al Asad en Siria, consolidando posiciones estratégicas con impacto directo en el equilibrio regional. La lógica es recurrente: los hechos consumados se imponen y luego se discuten.

En junio de 2025, la “Operación Martillo de Medianoche” puso nuevamente a Estados Unidos en el centro de la escena. Bombarderos y submarinos lanzaron ataques de precisión sobre instalaciones nucleares clave de Irán —Fordow, Natanz e Isfahán— para frenar el avance hacia niveles de enriquecimiento de uranio de uso militar. La intervención envió una señal clara sobre los límites que Washington está dispuesto a fijar por la fuerza.

Ártico, Antártida y mares estratégicos: nuevos tableros de disputa

En paralelo, China amplía con sigilo su proyección de poder en el Mar Meridional de China. La construcción de una estación submarina de investigación iniciada en 2025 aparece como un proyecto científico, pero al mismo tiempo constituye una plataforma para futuros reclamos soberanos y posicionamiento geopolítico. Algo similar ocurre con la “diplomacia de defensa” británica ligada al cuidado de los mares, o con las tensiones crecientes en el Ártico.

El deshielo previsto para las próximas décadas abre rutas marítimas y oportunidades económicas que ya son objeto de disputa entre Rusia, Estados Unidos, Canadá y China —que se define a sí misma como un Estado “casi ártico”–. Lejos de un espacio de cooperación, la región se transforma en un escenario de competencia militar y estratégica, profundizada por la guerra en Ucrania y por la desconfianza cruzada.

Algo similar comienza a observarse en la Antártida, donde los movimientos de Rusia y China generan interrogantes sobre la vigencia del Tratado Antártico a largo plazo. La lógica que domina es la de los “cotos de caza” geopolíticos: espacios selectos donde la primacía de las grandes potencias relativiza el alcance del derecho internacional.

Fin del orden internacional y riesgo de catástrofe

Especialistas como Roberto Russell y Fabián Calle ya advertían que, desde el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos amplió su influencia sobre México, América Central, el Caribe y el norte de Sudamérica, con la salvedad de Cuba y Venezuela. Hoy, esa zona se ha extendido e incluye de hecho a Caracas, La Habana y Bogotá, con gobiernos obligados a calibrar cada movimiento frente a Washington.

La ausencia de un orden internacional robusto —entendido como un sistema acordado y respetado por las principales potencias— lleva casi dos décadas. El último punto de convergencia relativo entre Estados Unidos, Rusia y China fue la lucha contra el terrorismo transnacional. Desde la crisis financiera de 2008 y la anexión de Crimea, el deterioro fue constante, acelerado por la competencia tecnológica y militar, particularmente en torno a los microchips y las capacidades estratégicas.

En este marco, la guerra adopta nuevas formas —híbrida, biológica, cibernética, ártica— mientras la paz se vuelve un concepto abstracto, dependiente de la existencia de algún tipo de orden compartido. Sin reglas mínimas, los Estados recurren a la autoayuda, aumentan sus arsenales y priorizan sus propios intereses, aun a costa de la estabilidad global.

“Tarde o temprano, la historia castiga la frivolidad estratégica”, recordaba Henry Kissinger, en una advertencia que hoy resuena con fuerza en las capitales que aún confían en que otros acudirán en su rescate ante una crisis.

Para los países medios y pequeños, el escenario es particularmente desafiante. No existe un “911” internacional al que llamar cuando las amenazas se materializan, y la posibilidad de injerencias unilaterales o multilaterales —bajo argumentos humanitarios, ambientales o de seguridad— sigue latente. El desafío, en este contexto, es desarrollar una lectura estratégica propia que evite quedar atrapados en la lógica de los “cotos de caza” de las grandes potencias.

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